Gestión calamitosa

No lo podían haber hecho peor. El Tribunal Supremo ha gestionado rematadamente mal la crisis por el pago del impuesto de actos jurídicos documentados al formalizar una hipoteca. El Poder Judicial no puede culpar a nadie del descrédito y el estupor que ha generado en la opinión pública por sus vaivenes. Varias sentencias a favor de los usuarios y obligando al pago del tributo a las entidades financieras abrieron una espita de esperanza para mucho ciudadanos. El frenazo en seco dado por el presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes, y la desconcertante resolución de ayer del Pleno del alto tribunal, fallando a favor de la banca por un ajustado 15 a 13, han precipitado una corriente de malestar y desconcierto en muchos sectores de la población.

Sin entrar en las razones de la decisión, cuyos fundamentos de derecho aún no se han hecho públicos, el Supremo ha causado un problema donde no lo había. El impuesto de actos jurídicos corría a cuenta del usuario, muy a nuestro pesar, y de repente varias sentencias cambian la doctrina del alto tribunal. Ante el revuelo provocado por esta nueva jurisprudencia, Lesmes manda parar (como el comandante) pero dijo que “el fallo era firme y no susceptible de revisión”. Al final no ha sido así. Otro motivo más para el enfado generalizado. Palabras que el viento se lleva y deja al personal con la mosca detrás de la oreja. Entre otras razones, porque anda la gente muy enfadada con el rescate financiero que hemos pagado entre todos por más de 40.000 millones de euros.

Como no lo sé ni tengo pruebas no voy a dar pábulo a supuestas presiones o injerencias del poder financiero en la decisión final, denuncias que brotan sin estar acreditadas desde ciertas tribunas políticas y de la sociedad civil, lo que sí resulta meridianamente claro es casi nadie comparte ese criterio y que el propio Supremo se ha infligido un severo autocastigo. Esta gestión calamitosa supone un menoscabo importante al prestigio de la justicia, máxime cuando el mismo día recibía también un tirón de orejas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la falta de imparcialidad en la causa contra Arnaldo Otegi y otros dirigentes abertzales. Le toca al Poder Judicial trabajar (y mucho) para recuperar la reputación y la confianza perdidas en esta crisis.

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Antología del disparate

A ver quién la dice más gorda. Desde la convocatoria de elecciones autonómicas en Andalucía, el Partido Popular ha entrado en una carrera de insultos y barrabasadas por su desesperación y falta de proyecto y sensibilidad hacia esta tierra. Los dirigentes de la derecha pepera (en Ciudadanos también se ha pisado en alguna vez la línea roja) están completando una auténtica antología del disparate. El que abrió la puja fue líder nacional, Pablo Casado, incluso antes de estar fijada la cita con las urnas el 2 de diciembre. Valgan solo unos ejemplos de estas últimas semanas:

Casado: ¿Qué pasa, que los andaluces sois de peor condición y no tenéis capacidad de probar otras siglas políticas, otras ideas sociales? (28 de septiembre)

Casado: “Se envuelve en la bandera de Andalucía como un burladero […] como si estuviéramos en la Cuba castrista“. (20 de octubre)

Casado: “Por mucho que le duela, Susana Díaz lleva a Torra y a Otegi en sus listas”. (27 de octubre)

Isabel García Tejerina, ex ministra: “En Andalucía lo que sabe un niño de 10 años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León” (18 de octubre)

Teodoro García Egea, secretario general: “La Junta gasta más en prostitutas que en educación” (18 de octubre).

Juan Manuel Moreno Bonilla, candidato: “¿Le ha dicho Díaz a Sánchez que no nos gusta que en Sevilla se insulte a la Macarena o al Cachorro? (28 de octubre)

Es sólo una recopilación de urgencia y centrada en Andalucía. En este tiempo también  hemos escuchado a Casado llamar, entre otras lindezas, “golpista” al actual presidente del Gobierno. El líder del PP está tomando los derroteros de Trump, Salvini o Bolsonaro. Su hoja de ruta y la que impone en su partido es volver al aznarismo. Radicalización porque Vox les aprieta por la ultraderecha y Ciudadanos por el otro flanco.

Foto.– Paco Fuentes, El País.

Nos desprecian

No aprenden. No se enteran. O simplemente nos miran con desprecio y por encima del hombro. La derecha siempre que puede manifiesta su profundo desdén y su falta de cariño hacia Andalucía. No se tienen que esforzar mucho, lo llevan dentro, les sale sin demasiado esfuerzo porque lo llevan en su código genético. De forma recurrente, nos encontramos con el tópico, el insulto o el menosprecio hacia todo lo que suena a esta tierra. Hoy ha sido la ex ministra Isabel García Tejerina pero han sido tantos ya…

La derecha acumula tanto rencor hacia con Andalucía que arremeten con lo más importante que tiene una sociedad que son sus niños y niñas. Una expresión que no es sólo desafortunada sino que refleja la falta de respeto y la insensibilidad con que la derecha política (y no sólo política) nos agrede de forma sistemática y con saña. Hiere quien puede y estas palabras sólo son una demostración de una visión interiorizada por la marca de la gaviota, de su desesperación tras tantos años de oposición y los que les quedan. Hace apenas unos días su jefe de filas, Pablo Casado, consideró a los andaluces de peor condición por ejercer libremente su derecho al voto como les da la gana. O dicho de otro modo, por no votar al PP. Otra muesca más en la historia de despropósitos e improperios injustificados a los que nos tienen acostumbrados los peperos… Estamos en elecciones en Andalucía y no será la última barrabasada. Siempre vuelven a las andadas. Si nos nos quieren, que por los menos no nos ofendan.

