Mucho ruido y pocas nueces

La abolición de los toros en Cataluña ha provocado un acalorado debate entre los partidarios y detractores de la fiesta sobre si prepondera la libertad o el derecho de los animales, trufado de dardos políticos envenenados. Unos que entonan con facilidad el ‘Una, grande y libre’ han aprovechado este ocasional Pisuerga para sacar a relucir los fantasmas del ‘España se rompe’. Otros que se calan barretina y agitan la señera con histrionismo para afilar sus uñas separatistas.

Si la discusión se circunscribe al hecho concreto, las cosas serían mucho más sencillas. En Cataluña no hay afición a las corridas de toros. Basta con analizar la raquítica entrada de ayer en la Monumental de Barcelona en el primer cartel tras la controvertida medida aprobada por el Parlament para certificar el desapego del pueblo catalán hacia los festejos taurinos. Ni una tercera parte de los asientos estaban ocupados y muchos de los asistentes eran turistas. Mientras que en otros territorios de España la lidia de reses bravas constituye un espectáculo con enorme tirón, en Cataluña no engancha. Ya en Canarias, allá por 1991, la fiesta pasó a la historia y no ocurrió ningún apocalipsis. Simplemente hay artes (en este caso el de Cúchares) que no se entienden, es cuestión de gustos y educación.

Moraleja: los fanáticos de uno y otro lado están manoseando las corridas para agitar espantajos, calentando un ambiente con mercancía política de dudoso origen.

Sin toros… ¿no hay paraíso?

Se cumplió el pronóstico. Cataluña prohíbe la corrida de toros a partir de 2012. El Parlamento ha sacado adelante la iniciativa popular con una holgada mayoría (68 a 55). De facto, en tierras catalanas la fiesta languidecía: sólo se programan festejos en la Monumental de Barcelona y en los últimos diez años se han reducido a la mitad, con una afición menguante y sin apenas receptividad por parte de la opinión pública.

Por tanto, la decisión no es más que un puro formulismo y sería un grave error convertirla en un elemento más de la trifulca entre el españolismo casposo y el nacionalismo chulesco. En Canarias se abolieron las corridas en 1991 y no ha pasado nada. Cada pueblo, cada comunidad autónoma, cada territorio tiene su propia idiosincrasia. La prohibición no supone enaltecer la señera o desafectarse de lo español ni tampoco se ha de interpretar como un insulto a los símbolos o los valores de este sacrosanto país nuestro.

El tono de indignación y agravio que se lee en la prensa nacional de orientación conservadora consigue el efecto contrario al que persigue. ABC, por ejemplo, depliega su editorial a casi toda portada con una clara declaración de intenciones: Dicen toros, pero es España. El Mundo y La Razón no le andan a la zaga. ¿Los antitaurinos de otras autonomías también son antiespañoles? Se coge el rábano por las hojas y se envenena el discurso con otros objetivos. Esta inquina hacia lo catalán, en este caso ante un asunto de menor enjundia como son los toros, alienta precisamente el sentimiento separatista. Esa reacción airada, montaraz y grosera del españolismo cañí alimenta un caldo de cultivo peligroso y da argumentos a los más fanáticos en aquellas tierras. Ya lo escribe hace unos meses al comienzo de este debate y lo reitero ahora: los nacionalismos son insufribles, miopes y egocéntricos, sean de donde sean.

No soy taurino e ideológicamente estoy más cerca de los defensores de los animales, de los que critican la crueldad y la saña que se viven las plazas. Ahora bien, será por mi origen sevillano, por lo que representa cultural y socialmente la fiesta en esta tierra, por la derivada ambiental que tiene la cría del toro de lidia para la conservación de la dehesa y, si me apuran, por la nada desdeñable aportación a la economía andaluza, me inclino por el mantenimiento de la fiesta. Pero no tengo una posición sectaria, intolerante o maximalista y acepto con naturalidad que en otras partes se vean las corridas de toros de forma diferente.