Norte y sur

Poco a poco se está imponiendo un pensamiento que pretende establecer una línea divisoria en España entre el norte desarrollado y el sur subsidiado, un constructo basado en el estereotipo y en cierto clasismo. Esta corriente de opinión estaba muy localizada en la derecha nacional más rancia, que miraba hacia abajo siempre con desprecio, y la burguesía nacionalista periférica de ciertos territorios, que nunca aceptó el modelo igualitario del Estado de Autonomías que se ha consolidado por el impulso de Andalucía. El populismo cantonalista que ha surgido en los últimos años se ha subido también a este tren barato. Lo peor es que esta mirada sesgada está contagiando a sectores templados, incluso a sectores progresistas, que no se cortan en destilar un mensaje de corte insolidario y preñado de prejuicios.

Escribía hace unos días el sociólogo Manuel Castells un artículo que se podría calificar incluso de ofensivo visto por la mirada subjetiva de un ciudadano sureño. Un pensador brillante como él escribía sobre la negativa de sectores del PSOE a un pacto con los independentistas catalanes la siguiente sandez: “Es tal el miedo de las autonomías del sur a perder sus privilegios de subsidio, que piensan que serían amenazados por una Catalunya con un concierto fiscal semejante al vasco, que han trazado una línea roja hecha de nacionalismo español y reivindicaciones presupuestarias“. No es así, Castells, y lo sabes. Por poner un ejemplo: en Euskadi, con Hacienda propia, la financiación sanitaria supone más de 1.500 euros per cápita, mientras que Andalucía, con el sistema de financiación de régimen común, escasamente supera 1.000 euros. ¿Se pueden imaginar cuántas cosas se podrían hacer más en la sanidad pública de Andalucía, que pese a todo está entre las mejores de España, si tuviéramos esa financiación adicional que tiene Euskadi? Y otra pregunta: ¿Se quiere un modelo igual para Cataluña? Si es así, para el resto sólo quedaría la calderilla.

El debate de fondo que se vuelve a plantear es la España de dos velocidades, con ciudadanos de primera (en algunos territorios del norte y Madrid) y de segunda (fundamentalmente en el sur). Se busca quebrar los principios de igualdad y solidaridad que consagran la Constitución y que Andalucía, con su movilización cívica y el referéndum del 28 de febrero de 1980, reforzó para construir un modelo de desarrollo armónico. Si se quiere cambiar el modelo, que se diga abiertamente. Si se quiere redefinir el marco de convivencia y crear un estado asimétrico, que no se anden con subterfugios. Todo este debate nos lleva a lo que, en su momento, en Italia alentó el nacimiento de la Liga Norte y que ha provocado una profunda fractura social entre los territorios septentrionales y los del sur. No creo que sea el camino para avanzar. Sólo generaría la existencia de dos países en uno desde el punto de vista social.

Foto.- El Mundo. Imágen de la manifestación del 4 de diciembre de 1977 en Sevilla.

Brexit, el triunfo del egoísmo

El triunfo del Brexit es una mala noticia para el proyecto europeo. Supone un retroceso en la construcción de una Europa más fuerte, a la que muchos aspiramos pese a los errores de los últimos tiempos. El resultado del referéndum británico es la constatación de que los populismos, sean del signo que sean, han estado siempre en contra del proyecto de la Unión Europea. Y el populismo y la otra cara de la misma moneda, el nacionalismo, siempre han sido la causa de los grandes males de este continente. Cuando el populismo y el nacionalismo han ido de la mano siempre nos ha ido mal en Europa. La historia del siglo pasado está ahí como aldabonazo a nuestra memoria.

La irresponsabilidad de David Cameron de convocar un referéndum cuando no había un clamor social demandándolo puede tener consecuencias nefastas para Reino Unido y para Europa. El triunfo del Brexit se debe a que se han impuesto los mensajes del nacionalismo, el populismo y la insolidaridad. Con mentiras de la derecha irresponsable y de los antieuropeos, el miedo y la ignorancia se han impuesto a la convivencia y a la integración.

Restando no se progresa. Frente al Brexit, tenemos que avanzar en la integración. En la construcción de una Europa mejor, más atractiva, que piense en las personas. Una Europa en la que todos queramos estar porque nos ofrece futuro y oportunidades. Se ha hecho desde Bruselas una gestión nefasta de esta crisis. Una crisis que ha castigado a los más débiles y que ha generado un rechazo y una enorme desafección para con el proyecto europeo. Se han cometido serios errores, se han abusado de los recortes y de políticas insensibles, que sin lugar a dudas se deben corregir.

