Moral dúctil

La moral del Partido Popular es acomodaticia y dúctil. Se adapta a cualquier circunstancia en función de sus intereses con impudicia y bochorno. Los valores de esta derecha oportunista se moldean con la arcilla a tenor de la ocasión. Estos fariseos de la política se pasan el día dando teóricas lecciones y no se aplican ninguno de los postulados. Especialistas en patrañas, insidias y mentiras, se erigen tribunal inquisitorial ante los adversarios y luego practican una condescendencia infinita con los errores propios, derrochando desfachatez hasta producir vergüenza por la maleabilidad de sus principios.

Nos desayunamos esta mañana que el PP incluye en sus listas de Valencia hasta 11 imputados o implicados en casos de corrupción. Entre Gürtel y Brugal pasando por Fabra, la comunidad que dirige el trajeado Camps está llena de cloacas de una gestión bajo sospecha. Empezando por el presidente de la mirada torva y acabando por Ricardo Costa, ése al que Rajoy no conoce en una demostración clínica de amnesia selectiva, las candidaturas valencianas constituyen un catálogo de despropósitos. ¿Dónde está el código ético del PP? Tan exigentes con los demás y tan benévolos con los propios. Conociendo a este personal, no tendrán reparos en seguir arreando cera a sus antagonistas como si nada hubiera pasado. Son así de cínicos. Ni una palabra de autocrítica.

Los medios de comunicación se han despachado a fondo con este descomedimiento que deja en mal lugar a la cúpula nacional. El Mundo, uno de los periódicos de referencia de la derecha patria, considera “inaceptables” y un “gravísimo error” unas candidaturas que “son una vergüenza y un desafío a la lógica”. En su ticket diario, el director de La Vanguardia lamenta esta “chapuza”, sólo entendible “desde una posición de desprecio absoluto a la justicia”, que refleja la ausencia de “autoridad” de la dirección nacional. Todas las cabeceras aluden a este episodio chusco, salvo ABC, tan justiciero con otros, que no sólo no lo lleva en portada, sino que no le dedica una línea en su interior. ¡Curioso olvido!

Foto.– Ricardo Costa, entre Camps y Rajoy.

Leña al mono…

Mariano Rajoy

… hasta que se le caiga el pellejo. En los cotos de la derecha se ha levantado la veda a la caza de su pseudolíder. Cualquiera que pasa por allí le pega un tiro a la pieza. Sin excepción. Se ha perdido el respeto y la consideración por Mariano Rajoy. En las últimas horas se han descerrajado a bocajarro toneladas de improperios, descalificaciones, reproches y alguna grosería que dejan en mal lugar al actual jefe de la oposición española.

Nadie se ha privado, se ha decretado barra libre y se ha apuntado a la fiesta hasta el conserje de la calle Génova. El chorreo que le ha llovido tiene poderosos nombres apellidos: José María Aznar, Manuel Pizarro, Esperanza Aguirre, Juan Vicente Herrera, Miguel Ángel Rodríguez y Juan y Ricardo Costa. Y desde fuera el conjunto de creadores de opinión, incluido los más conservadores como Pedro J. Ramírez o Federico Jiménez Losantos.

Ha sido tanto el chaparrón dialéctico que hasta un alma mansa como la de Rajoy ha salido del ensimismamiento y la atonía. Ha proclamado que santo Job no hubo más que uno y que el martes tomará cartas en el asunto. Se lo tendrá que pensar en este largo fin de semana de fiestas de santos, difuntos y de la nueva moda de Halloween.

Reacción postrera y quizá estéril. El daño está hecho. La sociedad española conoce la debilidad y la ausencia de autoridad y liderazgo que atesora el político pontevedrés. Quizá el electorado de derechas pueda tolerar la corrupción instalada en los aledaños del PP (caso Gurtel o Palma Nova), por muy grande que ésta sea, pero no perdona la lasitud y la incapacidad para el mando. A la derecha le gustan los caudillos (se puede tomar en todos los sentidos), los guías indiscutibles, dirigentes que pisan fuerte, a los que no le tiembla el pulso ante nada y dan golpes sobre la mesa.

