Periodismo e inmigración

He participado esta mañana en Jerez (Cádiz) en el taller sobre Medios de Comunicación e Inmigración del Proyecto Menara, Observatorio Transfronterizo para las Migraciones y la Promoción del Diálogo Intercultural, que pilota la Fundación Tres Culturas. La Junta de Andalucía viene desarrollando desde hace años políticas públicas en las que se aborda la inmigración desde una perspectiva de participación e integración. Menara (que significa faro en árabe) profundiza en esa línea de trabajo para la mejora el conocimiento de la realidad del fenómeno migratorio y la sensibilización social acerca de sus valores positivos, rechazando toda forma de racismo y xenofobia, y cualquier clase de discriminación que se produzca.

Esta iniciativa es, sin lugar a dudas, un acierto. Se adopta un postura proactiva ante el hecho migratorio, poniendo el foco a los aspectos positivos que genera la coexistencia de patrones culturales diversos y mitigando en la medida de lo posible, las características más negativas. Se busca generar espacios de intercambio y construir puentes para la cooperación entre dos territorios fronterizos como son Andalucía y el norte de Marruecos. En definitiva, favorecer la buena vecindad y la convivencia.

Uno de los objetivos del proyecto Menara es incidir en la percepción andaluza de la inmigración. Y, sin duda, en la fijación de esa percepción social de este fenómeno juegan un papel decisivo los medios de comunicación. Éstos configuran la realidad social. El sesgo que tengan las informaciones que se difunden a través de los distintos soportes conforma el imaginario colectivo y, por tanto, los medios se erigen como agentes fundamentales en la gestión de la diversidad. Hasta ahora, en líneas generales existido una línea mayoritaria en establecer la inmigración como un problema o un conflicto. Se ha primado una visión negativa de este fenómeno social.

Con la grave crisis económica que estamos atravesando desde 2008, hemos retrocedido a unos años en la consideración de la inmigración. Las menores posibilidades económicas, la destrucción de empleo, el empobrecimiento de las familias… ha supuesto una vuelta a la fase de amenaza. En momentos de crisis y dificultad, la presencia del inmigrante se hace incomoda y fluyen con enorme facilidad el estereotipo y la mirada excluyente. Las minorías son percibidas, de nuevo, como riesgo para la convivencia, para el orden social, una amenaza para los valores, las costumbres y las tradiciones y la propia identidad española. Se produce un rechazo a estas minorías, que se convierten en enemigo visible, culpable de los problemas y las frustraciones.

Los medios de comunicación tienen una función social importante en las sociedades democráticas. Además de informar, formar y entretener, sus tres funciones clásicas, los mass media se han de implicar en favorecer la convivencia y no agitar las bajas pasiones, siempre latentes, que prenden con facilidad y que tardan en apagarse.

Comparto con el Colegio de Periodistas de Cataluña que el periodista, sin perder el rigor profesional, ha de tomar postura a favor de una perspectiva multicultural que enriquece a la sociedad. En la información y, especialmente, en la opinión se ha de evitar los tópicos y los prejuicios, las generalizaciones, la dramatización y el sensacionalismo. Los medios de comunicación han de buscar nuevas perspectivas sobre la inmigración y no sólo encasillar al que viene de fuera en las cuestiones conflictivas. Especialmente peligroso resulta el discurso que sitúa inmigración y delincuencia como dos caras de la misma moneda.

Distintas organizaciones profesionales, consejos audiovisuales y centros de investigación formulan códigos de buenas prácticas y recomendaciones que no dejan de ser un declaración de buenas intenciones. Se han dado pasos en la representación mediática de la inmigración, una mejoría que resulta a todas luces insuficiente. Se ha de avanzar más comprometido con la convivencia y la interculturalidad.

Maldita intolerancia

La masacre de Noruega nos tiene que hacer reflexionar. Duele, irrita, indigna… el recurso a la barbarie y la exaltación de la violencia para acallar ideas no compartidas. El asesino (llamarlo perturbado suena a atenuante, a nadie se le ocurre ese eufemismo, por ejemplo, con un etarra) ha atacado al corazón de la democracia y de una organización política, jóvenes del Partido Laborista noruego de entre 15 y 17 años, para cortar de raíz esos brotes de una ideología distinta a su doctrina totalitaria, xenófoba y excluyente. Sus métodos beben en fuentes deleznables, se inspiran en teorías nazis, siguen patrones fascistas. Matar al que piensa o siente de manera distinta es abominable.

Esta brutal crisis está envalentonando a la derecha extrema. Su crecimiento es evidente en muchos países europeos, donde están cuajando los mensajes contra el diferente apelando a las más bajas pasiones. En la cuna del estado del bienestar, los países nórdicos, ha prendido la llama de la ultraderecha y eso que  la presión de la inmigración es insignificante. El egoísmo del primer mundo se alimenta con facilidad. Después del crack del 29 enraizaron los totalitarismos de derecha. En Alemania, los problemas económicos, unidos al orgullo herido por la derrota de la I Guerra Mundial, cimentaron la consolidación del Tercer Reich. No quiero hacer una analogía, estamos en tiempos distintos y la lección está bien aprendida. Ahora bien, tenemos que combatir con todas nuestras energías la intolerancia y la imposición de la fuerza… Y no dejar que germine ninguna semilla del odio ni del rencor. Sería pan para hoy y hambre para mañana.