Por eso, la UE y Merkel deberían tomar nota y abandonar de una vez por todas las políticas que tanto año han hecho a los ciudadanos y, al mismo tiempo, al prestigio de las instituciones europeas. Tenemos que recuperar los valores que inspiraron la construcción de un proyecto común europeo: el progreso, la solidaridad, la cohesión y la justicia social. Ese es el único antídoto para frenar el rupturismo que plantea la derecha nacionalista y antieuropea y también el radicalismo de izquierda. Para ello, hay que reformar lo que no funciona para fortalecer el proyecto europeo. No cabe la marcha atrás, sí un paso al frente con unas políticas más justas y que ayuden a hacer una Europa mejor.

En clave nacional, deberíamos sacar conclusiones del fiasco del referéndum británico. Cameron convocó un referéndum en el que no creía y el tiro le ha salido por la culata. Cameron ha defendido el remain (permanecer) y ha triunfado el leave (abandonar). Su partido, el Conservador, se ha partido en dos, él ha tenido que presentar su dimisión tras un fracaso tan sonoro y lo que es más grave: Reino Unido entra en una grave crisis institucional que no se sabe cómo terminará. Aquellos que en España quieren hacer referendos de autodeterminación deberían aprender la lección de Cameron, sobre todo si dicen (con la boca muy chica) que no quieren la ruptura del país más antiguo del Viejo Continente. No se puede dar alas a consultas que producen división, que en el caso español no tienen soporte legal y que no conducen a ningún sitio. Ojo con aquellos que no les importa echar gasolina al fuego. Luego las consecuencias son incalculables.

El Brexit no es inmediato (se abre un periodo de transición de dos años) pero puede tener efectos negativos en Andalucía: para las exportaciones, para el turismo, para los andaluces que trabajan en Gibraltar o los que han emigrado a Reino Unido. También para los británicos que viven en la Costa del Sol y otros rincones de esta tierra. Como andaluz y adoptivo del Campo de Gibraltar por vía conyugal, pienso en los 7.000 trabajadores de esa zona que todos los días cruzan la verja para ganarse la vida. Tranquilizan las palabras de la presidenta de la Junta, Susana Díaz, de estar vigilante en la defensa de sus derechos y su futuro, en particular, y de los intereses de Andalucía, en general.

Combatir la catalanofobia

Os dejo este vídeo que desmonta muchos falsos mitos que alimentan la catalanofobia. Esta pieza, de una andaluza con talento y sentido común, se ha convertido en menos de un mes en un éxito en Youtube y las redes sociales. Lo cuelgo como respuesta al reportaje emitido por Telemadrid en el que compara al nacionalismo catalán con el nazismo y el estalinismo, un disparate que ha soliviantado con razón a los partidos y a la sociedad catalana. No comparto la deriva soberanista en la que está inmersa la mayoría de las fuerzas políticas de esa comunidad autónoma, es un salto al vacío, un empecinamiento que no conduce a ningún sitio. Sin embargo, me parece detestable la dinámica del españolismo radical de alentar el enfrentamiento y el odio entre territorios. Con esta actitud cerril se le dan argumentos a los más radicales del independentismo catalán y se dinamitan muchos puentes para la convivencia. Iniciativas como las de este vídeo, en cambio, ayudan a hacer país y a encontrar espacios de entendimiento.

4-D: Andalucía se puso en pie

Hace hoy 35 años Andalucía se puso en pie en su reivindicación por la igualdad y por la autonomía plena. Ese 4 de diciembre de 1977 más de dos millones de personas tomaron las calles y gritaron que no queríamos ni ser ni más ni menos que nadie. Esa lucha consiguió su objetivo el 28 de febrero de 1980. En un referéndum en el que, pese a las trabas de la derecha gobernante, el pueblo andaluz hizo historia y consiguió la construcción de un modelo autonómico armónico y sin desigualdades. Siete lustros después, el modelo territorial que nos ha permitido la etapa más próspera de convivencia en España está de nuevo sometido a revisión. Las tensiones de dos caras de la misma moneda, el centralismo irredento y el nacionalismo insolidario, quieren romper lo que tanto nos ha conquistar. Ayer como hoy, Andalucía debe estar vigilantes a los movimientos revisionistas y hacer valer su peso político y demográfico en el conjunto de nuestro país. Estamos en un día importante de nuestra historia reciente. Quizá con más significación si cabe en esta ocasión dentro del contexto que nos ha tocado vivir. Nos corresponde no perder de vista lo que ocurrió en el pasado para que no se repita en el presente y se alumbre un futuro con territorios de primera y de segunda. Los riesgos están latentes: mucha gente está interesada en precipitar un desenlace injusto y regresivo del modelo de estado. Por eso, Andalucía tiene que seguir en pie.