Rajoy nunca exhibió demasiado carisma ni aire marcial y el dedazo de José María Aznar le restó además mucha legitimidad ante la opinión pública. Quizá la conjunción de ambas circunstancias, unido a su talante pasivo y su falta de valentía, hayan colocado al derrotado en las dos últimas elecciones en la salida de emergencia. Mariano está tocado, al borde del abismo y los suyos merodean para empujarlo al vacío.

Foto.-  www.lakodorniz.com.

Gallinero

El Partido Popular está hecho unos zorros. Más allá de la tempestad del caso Gurtel, profunda depresión que aún no ha desatado toda su virulencia, el primer partido de la oposición evidencia una ausencia alarmante de mando, se asemeja a un barco a la deriva arrastrado por las corrientes de los personalismos sin que su timonel sea capaz de poner orden. El mayoral del cortijo, Mariano Rajoy, ni está ni se le espera y el gallinero se solivianta. Francino lo tildaba esta mañana en la Cadena Ser de cachazudo, suave epíteto para definir a un huevón, a un medroso, a un cagueta, a un pusilánime, a un don Tancredo con sangre de horchata, en definitiva, a un  líder sin autoridad, es decir, la antítesis de lo que significa ejercer el liderazgo. No responde Rajoy ni mucho menos a la definición de líder que hace el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: no es esa persona a la que la gente sigue reconociéndola como jefe u orientadora. Está este calmoso registrador de la propiedad esperando con parsimonia que el tiempo arregle sus problemas.

Cada día son más los pollos que cacarean en su corral. Los más gallitos sacan sus espolones y marcan sus territorios. No hay ninguna voz firme que los acalle. Esperanza Aguirre se le ha subido definitivamente a las barbas. El desapego de la lideresa hacia su jefe acumula ya trienios, pero en el pulso por el control de Caja Madrid lo ha puesto públicamente a los pies de los caballos. Aguirre ha depositado sobre la mesa todos sus reaños para colocar a su niño Ignacio González al frente de la cuarta entidad financiera de España, mientras que Rajoy no tiene carácter para imponer el nombre de Rodrigo Rato. Sonoro y bufo espectáculo para hacerse con el apetitoso caramelo. Y en Andalucía se oye la voz de un chisgarabís defendiendo la despolitización de las cajas. Suena todo a mentira entre los ecos de esta pelea de patio de vecinos.

No es sólo la presidente de Madrid la que tensa la cuerda. Francisco Camps le toma el pelo y hace de su capa un sayo en Valencia; Juan Costa clama por la restitución de su hermano Ricardo, el megapijo del Infinity, y exige a la dirección de su partido que aclare su vinculación con la panda de corruptos de la Gurtel; el PP de Alicante se desmarca y aprueba una moción de apoyo al defenestrado Ric; Manuel Fraga pone el contrapunto y se sale de guión; Manuel Cobo, el número dos de Alberto Ruiz Gallardón, arremete contra la “gestapillo” de Aguirre y vomita por el liberalismo de pacotilla de la lideresa; ésta le pide a Génova que lo expulse por criticarla; María Dolores de Cospedal tercia sin convicción en la guerra cruenta y sin cuartel en el PP madrileño…

¿Comedia de enredo o desmoronamiento de una estructura cogida con alfileres? Y Rajoy calla, se mesa la barba, se fuma un puro y mira al cielo esperando una señal divina. Ya escampará, piensa, con más paciencia que el santo Job. Cada día hay más ruido y menos orden… Y sólo se conoce una tercera parte del estruendo de la Gurtel. ¡Para amarrarse bien los machos!

Camps se derrumba

Abro la edición digital de El País y me agrede un titular puesto en boca de Francisco Camps. Dice el muy honorable dignatario: por un lado, que Ricardo Costa, su ¿ex número dos?, siguió sus directrices y las de Mariano Rajoy y, por otra, que sus amiguitos de alma de la trama Gurtel se han convertido de la noche a la mañana en amigos de José Luis Rodríguez Zapatero. No sé si los efectos de alguna medicación para la ansiedad producen estos detritos intelectuales, estos desvaríos monumentales, esos planteamientos irracionales y paranoides.

