El vendaval de la corrupción ha adquirido dimensiones de tsunami en el Partido Popular. La operación Lezo, por la que está en prisión Ignacio González y ha provocado la tercera dimisión en cinco años de Esperanza Aguirre, se suma a la larga de ristra de casos (Gürtel, Bárcenas, Púnica, Rato, Bankia, Brugal, Taula, Emarsa, Palma Arena…) que no sólo afectan a la dirección nacional sino a las de Madrid, Comunitat Valenciana, Murcia o Baleares. En todos escándalos se investiga la presunta financiación ilegal del PP y el enriquecimiento de ilustres representantes de la derecha patria. Si es gravísimo el uso y abuso del dinero público para el beneficio particular, no le anda a la zaga lo que hemos conocido en el transcurso de la operación Lezo sobre penetración del PP en distintas instancias para controlar los resortes del Estado, unas maniobras que suponen una adulteración de la democracia y un ejemplo nítido de corrupción institucional. Han trascendido cosas inaceptables que exigen explicaciones urgentes e incluso dimisiones.

  • El intento del fiscal jefe anticorrupción de boicotear el trabajo de los fiscales del caso frenando registros claves para el esclarecimiento del caso.
  • La reunión del número dos del Ministerio del Interior, José Antonio Nieto, en la propia sede institucional con el hermano de Ignacio González cuando la investigación judicial estaba ya en curso.
  • La confesión del juez Velasco reconociendo que se le está haciendo vida imposible y por eso pide irse.
  • La decisión del magistrado de poner micrófonos ocultos en el despacho del ex presidente de Madrid porque los investigados estaba recibiendo avisos del pinchazo de sus teléfonos.

Todo esto sitúa al PP ante un necesario ejercicio de refundación y al Estado en la obligación de cortar todos los tentáculos con los que el partido de Rajoy podría estar vulnerando las reglas del juego democrático.

Viñeta.- Miki&Duarte, en el Grupo Joly.

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Amiguismo

abril 14, 2016

Resulta difícil de imaginar que cualquier ciudadano con un problema con la administración tenga la oportunidad de entrevistarse con el ministro de turno. Para los mascas del Partido Popular es de lo más normal. José María Aznar sufre un encontronazo con la Agencia Tributaria (multa y de 70.403 euros y una complementaria de 199.052 euros por irregularidades fiscales) y el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, lo atiende para darle las pertinentes explicaciones. Unos meses antes conocimos que Rodrigo Rato, el otrora hombre-milagro de la derecha patria y hoy casi un apestado, se sintió vulnerable y preocupado por su seguridad y mantuvo una reunión en la sede del Ministerio del Interior con su titular, Jorge Fernández Díaz. Son dos episodios esperemos que aislados pero denotan una relación distinta y preferente de estos dos próceres de la gaviota con la administración. Un trato de favor del que desde luego no pueden disfrutar el resto de los ciudadanos y que pone sobre el tapete los efectos no deseables del amiguismo. Ni Aznar ni Rato han de tener una relación distinta por compartir siglas con los actuales miembros del Gobierno en funciones. No veo a la ministra de Empleo recibiendo a uno de los casi cinco millones de parados que busca trabajo, ni al de Sanidad dando explicaciones a un enfermo de hepatitis C sobre las trabas que puso su departamento a la dispensación pública de los nuevos fármacos o la de Fomento ofreciendo soluciones a una familia en riesgo de desahucio. Si eso fuera posible, habría colas en las puertas de los ministerios.

Fotos.elperiodico.com.

Martilleo de hechos

junio 1, 2015

Ya no me sorprende el simplismo de Mariano Rajoy en el análisis político. Ni a mí ni a los a la gran mayoría de “españoles, muy españoles, mucho españoles“. Nos hemos vacunado contra los discursos fútiles del actual inquilino de la Moncloa. Dice el presidente que el desgaste vertiginoso del Partido Popular se debe “al martilleo constante de las televisiones con la corrupción“. No a los hechos en sí, tan execrables y desalentadores en democracia vengan de donde vengan, sino al ejercicio del derecho constitucional de difundir información veraz y del ciudadano a recibirla. Ese runrún pertinaz del mundo marrón del PP (me atrevo a parafrasear desvirtuando esa letra de Estopa y Rosario) lo único que ha hecho es aflorar una realidad que no han querido o no han sabido ver en la sede de la gaviota en la madrileña calle Génova. Ese repiqueteo ha socavado la confianza de su electorado, unido a la falta de una acción contundente para cortar de raíz comportamientos reprobables. Se han puesto de perfil y entre col y col, un SMS, “Luis, sé fuerte” o un despido en diferido en forma de simulación. Rajoy ha puesto el ojo siempre en el lugar equivocado: que si Matas era el modelo, que si estaba delante, detrás o al lado de Camps, que si Rita (Barberá)eres la mejor“… Que no son los medios de comunicación, lo que son tozudos son los hechos… Gürtel, Púnica, Rato, Brugal, Emarsa, Imelsa, Palma Arena, Troya… El PP de Aznar se declaró incompatible contra la corrupción. El tiempo ha desmentido esa afirmación. Las cañas se le han vuelto lanzas: no ha buscado combatir la corrupción, sino usarla como ariete contra sus adversarios políticos. Hoy recoge las tempestades de los vientos que ha sembrado y de su quietud exasperante.

