Al modo broker

Confirmada la repetición electoral, los primeros mensajes de los principales dirigentes de Podemos e Izquierda Unida en la senda de confluencia han sonado a tomadura de pelo. Su apuesta ante los comicios del 26 de junio no es otra que superar al PSOE, el viejuno sorpasso con el que soñaba Julio Anguita. Sus proclamas suenan a competición, a calculadora electoral, como si se tratara de brokers de las emociones políticas, de tiburones de expectativas frustradas, de políticos que miran su ombligo, su beneficio particular, y que olvidan de la urgencia de cambiar el rumbo de un país después de siete años de sufrimiento por la crisis. Sólo piensa en ganar al PSOE, en deshacer el empate, en conquistar la hegemonía de la izquierda, en mejorar su balance de resultados. Todo muy estadístico y corporativo, pero nada emocional y empático. En estos primeros compases del nuevo zafarrancho electoral me ha faltado en estos discursos encendidos escuchar hablar de la gente y de sus problemas. En la formación morada han subido los decibelios para que no se hable de su renuncia al cambio, al relevo de Mariano Rajoy y las políticas crueles del PP. Igual que en estos cuatro meses fallidos, para Pablo Iglesias y su troupe lo importante es el poder y los sillones, y las personas quedan relegadas a un segundo plano. No es de extrañar la legión de votantes desencantados con esta izquierda de marketing y soflamas de laboratorio. Iglesias se deja llevar por las vísceras, por sus obsesiones del pasado, y se ha convertido en esa izquierda que le gusta a la derecha, como ocurrió hace dos décadas con Anguita. Más de lo mismo. La historia se repite.

Foto.Público. Iglesias y Anguita.

Bandera amarilla

Durante siglos los barcos colocaban en sus pabellones banderas amarillas cuando su tripulación y pasaje padecían enfermedades contagiosas. A estas embarcaciones no se les permitía atracar en los puertos y debían pasar una cuarentena apartados de la costa. Algo de esto necesita el Partido Popular. Un periodo de alejamiento del poder y de permanencia en la oposición para que se regenere, para que suelte el virus de la corrupción que ha horadado su credibilidad y que ha espantado a los ciudadanos de sus siglas. En Valencia le quieren cambiar hasta de nombre a la formación, una iniciativa que ha frenado la dirección nacional. Quizá les valdría con arriar la enseña de la gaviota y poner un paño amarillo en señal de aviso de mal infeccioso.

Mucho tienen que cambiar. No basta sólo con el borrón y cuenta nueva que proclama el presidente en funciones. ¿Qué hacemos con todo ese pasado de lodo que mancha el nombre del PP? El primer síntoma de mejoría es abandonar el ‘y tú más’ y entonar el mea culpa. Sólo desde el reconocimiento del error y con mucha profilaxis se puede recuperar el terreno perdido. Y no pareen ir por el camino de la contrición y el propósito de enmienda. Por ejemplo, si se resisten a aceptar la evidencia de que el PP es el primer partido llamado a declarar como querellado/investigado pese a la claridad con que se recoge en el auto del juez. Rajoy ha tirado, como suele, por la tangente (“Ha sido citada la gerente, en el auto no lo pone”) y Martínez Maíllo, secretario nacional de organización, lo ha rechazado tajantemente sin ruborizarse (“El PP no está ni imputado ni investigado“). Tiempo han tenido de aprender la lección pero siguen emperrados en negar la realidad y en echarle la culpa de sus males a los demás… Y hasta al empedrado.