En clave interna de su partido, el presidente valenciano está jugando con dos barajas. Intenta contentar a su dirección nacional y no maltratar del todo a un colaborador que puede tirar la manta y dejarlo con las posaderas al aire. Ya lo insinuó Ricardo Costa en su comparecencia previa a su sacrificio en varios tiempos. Sólo había ejecutado órdenes y mantuvo el chiringuito que se encontró al llegar a la secretaría general. Camps pone un día una vela a dios y al siguiente otra al diablo. Ora hace carantoñas con Rajoy, ora reconforta al megapijo del Infinity. Ora se muestra disciplinado con la calle Génova, ora hace de su capa un sayo.

Y en el desparrame de tinta calamar, tan característico en el PP, el presidente valenciano resulta patético y pueril. Es de aurora boreal querer desembarazarse ahora de su íntima relación con Francisco Correa y Álvaro Pérez El Bigotes, a los que según los pinchazos telefónicos quería “un huevo”, y afirmar con impudicia que son amigos de Zapatero. Más allá de la risa que produce estas aseveraciones de patio de comedia, merece la pena reparar en que Camps está noqueado, que se derrumba, que se tambalea por la magnitud de la presunta corrupción destapada, un tsunami que lo está arrastrando al sumidero. Anda el PP tan nervioso (uno que tengo en la bancada de enfrente en el Parlamento de Andalucía tiene los ojitos morados de tanto sufrir) que ha decidido abrir una causa general en la comunidad valenciana contra todos los partidos para intentar tapar las sospechas más que fundadas de su financiación ilegal, de acuerdo con la investigación policial.

El sainete del caso Gurtel en Valencia acumula capítulos, se produce nueva información con vértigo, se registra una saturación de datos y componendas. Hay tanto volumen de inputs que ya cuesta seguir la pista. Se precisa muy buena memoria o un esquema para entender la dimensión y las distintas ramificaciones del mayor caso de corrupción de las más de tres décadas de democracia en España.

Popurrí Gurtel

Chiste Ferreres

Hay tanta información por aquí y por allí de la mayor trama de corrupción de la democracia española que he decidido hacer un popurrí. Esta palabra proviene de la expresión francesa pot pourri, que traducida a nuestra lengua sería algo así como olla podrida. Por lo tanto, viene como anillo al dedo.

Al Vaticano no le gustan las comisiones.- En la Plaza de San Pedro de Roma a algunos se les ha quedado cara de tonto. El portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, conoce las noticias que llegan de España sobre adjudicaciones irregulares y cobros de comisiones por parte de la red mafiosa investigada en el escándalo Gurtel a cuenta de la visita de su Benedicto XVI a Valencia en julio de 2006. Según este padre jesuita, aunque la Santa Sede no participe en la gestión, “es importante que todo lo relativo a estos grandes eventos, que implican a diversas empresas y requieren esfuerzos económicos importantes, se hagan siempre con corrección”. Francisco Correa, Álvaro Pérez, alias El Bigotes, y otros granujas más de la banda se pusieron las botas a la mayor gloria del santo padre.

Los tentáculos de Castilla-León.- La Fiscalía Anticorrupción ha pedido al juez del caso Gurtel en Madrid, Antonio Pedreira, y a la Policía que se investiguen adjudicaciones de contratos del Gobierno de Castilla y León en los que haya podido intervenir, entre otros cargos públicos, el ex consejero de Fomento y actual presidente del Parlamento autonómico, José Manuel Fernández Santiago, cuyo apodo, reconocido por él mismo, es Toti, un nombre que aparece en los documentos intervenidos a la red de Francisco Correa. El tentáculo empieza a echar raíces en esta comunidad.