El papel equilibrador de Andalucía

El contexto político al que nos enfrentamos tras las elecciones autonómicas en Euskadi y Galicia nos ha de llenar de una razonable preocupación a los que creemos en el Estado de las Autonomías que se ha desarrollado durante estas más de tres décadas de democracia. El auge de las fuerzas nacionalistas constatado en estos comicios, la eclosión soberanista en Cataluña (ya veremos qué pasa en sus comicios de noviembre) y las posibles consecuencias sobre el Estado de las Autonomías nos obligan a estar muy atentos para que Andalucía no se quede atrás ante los movimientos que buscan cambiar el modelo actual basado en la igualdad y en la nivelación de servicios públicos fundamentales.

Andalucía, como sostiene el presidente Griñán, va estar muy involucrada en el debate nacional desde una perspectiva institucional y de defensa de su peso político, histórico y demográfico. Tiene que implicarse de lleno para garantizar soluciones de corte progresista y solidario, soluciones que refuercen el modelo social y el estado del bienestar. Los tirones de los nacionalistas pueden romper el equilibrio que supuso el 28-F en la configuración del Estado de las Autonomías. Las pretensiones soberanistas que predominan en Cataluña y País Vasco no pueden ser la coartada para conceder privilegios de financiación a estos territorios en detrimento de los demás. Ya hemos censurado manifestaciones de dirigentes del centralismo conservador y de los nacionalismos periféricos que plantean avanzar hacia un modelo de dos velocidades, con tres autonomías de primera (Cataluña, Euskadi y también Galicia) y el resto con menos capacidad de autogobierno, es decir, comunidades de segunda categoría.

En esta comunidad no nos vamos a quedar de brazos cruzados. Como hicimos en 1980, nos opondremos con todas nuestras fuerzas a cualquier intento de modificación del modelo autonómico que conduzca hacia la desigualdad y la discriminación de ciudadanos en función del territorio donde vivan. La apuesta del Gobierno andaluz es avanzar hacia un estado federal basado en la cooperación, la igualdad y la lealtad institucional. En ese proyecto cabemos todos y se refuerza el valor de España.

Tras el 21-O

No voy a poner paños calientes: el PSOE, mi partido, ha sufrido un tremendo batacazo tras las elecciones vascas y gallegas de ayer. El trabajo y las propuestas de los dos Patxis, López y Vázquez, no han calado en la ciudadanía. El 21-0 ha arrojado unos guarismos preocupantes para la principal fuerza de la izquierda española y nos aboca a una profunda reflexión de los mismos para encauzar el camino. La sociedad española debe tener la certeza de que los socialistas hemos tomado nota de este segundo toque de atención. (El primero e igual de contundente se produjo hace casi un año en las generales). Si no somos capaces de interpretar ese mensaje tan clarito de la ciudadanía, iremos de tropezón en tropezón. El primer análisis ha de partir de las dos federaciones afectadas por los comicios para luego abordar la situación, con serenidad y profundidad, en el ámbito federal. Quizá lo más recomendable sea esperar a que pase la siguiente cita electoral, las elecciones catalanas. El reto inmediato está ahora en el 25-N y en poner a todo el partido en defensa del proyecto del PSOE para desenmascarar a Mas.