Foto.- Vanity Fair.

El Partido Popular no está encajando bien el goteo permanente de informaciones sobre sus casos de corrupción y escándalos políticos. Que si Gurtel, que si Bárcenas, que si la caja B y la supuesta financiación ilegal a través de donaciones durante muchos años, Púnica, las andanzas de Rato, Pujalte o Trillo, el escarnio de la costa levantina, el caso de las renovables en Castilla-León… Este machaque casi diario para un partido que, según Aznar, era incompatible contra la corrupción lo tienen de los nervios y cuesta abajo y sin freno en todas las encuestas.

En esa estamos y el ministro de Justicia, Rafael Catalá, tiene la ocurrencia de reabrir el debate de sancionar a los medios de comunicación que publiquen filtraciones de investigaciones judiciales. Antes que él ya lo hizo su antecesor, Alberto Ruiz Gallardón. Quieren matar al mensajero y mutilar el derecho constitucional de la libertad de prensa y de los ciudadanos a recibir información veraz de lo que acontece. Ante tamaño desvarío democrático, el ministro se vio obligado a matizar sus primeras palabras, que ponen sobre la mesa el verdadero pensamiento de una formación política que parece no entender el papel de los medios de comunicación en un sistema democrático. El mero planteamiento de un recorte de libertades de ese calibre es inadmisible. La censura era un instrumento de otros tiempos.

Un despropósito que deja en entredicho el talante del Gobierno y del PP y que requiere una desautorización en toda regla de instancias superiores al ministro. Si no se produce, habrá que pensar que todos están en la misma sintonía. La democracia necesita transparencia y no opacidad, el deber de los medios es facilitar una información veraz, los ciudadanos tienen derecho a recibirla y corresponde a la administración de justicia, en todo caso, custodiar los contenidos de sus instrucciones bajo secreto de sumario. Si algún medio se excede en su cometido democrático, para eso están los tribunales de justicia. Lo que plantea el ministro es intolerable en democracia.

Foto.La Vanguardia. Catalá y Gallardón, en presencia de Soraya Sáenz de Santamaría.

¿Operación relevo?

abril 23, 2015

Esta portada de ABC resulta sintomática. No es habitual en este diario lance un torpedo tan directo contra el presidente del Partido Popular. Ni contra éste ni contra los anteriores. Esta primera plana conduce a pensar que desde sectores de la derecha española le están empezando a mover el sillón a Rajoy y que el resultado de las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo supone una reválida para que repita o no como electoral en las generales a finales de este año. Los pronósticos electorales no le son favorables y el escándalo en torno a Rodrigo Rato parece que ha colmado la paciencia de sus suyos, que quieren frenar la debacle. El mensaje es explícito y se produce con rumores de un supuesto regreso de José María Aznar como salvador de la patria de la gaviota. Muchos quieren que emule a Nicolás Sarkozy y vuelva a tomar las riendas. A la cabeza de Rajoy le han puesto precio (político). En la sede nacional del PP reina el desasosiego y la ansiedad.

Esta fotografía culmina el hundimiento de un icono de la derecha económica de este país. Rodrigo Rato ha pasado de héroe a villano en unos pocos años. Ni los suyos quieren saber de él. Antes era todo lo contrario: el político de moda, el ejecutivo admirado, el símbolo del buen hacer, el gestor ejemplar. El Partido Popular y sectores conservadores de los medios de comunicación lo definieron como el hombre milagro del despegue económico español durante la etapa de José María Aznar. Poco a poco, esa reputación prefabricada e injustificada comenzó a agrietarse. El modelo económico tan jaleado por los sectores liberales trocó en una burbuja inmobiliaria de tal magnitud que ha lastrado a nuestro país durante esta larga crisis y ha retrasado la recuperación. Ésa es una herencia que nos dejó Rato, el que declinó la oferta de Aznar de ser el candidato del PP a la presidencia del Gobierno en 2004 para hacer las Américas en la bien remunerada poltrona de director del Fondo Monetario Internacional (FMI). Dio una espantá de Nueva York, sin haber olfateado la profunda recesión internacional que había provocado la ambición sin límites del sistema financiero, y recaló en Caja Madrid/Bankia. Otra mancha (¡y de las grandes!) en su expediente: llevó a la entidad al borde del colapso con su salida a Bolsa y obligó a un rescate (con todas sus letras) que nos ha costado a todos los españoles más de 23.000 millones. Ahora, este patriota de la derecha está acusado por la Fiscalía de los presuntos delitos de fraude, blanqueo de capitales y alzamiento de bienes. No sé si esto es cuestión de familia porque su padre fue condenado a tres años de prisión por evasión fiscal (ocultó 70 millones de pesetas en Suiza). Las palmas de entonces ahora son pitos. Razones no faltan. El falso icono no tiene ya quien le escriba bien.