Costa sigue en su despacho.- Ricardo Costa sigue ejerciendo como secretario general del PP de la Comunidad Valenciana salvo a efectos públicos. “El cese temporal supone que no da ruedas de prensa ni participa en actos electorales”, ha aclarado su jefa de prensa. Pero nada más. Costa despachó ayer por la mañana en la sede del PP en Valencia, en la calle Quart. Esta información de El País convierte en pantomima las medidas disciplinarias y suponen una nueva burla de Francisco Camps a la dirección nacional de su partido y, especialmente, a la ciudadanía.

La silla eléctrica de Arenas.- Contaba el periodista Pepe Fernández hace unos días que el presidente del PP andaluz, Javier Arenas, no estaba cómodo en su escaño del Parlamento desde que estalló el caso Gurtel. Motivos tiene para la preocupación. Recogía en artículo semanal las palabras de un dirigente popular sobre el asiento de su jefe de filas en la Cámara: “Se ha convertido para él en una auténtica silla eléctrica”. Es lógico le cae un auténtico chaparrón cada pleno y, por si fuera poco, presenta el mismo estigma o cuadro sintomático que Ricardo Costa: malas compañías (un montón de sus amigos están imputados: la familia Galeote, Bárcenas, Sepúlveda..) y tiene un plus de responsabilidad por haber sido secretario general cuando se produjeron buena parte de los hechos investigados. Si Mariano Rajoy fuera justo…

Los contratos de Aguirre.- La mayor parte de los 342 contratos adjudicados entre 2004 y 2008 por el Gobierno de Madrid a la trama servían para dar supuesto soporte logístico a los actos que presidía la propia Esperanza Aguirre, según el diario Público. PSOE, IU, CCOO y UGT han denunciado la “política de propaganda” de la presidenta, el “brutal despilfarro” de los recursos públicos, lejos de la “austeridad” que predica la lideresa del PP madrileño. Porque, hasta donde se sabe, la red de Francisco Correa logró más de tres millones de euros en contratos de la Comunidad, la mayoría otorgados a dedo, mediante el ardid de fraccionarlos en contratos de menos de 12.000 euros.

Ilustraciones.- Viñeta de Ferreres en Público y foto de El País.

Marianico el Corto

¡Albricias! ¡Que redoblen las campanas! El cuerpo incorrupto de Mariano Rajoy ha bajado del limbo para pisar tierra firme. ¿O quizá estaba haciendo un ayuno de cuarenta días en el desierto para purgar sus penas? Llevaba más de seis meses sin someterse al rigor y la sana impertinencia de los periodistas en una rueda de prensa. Tiene alergia a las preguntas, le produce sarpullido salirse del guión del mensaje unidireccional, padece una fobia profunda a encarar visiones contrapuestas de su realidad cosmética y desvaída.

Se produjo la aparición de Mariano mártir, con rictus serio, con semblante de días de cuaresma, con la impronta del Corcovado de Río (será una mímesis por el éxito olímpico de la ciudad brasileña), con un fondo azul celestial… Toda una puesta en escena para encarar el marrón del caso Gurtel que le mancha los zapatos y los bajos del pantalón, de momento, y que tiene a medio partido patas arriba.

Más allá de la pose, perfectamente calculada por los asesores de imagen de la calle Génova, ni chicha ni limoná. Se ha aferrado a la teoría de la conspiración y al inevitable cierre de filas en torno a Francisco Camps. No ha explicado nada, algunos balbuceos ininteligibles y escasa o nula argumentación sólida. De acuerdo con su línea discursiva, los mismos motivos que han convertido en cabeza de turco a Ricardo Costa no se consideran graves con el presidente valenciano. La única razón que avala esta soberano injusticia o este mayúsculo agravio es que Camps manda mucho y el sacrificado genera menos problemas… Sólo a priori, ¿y si le da por tirar de la manta?

No tuvo una buena tarde Rajoy en su primera comparecencia pública para coger por los cuernos el toro del escándalo Gurtel. Ni siquiera para división de opiniones. En el coso popular se escucharon sonoros pitos. No lo pienso sólo yo, hay tribunas mediáticas de perfil conservador que también han extraído la misma conclusión. Para muestra, un botón: el diario El Mundo titula en portada “Rajoy y Camps echan a Costa con una resolución inexistente” y en el editorial dan un paso más al hablar de “destitución injusta, falaz y antidemocrática”.

