Pueblo nómada

PUEBLO NÓMADA
Isabel Pérez Montalbán

El que pasa por mi piel y no se queda.
El éxodo:
la evasión de divisas extranjeras que el hombre
guardaba en la caja fuerte de mis venas
durante las noches de deseo,
la humedad que depositan los amantes
antes de vestirse y abrir la puerta de la calle
para no volver nunca.
Cuando sería tan fácil que la ducha
se llevase los restos del traslado.

Sin duda…

Sin duda me amaste mintiendo sin apenas darte cuenta,
me amabas con mi propio amor, con la estética de la resistencia
y una aguja de remendar las heridas más antiguas.
Todo amor se halla latente en otro amor. Y así
me amabas sin vanidad en la feria y hoguera de las vanidades.
En la piedra abierta, en el cuarzo visual, me amabas.
En los colores de fábrica y en la innoble Sodoma, sin querer.
Cuando turbiamente decías tengo sin ver claro que me tenías.
Cuando cabalmente llorabas sin notar que era yo tu lágrima.
Cuando locamente sufrías sin adivinar que yo te sanaba.
Cuando felizmente besabas con los ojos cerrados
y por eso nunca viste que besabas mi boca.
En la continuación de los amores y las afinidades electivas
que ni siquiera continúan ni se eligen, me amabas.
En los otros me proyectabas. En el ceremonial de la violencia
y en la insistencia de las cosas que más odias, no me odiaste.
Incluso me escribías con la gramática parda de un libro por venir.
Desde el Génesis, desde la vida antes del hombre,
por cielos e infiernos tus latidos sin compás me seguían.
Me amabas, transeúnte central, con sermón de misa hereje
sobre las ondas del teléfono sin hilos, pero a lo tonto y sin querer.
Cada cual a su manera odia y ama más allá de lo que sabe.

Isabel Pérez Montalbán, de su poemario Siberia propia.