Mecha populista

Nicolás Sarkozy ha prendido la mecha populista. Estaba bajo de popularidad en los sondeos, la izquierda francesa le había ganado en las elecciones regionales y el ultraderechista Frente Nacional había recobrado espacio en el electorado galo. Necesitaba un golpe de efecto para recuperar el terreno perdido y encarar con holgura la recta final de su mandato. La pócima mágica elegida es la mano dura, recuperar el tono del gendarme. En este caldo de cultivo se cocina la expulsión masiva de los gitanos rumanos, ciudadanos tan europeos y con los mismos derechos que un británico, un sueco o un alemán. Eso sí, su principal problema es que son pobres, pobres de solemnidad, y en la opulenta Francia molestan.

Al más puro estilo Napoleón, Sarkozy ha actuado con la soberbia del poderoso. No ha perseguido a personas con mala conducta o con expedientes delictivos. Como meses ante hizo Silvio Berlusconi, ha desterrado a una etnia por consideraciones racistas y xenófobas. Se ha saltado la legislación europea a la torera y, además, se ha permitido la chulería de abroncar al presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, otro hombre de derecha, por afearle un comportamiento que atenta contra las normas comunitarias. En este triste episodio, merece un reconocimiento la comisaria europea de Justicia, Viviane Redding, quien más allá de sus supuestos excesos verbales, ha antepuesto los principios y la ética frente al posibilismo del presidente francés. El aparato de Bruselas ha respondido con más dignidad que el conjunto de los países miembros de la Unión. Todos sin excepción, incluido el presidente español, se han puesto de perfil y han dejado que Sarkozy imponga su doctrina autoritaria y bravucona. Pragmatismo frente a valores.

Sarkozy se ha subido a la ola del populismo, abriendo una senda peligrosa, enseñando el camino a otros gobiernos y otros partidos de derechas. En España, el Partido Popular ha tomado nota con celeridad, no ha perdido ni un minuto. La candidata popular en las elecciones catalanas, Alicia Sánchez Camacho, se paseó ayer por Badalona, acompañada por una eurodiputada correligionaria del jefe de Estado francés, buscando campamentos de gitanos para proseguir con la onda expansiva y caldear más el ambiente. Entretanto, en la sede nacional del PP se da la callada por respuesta, se deja hacer, se mira hacia otro lado mientras en Cataluña empiezan a desbrozar el terreno de la intolerancia. Y éste es el partido que, teóricamente, defiende el ideario cristiano. ¿Dónde aparcan la compasión, la solidaridad o la misericordia?

En estos momentos de crisis alentar las bajas pasiones no requiere mucho esfuerzo. Desde la reacción se considera un atajo cómodo y muy rentable para obtener una suculenta tajada electoral. Jugar con estos temas tan sensibles desde la demagogia barata entraña un riesgo evidente para la convivencia. Y quien juega con fuego…

Deporte y valores

Todo lo que se haga para erradicar los comportamientos violentos y las actitudes reprobables en democracia siempre es bienvenido. El Gobierno de España ha dado el último paso para desarrollar la ley de 2007 contra la violencia, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. En la reunión del Consejo de Ministros, se ha aprobado un real decreto que sustituye el vigente desde 1993 a fin de estrechar el cerco a los que aprovechan el espectáculo deportivo, especialmente en el fútbol, para dar rienda suelta a las bajas pasiones.

La principal novedad es la creación de libros de registro de los seguidores para tener atados en corto a los ultras, a los hinchas más fanáticos que degradan la imagen de sus respectivos clubes por su conducta incívica. Es un instrumento que facilitará el seguimiento por parte de los equipos de sus seguidores más conflictivos, los que escriben páginas lamentables que emborronan la esencia y el espíritu de la competición.

El secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, explicaba así el cambio normativo: “Se trata de oficializar las peñas, de legalizarlas por decirlo de algún modo, de dar a los grupos de aficionados buenos la oportunidad de registrarse y tener ventajas para viajes, entradas… Y así también tener más control sobre los hinchas. […] Es un modo de reconocer a los seguidores pacíficos… No es una solución mágica. La seguridad en los estadios, ahora, es buena. Existen episodios de violencia y xenofobia, pero no de manera extendida“.

El texto incorpora avances en los protocolos de seguridad y control de los recintos. A tal efecto, se dotará de fondos públicos a aquellas entidades que deseen implantar dispositivos para detectar armas en sus estadios. Además de un conjunto de medidas socioeducativas y de la puesta en marcha del Observatorio de la violencia, el racismo y la xenofobia, se creará la mención honorífica Juego Limpio al equipo o la afición que fomente los valores del deporte y a su vez, se potencian las ayudas o subvenciones para las actividades educativas que ayuden a erradicar los comportamientos que devalúen la práctica deportiva.

En definitiva, este real decreto establece una serie de pautas para impregnar de valores el mundo del deporte y premiar a esa gran mayoría de ciudadanos que acudimos a los campos de fútbol o de otra disciplina deportiva a disfrutar, a echar un buen rato. O dicho de otro modo, se busca aislar aún más a los grupúsculos de desaprensivos que sólo quieren armar ruido y se refugian en la masa social manoseando los colores de los clubes.