Sobre el debate

El debate electoral a cinco puede que no cambie mucho en esta ocasión el sentido del voto pero, al menos, podría conseguir una movilización del electorado e incrementar la participación el 10 de noviembre. De la confrontación entre candidatos, quedó claro que no hay alturas de miras para deshacer el desbloqueo que atenaza a España y que existe serio riesgo de que sigamos en el bucle de la falta de generosidad para que eche andar otra legislatura. El presidente en funciones y candidato socialista, Pedro Sánchez, dejó cuando menos una propuesta en este sentido: si no hay ninguna mayoría alternativa, que se deje gobernar a la lista más votada. Una fórmula muy similar a la que rige en los ayuntamientos y algunas comunidades autónomas. Otro motivo de preocupación (y confiemos que de dinamización del sufragio de izquierda) es el ascenso de la ultraderecha, al que tanto han contribuido Partido Popular y Ciudadanos con su blanqueo a través de pactos que van a contracorriente de lo que ocurre en Europa. Anoche, Pablo Casado y Albert Rivera le dejaron todo el espacio a Santiago Abascal, sabiendo que cualquier carambola de posible gobierno de las derechas, algo que de momento no recoge ninguna encuesta, dependería de Vox.

El debate fue, en líneas generales, anodino, frío, muy largo y falto de empatía. El formato, pactado por los partidos, no contribuyó a que hubiera un ritmo vivo y dinámico. También la estrategia de los participantes desvirtuó su desarrollo. La cabra tira al monte y la derecha parece que sólo quería hablar de Cataluña. Apenas se habló de cohesión social y de las personas (España no se reduce al conflicto catalán), de educación, de igualdad, de cultura, de ciencia e investigación… No tiene mucho sentido un debate que empieza a las diez de la noche y se prolonga hasta la una de la madrugada. Mucha gente se fue a la cama sin ver el tramo final. Tampoco se perdieron mucho: reiteración y la audiencia pidiendo la hora, incluso los periodistas que moderaban, Ana Blanco y Vicente Vallés, tuvieron que animar a los candidatos a agotar sus tiempos. Conclusión: a ver si somos capaces de subirnos a formatos y horarios más europeos.

Los grandes perdedores de la noche fueron Casado y Rivera. Ni el primero fue capaz de presentarse como alternativa ni el segundo pudo frenar la caída libre que le auguran los sondeos. Mi análisis de los litigantes es el siguiente:

Pedro Sánchez: A priori era el candidato que lo tenía más difícil: era un cuatro contra uno. Supo superar con nota esta dificultad y el acoso de sus rivales no lo sacó de su línea. Eludió el cuerpo a cuerpo y mantuvo un tono presidencial, moderado y propositivo. Apeló al voto útil para romper el bloqueo y marcó distancias con Pablo Iglesias. Consiguió su objetivo con guiños reiterados al centro político.

Pablo Casado: Mucho fuego de artificio y poco rigor en sus argumentos. Buscó de forma permanente y sin éxito sacar a Sánchez de su carril. Por momentos, el líder del PP se pasó de frenada interrumpiendo al socialista cada vez que tomaba la palabra, fue sin lugar a dudas el que ofreció formas menos educadas. En cambio, ni se inmutó con Abascal, que es quien le está segando la hierba electoral bajo sus pies. Fue de más a menos, se diluyó a fuerza de latiguillos y consignas huecas y acabó con un minuto de oro poco creíble y demasiado ñoño.

Albert Rivera: Posiblemente el gran fracasado de la noche. Necesitaba el debate para remontar el vuelo y salió peor que entró. Oportunidad malograda. Se perdió entre tanto gadget (el adoquín ha dado para muchos memes negativos en las redes sociales). Ya no sorprende con golpes de efecto de poca monta. Más que la maleta de Páramo, necesita la bolsa de Doraemon para hacer un milagro. Alguien que se las da de buen orador y tiene vitola de buen debatiente no podía ofrecer un minuto final más ortopédico y falto de originalidad. Un zombi en el plató.

Pablo Iglesias: Ofreció el tono sosegado de los debates, un registro que dista mucho del cotidiano en la arena política. Se dirigió a sus votantes con variedad de propuestas muy del ideario podemita, muchas de ellas casi imposibles de llevar a la práctica. Más allá de lo programático, machacó cansinamente con la gran coalición entre PSOE y PP  pese a la reiterada negativa de estos dos partidos. Intento burdo para pescar votos en aguas socialistas. Seguramente el candidato que mostró más cercanía.

