Maldita intolerancia

La masacre de Noruega nos tiene que hacer reflexionar. Duele, irrita, indigna… el recurso a la barbarie y la exaltación de la violencia para acallar ideas no compartidas. El asesino (llamarlo perturbado suena a atenuante, a nadie se le ocurre ese eufemismo, por ejemplo, con un etarra) ha atacado al corazón de la democracia y de una organización política, jóvenes del Partido Laborista noruego de entre 15 y 17 años, para cortar de raíz esos brotes de una ideología distinta a su doctrina totalitaria, xenófoba y excluyente. Sus métodos beben en fuentes deleznables, se inspiran en teorías nazis, siguen patrones fascistas. Matar al que piensa o siente de manera distinta es abominable.

Esta brutal crisis está envalentonando a la derecha extrema. Su crecimiento es evidente en muchos países europeos, donde están cuajando los mensajes contra el diferente apelando a las más bajas pasiones. En la cuna del estado del bienestar, los países nórdicos, ha prendido la llama de la ultraderecha y eso que  la presión de la inmigración es insignificante. El egoísmo del primer mundo se alimenta con facilidad. Después del crack del 29 enraizaron los totalitarismos de derecha. En Alemania, los problemas económicos, unidos al orgullo herido por la derrota de la I Guerra Mundial, cimentaron la consolidación del Tercer Reich. No quiero hacer una analogía, estamos en tiempos distintos y la lección está bien aprendida. Ahora bien, tenemos que combatir con todas nuestras energías la intolerancia y la imposición de la fuerza… Y no dejar que germine ninguna semilla del odio ni del rencor. Sería pan para hoy y hambre para mañana.