Y llega el rotativo a una misma conclusión que modestamente he mantenido en esta bitácora en más de una ocasión: si no sabe gestionar esta crisis interna, carece de fuste para llevar las riendas de España. Más que Mariano, estamos ante Marianico el Corto, con más centímetros de altura, pero soso y lánguido a más no poder.

Un gran marrón

En el PP se ha montado un lío gigantesco, un embrollo propio de un vodevil aunque el trasfondo es de extrema gravedad y puede tener serias repercusiones políticas. Voces, intrigas, amenazas, chantajes, bravatas, rebeliones, componendas, desprecios, traiciones… se amontonan en el interior del primer partido de la oposición en España. El escándalo Gurtel ha estallado y ha salpicado de metralla a toda la organización. No se salva ni el apuntador. Queda por definir al héroe de la obra en un guión por rematar, pero protagonistas y actores de reparto hay muchos.

A estas alturas de la película está claro que Ricardo Costa no se quiere comer solito el marrón y ha apuntado a la cabeza de su partido en este país y en su comunidad, que Francisco Camps está entre la espada de lealtad a la maltrecha autoridad del presidente nacional y la pared de la amenaza de Costa de tirar de la manta, que Mariano Rajoy manda menos que un sereno, que María Dolores de Cospedal está de los nervios, que Javier Arenas empieza a ahuecar el ala de la escena nacional atrincherándose en su terruño para intentar pasar desapercibido (y eso que buena parte de lo ocurrido se perpetra en su etapa de secretario general), que Eduardo Zaplana está afilando la faca para cobrarle a Camps viejas facturas, que Esperanza Aguirre pisa fuerte pese a los casi 400 contratos firmados por el Gobierno de Madrid con la red corrupta y deja en ridículo a Rajoy, que Manuel Fraga se preocupa de lo que hacen los demás y quizá de lo que aconteció en su época en Galicia, que el locuaz Esteban González Pons se ha quedado mudo, que Rita Barberá está descompuesta por dentro y compuesta por fuera con el bolso de Louis Vuitton regalado por los cabecillas de la banda, que al plurimputado Carlos Fabra le aflora una erupción de ética y se desmarca de los enjuagues en el entorno de Camps…

Faltan algunas secuencias más para desenredar este enmarañado ovillo… Ojo a la reacción airada de un Ricardo Costa que no se conforma con ser cabeza de turco. El siguiente paso ha de ser suyo después de perder esta mañana, con carácter temporal, su condición de portavoz en las Cortes valencianas y número dos en el partido. ¿Quién se comerá al final este gran marrón?

Foto.- El País. Camps, Rajoy, Mayor  Oreja, Ricardo Costa y Fabra (con gafas negras), en un mitin en Valencia durante la campaña de las elecciones europeas de 2009.

Pieza amortizada

La guillotina está ya montada en la Plaza de la Reina de Valencia. Ya tiene fecha la ejecución de Ricardo Costa. El próximo martes rodará la cabeza  del secretario general del PP de esa comunidad autónoma por el escándalo Gurtel. Costa, el megapijo del Infinity y del reloj de acero de 25.000 euros regalados por los cabecillas de la trama, será la cabeza de turco que rodará por los suelos para intentar salvar la del presidente valenciano, Francisco Camps.

La dirección nacional ha forzado a Camps a señalar a un chivo expiatorio para calmar las ansias de una opinión pública que no entiende el inmovilismo del primer partido de la oposición ante el caso más grave de corrupción en España desde la instauración de la democracia. Hacen falta más gestos y más valentía para frenar la metástasis. ¿Cómo se explica que el número dos caminara solo cuando en el sumario y la investigación policial salen salpicados el propio presidente y tres cargos más de su círculo de confianza (el vicepresidente de su gobierno y el vicesecretario y la tesorera del partido)?