Santiago Abascal: Era el que lo tenía más fácil. Y los otros cuatro adversarios también le facilitaron la tarea. Ninguno dedicó un segundo a desmontar las muchas barbaridades que descerrajó el cabeza de cartel de Vox sobre la inmigración, violencia de género o el estado de las autonomías. En la forma. moderado; en el fondo, ultraderecha radical. Guante de seda en puño de hierro, con detalles de la doctrina falangista. El ideario de Vox se basa en leyendas urbanas y manipulaciones evidentes que alimentan la xenofobia, la misoginia, el proteccionismo y el aislamiento internacional. Mucha palabrería con que “el patrimonio de los pobres es su patria” y quiere bajar los impuestos a los más ricos.

Deslealtad

Ni siquiera que estemos en vísperas de elecciones vale como atenuante ante la deslealtad de la derecha. As usual, los partidos conservadores han arrojado por la borda la altura de miras y la necesaria unidad de acción de los demócratas en las cuestiones de Estado. Siempre actúan así cuando ocupan los bancos de la oposición (recordemos a Cristóbal Montoro y su deseo de que se caiga España, ya llegarían ellos para levantarla). La sentencia del procés y los disturbios de una minoría radical los han lanzado al pillaje electoral, a la caza del voto sin tener en cuenta las consecuencias para la convivencia. De Vox no cabe esperar nada: por criticar incluso han puesto en solfa hasta la propia sentencia del Tribunal Supremo. Pero de Partido Popular y Ciudadanos se presumía menos ventajismo, menos regate corto, y un cierre de filas, no un cheque en blanco, en torno al Gobierno. Como hizo sin fisuras el PSOE cuando el gabinete de Mariano Rajoy impulsó el 155 tras el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017. Pedro Sánchez pilotó entonces un apoyo socialista sin matices. Y hubo momentos de despropósito y desatino del equipo gubernamental del PP.

La actitud de las dos fuerzas conservadoras ahora deja mucho que desear. Las primeras palabras de apoyo al Ejecutivo socialista en un escenario especialmente complicado se las llevó el viento de las necesidades particulares. De nada ha servido que el Gobierno se haya encargado con moderación y firmeza de garantizar el cumplimiento de ley, de meter en cintura a los grupos violentos y de hacer posible la coordinación de todos los cuerpos de seguridad del Estado (Mossos incluidos), algo que no ocurrió hace dos años. La derecha ha aparcado sus deberes institucionales y ha sacado la calculadora electoral. Pablo Casado se ha deslizado por el tobogán de la ambición ante los cantos de sirenas de las encuestas. Los mismos sondeos que llevan a Albert Rivera a la desesperada, va como pollo sin cabeza, a ver si amortigua el batacazo que le pronostican. Entretanto, a España la dejan en segundo lugar. Y a Cataluña, como mera coartada de una estrategia miope y muy poco patriótica. Así es la derecha: haz lo que yo diga, no lo que yo haga.

Foto.– Efe. Sánchez y Casado, en la Moncloa hace seis días.

Piojos

De la extrema derecha se puede esperar muy poco. Su carta de presentación es la represión, la provocación y la persecución de las libertades y las ideas discrepantes. Su relación con la democracia es como la del agua y el aceite. También demuestran los ultras sus ínfulas de superioridad y un nulo conocimiento de nuestra historia. Antes de la democracia, el tiempo en que la izquierda ha estado al frente de España se circunscribe fundamentalmente a la II República y en este breve periodo histórico hubo gobiernos de derechas. Por tanto, si en España ha habido piojos, en algunos periodos más de los deseados, la culpa no es de los rojos, sino de las derechas que tantos siglos han tenido secuestrado el poder y han castigado a la mayoría de la población a la pobreza y a la ausencia de esperanza en un futuro mejor.

Con la muerte del dictador y la llegada de la democracia, España ha contado con gobiernos de Felipe González que impulsaron la modernización y la convergencia con Europa; con los de José Luis Rodríguez Zapatero, que nos permitieron ganar en derechos y libertades, siendo referencia internacional, y ahora con el de Pedro Sánchez, que ha recuperado nuestro sitio en la Unión Europea, conquistas arrebatadas por la crisis y el ultraliberalismo y la decencia en las instituciones públicas y trabaja por la convivencia que el radicalismo de uno y otro signo trata de quebrar. Por tanto, aunque les pese a Vox y a sus socios de derechas, los rojos piojosos hemos prestado y estamos prestando un gran servicio a España y a los españoles.