PD.- Teodoro García Egea, número dos y mano derecha de Casado, no ha podido ser más burdo y más ruin. En lugar de desautorizar a su compañera, ha preferido el trazo grueso y el desvarío. Personajes así sobran en la política. Este tipo de astracanadas sólo genera crispación y odio. Está claro que el numerito de ayer de Dolors Monserrat no era una ocurrencia sino una directriz malsana. El PP ha apostado por la performance política y el esperpento. Allá ellos.

Patriotismo de pacotilla

Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces… Desde que llegó a la presidencia del Partido Popular, Pablo Casado se ha aferrado al palo de la bandera, ha exhibido pecho inflado de españolismo casposo y se le ha llenado la boca de soflamas huecas de hispanidad rancia. Y a las primeras de cambio demuestra que le preocupa más su aspiración electoral que el buen nombre de España, que su amor por España tiene límites. Casado se marcha a Bruselas a tirar tierra por despecho contra nuestro país porque no soporta que el Gobierno socialista presente unos presupuestos que delvuelven derechos arrebatados por las tijeras del PP y tenga como banderas elevar el salario mínimo hasta los 900 euros, la subida de las pensiones según el IPC y la consecución de más ingresos a través de la lucha contra el fraude fiscal. Son unas cuentas que respetan las reglas de equilibrio financiero que exige la Unión Europea. Nada de esto interesa al líder del PP. Sólo busca el ruido y un hipotético desgaste del adversario político. Su patriotismo es de quita y pon: si no gobiernan, les importa poco el destino y el prestigio de España. Ya lo dijo Montoro en la etapa de Zapatero: que se caiga el país, que ya lo levantaremos nosotros. Casado, el patriota, pronosticará ante las instituciones europeas las siete plagas de Egipto porque el Gobierno socialista, profundamente europeísta, ha elaborado unos presupuestos sociales y pensados para las personas que, además, cuentan con el visto bueno de Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF). En Bruselas, con el desafío italiano sobre la mesa, le responderán que deje de crear tormentas en un vaso de agua. La iniciativa de Casado no es más que una pataleta pueril pero inaceptable que deja en entredicho sus muchos golpes de pecho de españolismo.

Foto.- Cadena SER.

Gresca en la derecha

La derecha está viviendo un escenario inédito. Partido Popular y Ciudadanos se marcan encarnizadamente en pos de la hegemonía en esa franja ideológica y, al mismo tiempo, ambos miran de reojo a Vox, la ultraderecha envalentonada y sin complejos como ha demostrado en Vistalegre, para no tener fugas por el ala más radical de su espacio electoral. Están unos y otros más entretenidos en su rivalidad particular que en ofrecer propuestas para el conjunto de la sociedad. Y lo más llamativo es que esta competición los está escorando a posiciones extremistas.

En el caso de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre, la pelea consiste en reafirmar la pureza de raza, en demostrar quién es más de derechas. Por eso un día Pablo Casado le pide a los naranjas que firmen ante notario que no van a apoyar a Susana Díaz en la próxima legislatura y Juan Marín, el candidato de Cs por estos pagos, le responde que no van a facilitar ni siquiera su investidura, que votarían que no siempre. Una suerte de riña de patio de colegio… o quizá simple postureo electoralista.

Que el PP no arrime el hombro en esta tierra es todo un clásico, lo llevan en el ADN, lo suyo es la confrontación y el obstruccionismo. Nada nuevo bajo el sol: los andaluces los tienen bien calados. Por el contrario, Ciudadanos, en su estreno en el Parlamento de Andalucía, ha colaborado a la estabilidad y ahora está más preocupado en dar el sorpasso a los populares que en los intereses generales de esta tierra. Los naranjas han pegado un volantazo por puro tacticismo electoral (pillar cacho en el caladero de la gaviota  jugando en su mismo terreno). Eso sí, pensando más en las ambiciones de Albert Rivera que en la propia contienda electoral andaluza.

La disputa se antoja interesante. Hasta ahora el PP había estado muy tranquilo en su parcela, muy acomodado en ser el primer partido de la oposición andaluza. Y ahora no sólo tiene que fajarse con los naranjas, sino que Vox les enseña la patita por debajo de la puerta.

Foto.El Español. Santiago Abascal (Vox), Casado y Rivera.