Más allá de la lectura en clave socialista, la jornada electoral nos conduce a otro terreno que nos exige una mirada con rigor y tacto: el auge del nacionalismo. Es cierto que el PSOE perdió muchos votos en Galicia (exactamente 238.626), pero el PP agrandó paradójicamente su mayoría absoluta con 154.714 menos en las urnas, y sólo ha crecido el voto más nacionalista (la AGE de Beiras más el venido a menos BNG). En Euskadi, las fuerzas nacionalistas copan el 60% del voto mientras que los llamados constitucionalistas, PSE-PSOE y PP, se dejan atrás 122.414 sufragios, 106.173 los socialistas y 16.241 los populares. En esta convocatoria electoral, los dos grandes partidos estatales cuentan con 515.754 menos que hace cuatro años (la mayor parte del PSOE, aunque el bocado que ha cedido el PP no es pequeño tampoco), mientras que los partidos nacionalistas ganan más de 200.000.

Ante esta coyuntura política, suscribo las palabras del presidente de la Junta, Pepe Griñán: Andalucía no puede quedarse fuera del debate nacional porque el ascenso del nacionalismo puede poner muchas en cuestión y nos puede perjudicar si no estamos encima defendiendo nuestro derechos.

Foto.Íñigo Urkullu, presidente y candidato del PNV.

Mucho ruido y pocas nueces

La abolición de los toros en Cataluña ha provocado un acalorado debate entre los partidarios y detractores de la fiesta sobre si prepondera la libertad o el derecho de los animales, trufado de dardos políticos envenenados. Unos que entonan con facilidad el ‘Una, grande y libre’ han aprovechado este ocasional Pisuerga para sacar a relucir los fantasmas del ‘España se rompe’. Otros que se calan barretina y agitan la señera con histrionismo para afilar sus uñas separatistas.

Si la discusión se circunscribe al hecho concreto, las cosas serían mucho más sencillas. En Cataluña no hay afición a las corridas de toros. Basta con analizar la raquítica entrada de ayer en la Monumental de Barcelona en el primer cartel tras la controvertida medida aprobada por el Parlament para certificar el desapego del pueblo catalán hacia los festejos taurinos. Ni una tercera parte de los asientos estaban ocupados y muchos de los asistentes eran turistas. Mientras que en otros territorios de España la lidia de reses bravas constituye un espectáculo con enorme tirón, en Cataluña no engancha. Ya en Canarias, allá por 1991, la fiesta pasó a la historia y no ocurrió ningún apocalipsis. Simplemente hay artes (en este caso el de Cúchares) que no se entienden, es cuestión de gustos y educación.

Moraleja: los fanáticos de uno y otro lado están manoseando las corridas para agitar espantajos, calentando un ambiente con mercancía política de dudoso origen.

Sin toros… ¿no hay paraíso?

Se cumplió el pronóstico. Cataluña prohíbe la corrida de toros a partir de 2012. El Parlamento ha sacado adelante la iniciativa popular con una holgada mayoría (68 a 55). De facto, en tierras catalanas la fiesta languidecía: sólo se programan festejos en la Monumental de Barcelona y en los últimos diez años se han reducido a la mitad, con una afición menguante y sin apenas receptividad por parte de la opinión pública.

Por tanto, la decisión no es más que un puro formulismo y sería un grave error convertirla en un elemento más de la trifulca entre el españolismo casposo y el nacionalismo chulesco. En Canarias se abolieron las corridas en 1991 y no ha pasado nada. Cada pueblo, cada comunidad autónoma, cada territorio tiene su propia idiosincrasia. La prohibición no supone enaltecer la señera o desafectarse de lo español ni tampoco se ha de interpretar como un insulto a los símbolos o los valores de este sacrosanto país nuestro.

El tono de indignación y agravio que se lee en la prensa nacional de orientación conservadora consigue el efecto contrario al que persigue. ABC, por ejemplo, depliega su editorial a casi toda portada con una clara declaración de intenciones: Dicen toros, pero es España. El Mundo y La Razón no le andan a la zaga. ¿Los antitaurinos de otras autonomías también son antiespañoles? Se coge el rábano por las hojas y se envenena el discurso con otros objetivos. Esta inquina hacia lo catalán, en este caso ante un asunto de menor enjundia como son los toros, alienta precisamente el sentimiento separatista. Esa reacción airada, montaraz y grosera del españolismo cañí alimenta un caldo de cultivo peligroso y da argumentos a los más fanáticos en aquellas tierras. Ya lo escribe hace unos meses al comienzo de este debate y lo reitero ahora: los nacionalismos son insufribles, miopes y egocéntricos, sean de donde sean.