¡Qué descaro!

Juan Manuel Moreno Bonilla, hoy presidente del Gobierno de Andalucía, defendía esto en 2016 con Mariano Rajoy en la Moncloa y ahora le pide a Pedro Sánchez justo lo que tres años antes negaba con tanta vehemencia. Con su compañero de partido no podía ser, ahora con el adversario socialista ya es otro cantar, aunque estemos en situación análoga y con el mismo marco legal. Esto se llama ventajismo, cinismo y desahogo. Y descaro, un descaro sin límites.

Resultado inapelable

Las elecciones generales de este domingo han deparado un rotundo triunfo del PSOE y una única opción para la presidencia del Gobierno de España: Pedro Sánchez. Los socialistas casi doblan a la segunda fuerza, un Partido Popular que se ha hundido con estrépito perdiendo la mitad de los apoyos que cosechó en 2016. Las urnas han dado una mayoría de izquierdas frente al tridente de las tres derechas, un amplio apoyo en favor de la moderación, el progreso y la convivencia frente a la radicalización, el retroceso y el frentismo.

El PSOE vuelve a ganar unas elecciones de ámbito general once años después y lo hace con notable diferencia sobre el resto, hasta el punto de que el mapa de España ha virado en menos de tres años del azul al rojo, con 123 escaños en el Congreso y mayoría absoluta en el Senado, una cámara esta última en la que dominaba el PP desde el siglo pasado. Se ha producido una fuerte movilización de la izquierda para evitar que ocurriera el pacto de la vergüenza de las derechas y la ultraderecha, las consecuencia del 2 de diciembre han sido un agente movilizador del voto progresista.

El pueblo español ha parado en seco a la derecha altanera y faltona. El PP sufre un serio varapalo y presenta los peores resultados desde su refundación en 1990 (16,7% y 66 escaños). Mantiene por décimas la segunda posición, con Ciudadanos pisándoles los talones a punto de darle el sorpasso, y la cabeza de Pablo Casado en el aire. Los naranjas mejoran su grupo en las Cortes pero quedan muy lejos del discurso triunfalista de su líder, Albert Rivera, que ha fracasado en su estrategia de aislar al PSOE con su monotema territorial y ya se postula fatuamente como el nuevo líder de la oposición.

La extrema derecha entra por primera vez en las Cortes desde que se instauró la democracia, con 24 escaños y más del 10% de los votos. Una presencia que asusta pero que está muy por debajo de las expectativas. Las exhibiciones de fuerza en sus mítines y sus campañas fake habían producido un espejismo electoral, un temor que finalmente no ha sido para tanto por la madurez de nuestro electorado. Hasta ahora, los ultras estaban camuflados en el PP y ahora tienen espacio propio. España ya ofrece una foto parlamentaria muy a la europea.

Dos apuntes más. Unidas Podemos se deja casi la mitad de los escaños, pasa a ser cuarta fuerza en España, pierde su grupo en el Senado y el liderazgo de Pablo Iglesias queda tocado. Aunque sin su presencia en la recta final de la campaña, muy especialmente por su gestión de los debates, el resultado final habría sido peor. El nacionalismo periférico ha salido reforzado por la radicalidad de las derechas: por primera vez el independentismo catalán gana unas generales en esta comunidad y PNV y Bildu refuerzan sus posiciones. El PP se queda sin representación en Euskadi y sólo tiene un escaño en Cataluña. A la derecha el tiro le ha salido por la culata.

Y Andalucía ha sido la comunidad que más ha aportado a la victoria socialista y de Pedro Sánchez. Más de un millón y medio de sufragios, 24 diputados y 24 senadores, triunfo en las ocho provincias y primera fuerza en 734 de los 786 municipios de esta comunidad. Cumpliendo con creces los objetivos comprometidos públicamente por Susana Díaz, que se ha volcado en esta campaña.

Unos resultados que además tienen una lectura en clave autonómica: Andalucía ha planteado en las urnas una moción de censura al actual gobierno regional tripartito de las derechas y la extrema derecha. El mensaje de la gente de esta tierra ha sido nítido contra este pacto de perdedores y de la vergüenza. El PSOE dobla en votos y en escaños al segundo y tercero: 24 representantes socialistas frente a 11 de Ciudadanos y 11 del PP.

