Sin tropa con sotana

La Iglesia católica en España no sólo pierde feligreses sino pastores para conducir el rebaño. La vocación se ha ido al traste y los seminarios se encuentran medio vacíos. La radiografía del cuerpo sacerdotal pone en evidencia la carencia de savia nueva que saque de la decrepitud y el anquilosamiento al ejército de San Pedro en esta piel de toro. En España hay 23.286 parroquias, de las que 10.615 no poseen sacerdote residente. La media de edad de los curas en activo es de 63,3 años y en alguna zona alcanza incluso los 72 años. Son datos correspondientes a 2007 presentados por el presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco Varela.

La situación se puede calificar de crisis profunda. O esperando la catarsis. La Iglesia no estimula ni atrae a los jóvenes para colgarse los hábitos y lo atribuye al “laicismo feroz” que cabalga desbocado por este país aconfesional o, desde su óptica recalcitrante, hereje e inmoral. No asume la jerarquía católica ninguna autocrítica. Se echa en falta el reconocimiento humilde de los errores y un sincero ejercicio de contrición. La curia nacional es soberbia, altiva y beligerante y se nutre de prebostes con un perfil ideológico ultraconservador y radical.

¿No ve nadie en la Conferencia Episcopal la distancia abismal que existe entre su praxis religiosa y la sociedad? Cada día el abismo resulta más insalvable porque se oponen a cualquier cambio o a cualquier avance. Arremeten contra las nuevas formas de familia, satanizan los métodos anticonceptivos para prevenir el SIDA, condenan la homosexualidad (salvo cuando afecta a sotanas y birretes), niegan la comunión a los que no se desmarcan del aborto (Patrick Kennedy en EEUU o las amenazas de Martínez Camino en España a los diputados que apoyen la reforma legislativa en curso son dos de los últimos episodios), no se muestran contundentes con los casos de pedofilia de sus prelados… Y, sobre todo, les cierran las puertas del sacerdocio a las mujeres y, en general, insisten en su discriminación histórica. Si permitieran la ordenación femenina, quizá tendrían listas de espera para enrolarse a los seminarios.

No es que la gente se haya descarriado o que los valores se hayan escapado por el sumidero. Es que la Iglesia se ha quedado varada en el tiempo, no ha tenido capacidad de adaptación a la nueva realidad. Tiene un discurso retrógrado, admonitorio y apocalíptico. Y eso ya no funciona. Las conciencias ya no se manejan con miedo y propaganda. La ciudadanía está formada y el infierno ya no asusta como antes. Monseñores, hay que cambiar el discurso y la práctica para que la gente no salga corriendo.