El sacrificio de Costa llega tarde. Se intenta poner un cortafuegos cuando el incendio presenta focos indomables por los cuatro costados (sede nacional, Madrid, Valencia, Castilla-León y Galicia) y ha saltado con mucho la línea de protección de la credibilidad del PP. Estamos ante una víctima propiciatoria que no le va a servir de nada a Mariano Rajoy ni a Camps para salvar la cara. El hermano del señalado, Juan Costa, ex ministro con Aznar y rival de Rajoy en el último congreso nacional, ya ha levantado la voz exigiendo igualdad de trato e insinuando que Ricardo, alias Ric para la red mafiosa, se relacionó con la trama Gurtel por órdenes superiores.

Este monumental escándalo está haciendo mella en el PP. Lo tiene contra las cuerdas y lo obliga a improvisar y a tomar decisiones de urgencia. Tiene un lío de grandes dimensiones ante la justicia y se le empieza a montar una importante crisis interna en Valencia por su doble vara de medir a sus cuadros implicados. En Madrid se expulsa a los imputados mientras que el líder mantiene al tesorero y senador, Luis Bárcenas, sin ninguna razón de peso; se carga las tintas contra Costa y se protege a Camps.

De pronto ha resucitado Eduardo Zaplana, encantado en su retiro dorado en Telefónica, al ver tambalear a su enemigo Camps. Al calor de la sangre, un tiburón como Zaplana se subido a la fiesta para ajustar cuentas a su rival interno. No es un sainete, es la radiografía de una organización que hace aguas y que puede ser expulsada del paraíso por su coqueteo con la corrupción y su presunta financiación ilegal, según se desprende de los informes policiales.

Huida a ninguna parte

En estos tiempos de tempestades políticas, de profunda gota fría en Valencia, el presidente Camps se ha aferrado al palo mayor de su nave a la deriva. No hace nada por cambiar el rumbo, por modificar su singladura errática, se empecina en navegar contra el viento de la ética. Ya escampará, piensa, mientras ase con fuerza un timón que se le va de las manos. Pobre iluso, la fuerza del vendaval Gurtel lo condena (o lo condenará más pronto que tarde) irremisiblemente al naufragio.

Los intrépidos lugartenientes de este capitán de trajes planchados y regalados por amigos de moral distraída fijan las velas como pueden y achican agua a discreción. El mar se encrespa, el cielo ofrece nubarrones negros abigarrados y amenazantes, la nave parece ir a pique. El contramaestre Ricardo Costa, Rich para los amigos, se ha amarrado al mascarón de proa y se ha pasado las medidas contundentes que le reclamaban desde el cuartel general de la calle Génova por el forro de sus caprichos (gráfica expresión de la jerga del periodista José María García). La orden del almirante Rajoy se ha quedado en papel mojado, el jefe máximo (¿o debería decir mínimo?) tiene poca fuerza y débil liderazgo. Este grupo de valientes marineros se ha amotinado y desafía a todos y a todo, incluso al sentido común, la verdad y la decencia, mientras la putrefacción se expande por la Comunidad Valenciana como una mancha de aceite, según se desprende de los informes policiales. 

El pelotón de Camps ha iniciado una huida hacia ninguna parte. No quieren abrir los ojos, prefieren permanecer en la inopia o en su mundo virtual. El presidente valenciano reduce este monumental escándalo al conjunto vacío o a una conspiración de los enemigos de su comunidad, a los recurrentes fantasmas exteriores para eludir las propias responsabilidades.Y estas engoladas falsas víctimas no deben confundir valentía y firmeza con temeridad y paroxismo. Para completar el círculo del esperpento, la respuesta ante la presunta financiación ilegal del PP valenciano se resume en investigar también a los adversarios políticos, una propuesta ventilador para tapar las vergüenzas particulares. Para este viaje no hace falta ninguna alforja especial.