Sin duda, el gran derrotado de estos comicios es el actual presidente, Juan Manuel Moreno Bonilla. Acumula en cuatro meses los dos peores resultados del PP. Hasta tal punto que ha sido superado por Ciudadanos en Andalucía y es ya la tercera política. Con estos datos, el Ejecutivo andaluz no presenta el sentir de la mayoría y da muestras de debilidad e inestabilidad, sobre todo porque para aprobar cualquier medida depende de Vox. En menos de 100 días el electorado le ha dado un sonoro suspenso.

 

Mucho descaro

Campaña electoral (19 noviembre 2018)

En el Gobierno (12 abril 2019)

Otra promesa electoral que se lleva el viento. O una gran mentira que descubre la falta de palabra de la derecha con esta tierra. Mucho piar en la oposición y cuando han pasado a gobernar ‘si te he visto, no me acuerdo’. Por suerte, la salida de Mariano Rajoy de la Moncloa y la llegada de Pedro Sánchez suponen que después de 50 años la autopista de peaje entre Sevilla y Cádiz quede completamente liberada el 1 de enero de 2020. El Ejecutivo socialista ha anunciado que no renovará la concesión de un tramo que ya está más que amortizado. (Otra razón más para votar al PSOE el 28 de abril). Rajoy no se comprometió en nada y llegó Sánchez para zanjar esta reivindicación histórica. Sólo entonces, porque el PP andaluz había mantenido una actitud cómplice y un silencio bochornoso, a Moreno Bonilla se le ocurrió añadir dos huevos duros más y plantear si era presidente bonificar el peaje. Ahora, por la carambola electoral y con el apoyo de la extrema derecha, llega al puesto y clama un curioso ‘donde dije digo, digo Diego’. Dirá como su consejero de Economía con los 600.000 empleos prometidos y ya olvidados… que son cosas del lenguaje electoral… ¡Qué descaro!

Trifachito

Me parece muy acertado este concepto que con tanto arte y puntería usa el tuitero Gerardo Tecé para denominar a la triple alianza de las derechas y la extrema derecha en Andalucía. PP, Ciudadanos y Vox forman el eje de la reacción y quieren exportar su entente cordiale a todos los rincones de España. Ya no queda ninguna duda tras sus primeras proclamas al calor del anuncio de generales el 28 de abril. A los ultras de Santiago Abascal y los populares cada vez más radicalizados de Pablo Casado les importa poco que los llamen de derechas. Es más, Casado está en una carrera para taponar la fuga de votos por flanco diestro y cada día se asemeja más a los extremistas.

En cambio, a la derechita acomplejada y cobarde, usando la terminología de Vox para referirse a los naranjas, sí les escuece y les incomoda. Comienzan la precampaña proclamándose como liberales, porque lo de centristas ya no se lo cree nadie, ni siquiera ellos. Rivera se ha retratado con una renuncia expresa a dialogar tras los comicios tanto con Pedro Sánchez como con el PSOE. Ha trazado un cordón sanitario preventivo. Este maximalismo electoralista (que ya usaron en Andalucía contra Susana Díaz) sólo deja como opción a Ciudadanos constituir el trifachito a escala nacional. Ha quedado muy claro del pie del que cojean: entre el PSOE y Vox prefieren a la ultraderecha. Así se explica de la foto de la Plaza Colón. Y como dice el refrán, dos (en este caso tres) que duermen en el mismo colchón se levantan de la misma condición.

Foto.- Europa Press.

Antología del disparate

A ver quién la dice más gorda. Desde la convocatoria de elecciones autonómicas en Andalucía, el Partido Popular ha entrado en una carrera de insultos y barrabasadas por su desesperación y falta de proyecto y sensibilidad hacia esta tierra. Los dirigentes de la derecha pepera (en Ciudadanos también se ha pisado en alguna vez la línea roja) están completando una auténtica antología del disparate. El que abrió la puja fue líder nacional, Pablo Casado, incluso antes de estar fijada la cita con las urnas el 2 de diciembre. Valgan solo unos ejemplos de estas últimas semanas:

Casado: ¿Qué pasa, que los andaluces sois de peor condición y no tenéis capacidad de probar otras siglas políticas, otras ideas sociales? (28 de septiembre)

Casado: “Se envuelve en la bandera de Andalucía como un burladero […] como si estuviéramos en la Cuba castrista“. (20 de octubre)

Casado: “Por mucho que le duela, Susana Díaz lleva a Torra y a Otegi en sus listas”. (27 de octubre)

Isabel García Tejerina, ex ministra: “En Andalucía lo que sabe un niño de 10 años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León” (18 de octubre)

Teodoro García Egea, secretario general: “La Junta gasta más en prostitutas que en educación” (18 de octubre).