Foto.Huffington Post.

Cinco claves del debate

febrero 25, 2015

Mi resumen de urgencia del Debate sobre el Estado de la Nación en cinco claves:

1. El cabreo de Rajoy
El presidente del Gobierno se irritó y perdió los papeles. Sorprende que un político con tanta flema y tanta experiencia usara un tono faltón y palabras gruesas para defenderse de las críticas de los representantes de la oposición. Sus principales diatribas fueron contra el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. El socialista lo sacó de sus casillas y el único recurso que le quedó al gallego es llamarlo “patético”. Anduvo destemplado el presidente, tanto que arremetió contra Rosa Díez y su egocentrismo e ironizó con los perfectos que son los dirigentes de IU. Pero en una tarde poco afortunada se le fue la mano con un tic antidemocrático al espetar a Sánchez un desabrido “no vuelva usted por aquí”. Las credenciales de los diputados las conceden los ciudadanos en las urnas. El dedo le puede funcionar en el PP, en la democracia quien quita y pone diputados son (somos) los ciudadanos. No conocíamos esa vis autoritaria de Rajoy. Mala tarde para un presidente atribulado e iracundo.

2. Buen estreno de Pedro Sánchez
El jefe de la oposición no sólo le aguantó el pulso a Rajoy, sino que fue capaz de bajarlo de su pedestal y llevarlo al terreno del debate de la calle. El presidente de Gobierno siempre tiene las de ganar en este tipo de debates y, pese a su experiencia, perdió la iniciativa frente al dirigente socialista. Sánchez lo puso ante el espejo de sus contradicciones y de su triunfalismo exacerbado: los recortes salvajes, el estropicio producido por la reforma laboral, el empleo precario, la caída de salarios, el fracaso de la austeridad a ultranza y la ausencia de regeneración democrática. En el cuerpo a cuerpo, se fajó bien, con soltura. Tanto que consiguió incendiar al presidente y que éste ofreciera la peor de sus imágenes. Un buen debut del socialista en un debate tan exigente como éste.

3. El rescate
La derecha se presenta como la salvadora de una España a la deriva por la gestión de la izquierda. Ha sido su mantra antes y durante su etapa de más de tres años de gobierno. Al grito de salvamos a este país del rescate, nos han causado unas cotas de sufrimiento inasumibles. Pero tras el cartón piedra de la propaganda se esconde angustia, recortes y también mentiras. Rescate ha habido. Como le decía Pedro Sánchez a Rajoy en tono sarcástico, rescue en inglés es rescate. Se refería a los 41.000 millones que nos ha costado a todos los españoles sacar al sistema financiero del barro. 23.000 millones sólo para Bankia por la pésima gestión de dos prohombres del PP: Miguel Blesa y Rodrigo Rato. Esta palabra tabú que Rajoy intenta desterrar del imaginario colectivo entró al salón de plenos del Congreso de la boca de la oposición. El PP vive en los mundos de Yupi, a los demás no nos convence.

4. La bandera andaluza
Ante la falta de candidato y referente político en Andalucía, el presidente del Gobierno es una suerte de jefe de la oposición de la Junta. Su dedo divino señaló a Juan Manuel Moreno Bonilla como presidente del PP andaluz, un dirigente que lleva más de veinte años en política y sólo se le reconoce por los tijeretazos que ha dado a la ley de dependencia como secretario de Estado. Como los animales acorralados, Rajoy se defendió a la desesperada con una serie de datos y argumentos falsos sobre esta comunidad autónoma. Era previsible una respuesta tan pobre y tan artera. Los argumentarios que le pasan están plagados de mentiras y prejuicios. El pimpampum contra Andalucía estaba en el deshilachado guión de Rajoy. Ya harto de ese sistemático menosprecio hacia esta tierra el diputado socialista Manuel Pezzi, granadino por más señas, sacó la bandera blanca y verde como señal de protesta. No le gustó a la bancada popular ese gesto reivindicativo. ¡Ya está bien!

5. Villalobos y Candy Crush
A la vicepresidenta del Congreso la pillaron jugando en su Ipad al Candy Crush mientras hablaba su jefe de filas, Mariano Rajoy. Si ni siquiera le interesaba a Celia Villalobos lo que decía el presidente, habrá que imaginarse que mucho menos al españolito de a pie. Más allá de la lectura en clave interna, el pasotismo de la política malagueña manda una señal muy negativa a la ciudadanía. ¿Cómo se puede distraer la número dos del Congreso cuando se está celebrando el debate más importante del año? Si amplias capas de la sociedad manifiestan su desafección hacia la política, detalles como éste no ayudan a recuperar la confianza de la gente.