Ya hay 71 imputados en la vertiente madrileña de Gurtel. ¿Cuántos caerán en Valencia? ¿Y en otros territorios, por ejemplo Galicia, como afectará esta gran ola de aguas fétidas? ¿Por qué Javier Arenas está tan nervioso y no da explicaciones que calmen la preocupación y las dudas ciudadanas? ¿Teme que los tentáculos de la trama que carcome la integridad y la credibilidad del PP lleguen a Andalucía? ¿A qué está esperando Don Trancredo Rajoy para actuar? Este tsunami no remite. Cada día nos desayunamos nuevas noticias truculentas: el juez busca 40 millones de euros escondidos por la red mafiosa en paraísos fiscales.

Ilustración.– Los calvitos en elplural.com.

Marea corrupta

La mancha de la corrupción se extiende en el seno del Partido Popular como una marea negra. No son hilillos de plastilina, como Mariano Rajoy definió desgraciadamente en su día la catástrofe del Prestige en las costas gallegas, sino un terremoto político de morrocotudas dimensiones y de imprevisibles consecuencias. La cúpula popular no puede limitarse a echar balones fuera y enrocarse en la teoría de la conspiración. Necesita reconocer que tiene un grave problema para poder empezar a resolverlo. Su reacción airada y hostil contra la administración de justicia y las fuerzas de seguridad del estado confirman que aún no están en el camino de la rehabilitación contra la pandemia que corroe sus cimientos éticos, que tiene en el caso Gurtel su virus más destructivo. El PP sólo es víctima de sus propios errores y de las malas compañías.

La trama Gurtel cada día depara nuevos datos sobre la implicación de las más altas instancias del PP valenciano; ya en Madrid ha dejado un importante reguero de salpicados por comportamientos ilícitos, por actos indeseables en democracia. Datos conocidos por la opinión pública gracias a la pericia de los medios de comunicación. Ahora el PP critica las filtraciones, le molesta este ejercicio de libertad de expresión. No hace mucho tiempo, sin embargo, jaleaban los pormenores de las investigaciones judiciales de los sumarios del GAL o de Filesa publicadas a toda página por algunos periódicos. Cuando las barbas que se rapaban eran otras no tuvieron la prevención de poner las suyas a remojar. Nadie aprende por cabeza ajena. Eran los tiempos en que José María Aznar flameaba el espantajo de que el PP era un partido incompatible con la corrupción, un lema que la realidad ha disuelto como un azucarillo. En el PP han anidado aves (o gaviotas) de muy mal agüero.

El último informe de Unidad de Delitos Económicos y Financieros (UDEF) de la Policía desvela con pelos y señales una presunta trama de financiación ilegal del PP en Valencia en la que participan y/o están al tanto la plana mayor de esta organización política. Están en el ajo el número dos del Gobierno regional, el vicepresidente Vicente Rambla, y el número dos del partido, Ricardo Costa. Los dos hombres de máxima confianza del presidente, Francisco Camps, se codean con los conseguidores. Por si no fuera suficiente, la farmacia que regenta la esposa de Camps se convierte en una especie de estación intermodal de tráfico de mensajes y recados de ida y vuelta. Item más, las escuchas policiales, autorizadas por el juez, confirman contactos directos entre el presidente valenciano y los cerebros mafiosos de la red. ¿Duda alguien a estas alturas que Camps era ajeno a los tejemanejes de sus colaboradores? ¿Cuestiona alguien que el presidente no fuera consciente del potaje corrupto que se cocía a fuego lento incluso en el establecimiento de su cónyuge?

Mariano Rajoy vinculó su futuro al de su amigo Paco Camps. Lo dijo él a boca llena en el fragor del escándalo de los trajes regalados a cambio de algo que ahora se comienza a ver. Más vale que empiece a soltar lastre y marcar distancias con su compañero. Huele demasiado a putrefacción en el entorno de Camps, las olas de aguas fecales rompen ya en los umbrales de la madrileña calle Génova. No caben ni excusas ni silencios cómplices. Ni esperar a que pase la tormenta, el tiempo no ejerce de antídoto contra este veneno. Es la hora de la rectificación y de las decisiones firmes. De lo contrario, la marea corrupta arrastrará también a Rajoy.