Juan Manuel Moreno Bonilla, candidato: “¿Le ha dicho Díaz a Sánchez que no nos gusta que en Sevilla se insulte a la Macarena o al Cachorro? (28 de octubre)

Es sólo una recopilación de urgencia y centrada en Andalucía. En este tiempo también  hemos escuchado a Casado llamar, entre otras lindezas, “golpista” al actual presidente del Gobierno. El líder del PP está tomando los derroteros de Trump, Salvini o Bolsonaro. Su hoja de ruta y la que impone en su partido es volver al aznarismo. Radicalización porque Vox les aprieta por la ultraderecha y Ciudadanos por el otro flanco.

Foto.– Paco Fuentes, El País.

Morro, mucho morro

Desfachatez, desahogo, morro, cinismo… A todo esto y mucho más me evoca el Partido Popular cuando ahora habla de eliminar ya el peaje de la AP-4 entre Sevilla y Jerez, o en su defecto que se bonifique el paso compensando por parte de la Junta de Andalucía a una concesionaria que ya ha ganado bastante dinero en 50 años. O cuando ahora habla del plan de empleo para Andalucía. Dos ejemplos de las últimas 24 horas que demuestran cómo se las gasta el PP: antes con Rajoy en la Moncloa no decían ni mu, silencio cómplice y sumisión ante la estrategia de hostigamiento a esta comunidad autónoma. No llega ni a tres meses de su salida del Gobierno por higiene democrática y en este escaso tiempo el nuevo Ejecutivo socialista ha hecho más que el PP en seis años y medio en estas dos cuestiones. El  actual ministro de Fomento ya ha anunciado que no se prorrogará el peaje de la AP-4 cuando termine la concesión el 31 de diciembre de 2019, cuando en la época de Rajoy sólo había ambigüedad y ninguna garantía de que la autopista volvería a manos públicas. Entonces, Moreno Bonilla y sus cuates callaban. Ahora, tras la reunión de Susana Díaz y Pedro Sánchez de finales de julio, el Gobierno socialista ha empezado a trabajar en un plan especial de empleo para Andalucía y el PP critica la falta de celeridad. Esta comunidad pidió a Rajoy durante su mandato una medida similar que éste negó sistemáticamente mientras se la concedía a otras autonomías. Entonces, Moreno Bonilla y sus cuates callaban… Y suma y sigue. Se les nota tanto la impudicia que produce sonrojo, es una transformación partidista que no se la creen ni ellos. En cambio, la Junta de Andalucía sigue reivindicando ahora para esta comunidad lo mismo que antes con Rajoy. El PP no conoce el concepto de coherencia. Ni está interesado en ello.

Foto.Portal de Andalucía.

Ya se nota el cambio

Siempre ha sido así y una vez más se vuelve a demostrar. A Andalucía le va mejor con un gobierno socialista en España. Primero con Felipe González, luego con José Luis Rodríguez Zapatero y ahora con Pedro Sánchez. En cambio, cuando el inquilino de la Moncloa ha sido del Partido Popular, ya fuera Aznar o ya fuera Rajoy, está comunidad sólo ha recibido maltrato y discriminación. Llevamos en Andalucía reclamando durante demasiado tiempo la reforma de un sistema de financiación ya caducado desde 2014 y cuya aplicación arbitraria por parte del Ejecutivo pepero anterior nos penalizaba a razón de 1.000 millones de euros menos al año. La llegada de un gabinete socialista ya se nota y para 2019 se va a recibir un 24% más de fondos para los servicios públicos (y se ha puesto en marcha la negociación de un nuevo modelo). Y hasta medios poco cercanos como ABC así lo reconocen. No se demandan ni privilegios ni trato de favor, sólo que se trate a todo el mundo con justicia y equidad. La clave es que este país avance con cohesión social y territorial y para ello es fundamental gobernar garantizando la igualdad.