No soy taurino e ideológicamente estoy más cerca de los defensores de los animales, de los que critican la crueldad y la saña que se viven las plazas. Ahora bien, será por mi origen sevillano, por lo que representa cultural y socialmente la fiesta en esta tierra, por la derivada ambiental que tiene la cría del toro de lidia para la conservación de la dehesa y, si me apuran, por la nada desdeñable aportación a la economía andaluza, me inclino por el mantenimiento de la fiesta. Pero no tengo una posición sectaria, intolerante o maximalista y acepto con naturalidad que en otras partes se vean las corridas de toros de forma diferente.

Puntos sobre las íes

El debate sobre Cataluña siempre levanta ampollas. El españolismo cerril y unívoco, cobijado en el Partido Popular, y el nacionalismo estridente, dos polos opuestos que se tocan y paradójicamente confluyen en sus intereses, han exacerbado una visión distorsionada y fanática de este conflicto de crecimiento y consolidación del estado autonómico impulsado por la Constitución de 1978. Unos y otros se niegan a ver la realidad de una España diversa que se complementa en su conjunto y cuya suma plural y polifónica hace más fuerte al todo que a las partes por separado. Felipe González y Carme Chacón firman un artículo en El País en el que ponen los puntos sobre las íes sin estridencias, con sentido común y sentido de estado, que en demasiadas ocasiones dibujan líneas divergentes, poniendo el acento en los grandes avances que ha posibilitado el título VIII de nuestra carta magna y no en las fricciones o el rancio espantajo del ‘España se rompe’. Bajo el título sobre Apuntes sobre Cataluña y España, el ex presidente del Gobierno y la catalana ministra de Defensa hacen una acertada reflexión sobre el importante camino andado con la democracia que no debe difuminar la sentencia del TC sobre el Estatut y mucho menos el griterío de los talibanes de ambos bandos extremistas. Recomendando su lectura íntegra, extraigo algunas de los fragmentos que me parecen más relevantes:

“El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la de los separatistas, que presentan los avances como un engaño y magnifican cualquier fricción como ofensas a Cataluña”.

“Una amplia mayoría de catalanes compatibiliza su identidad catalana y española, sin considerarlas excluyentes, con un acento mayor o menor en cada una de ellas”.

“El fallo consagra y constitucionaliza el mayor nivel de autogobierno alcanzado; reconoce derechos propios a los ciudadanos de Cataluña, y todas las competencias que el Parlament había propuesto. Reconoce los derechos históricos, el estatuto lingüístico, la bilateralidad en las relaciones con el Gobierno central y convalida el sistema de financiación y la organización territorial propia de Cataluña. Por tanto, mayor autogobierno institucional y de fuentes del derecho.”

“El problema no radica, pues, en la Constitución, que se ha revelado por más de tres décadas como un texto incluyente de la diversidad y ha permitido el desarrollo de un proceso federalizador en la configuración del Estado de las Autonomías, aunque no estuviera contemplado en su letra. Tampoco radica en este Estatut, a pesar de las insidiosas campañas del Partido Popular sobre la ruptura de España o el tutelaje de ETA. Estos cuatro años de desarrollo sin fricciones lo demuestran.”

“El problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España y en la obstinación de los sectores catalanes que magnifican las fricciones y minimizan los avances históricos que hemos vivido. Y radica también en la falta de energía de quienes desde Cataluña y desde el resto de España apostamos por la vía del entendimiento y rechazamos tanto el camino de la imposición uniformadora como el de la separación.”

“Tras la manifestación de Barcelona, ya ha habido quien ha proclamado sin más que la vía del autogobierno está superada, sin tener en cuenta la pluralidad de opciones que animaban tanto a los asistentes como a los no asistentes. Sin embargo, la vía del autogobierno, como la de la Constitución, es la única con plena vigencia.”

“Lo conseguido hasta ahora, convivir en paz y libertad sin renunciar a lo que somos ni a lo que queremos ser, es lo que importa, a pesar de quienes se empeñan en atizar el enfrentamiento. Nuestro reto no se limita a restituir los preceptos del Estatut objetados que pueden recuperarse. Va más allá. Debemos demostrar que estos 30 años de convivencia y autogobierno no han sido un paréntesis, sino el inicio de una nueva etapa; hemos de poner de manifiesto que la Constitución de 1978 fue punto de encuentro y de partida; que la concepción de España como “Nación de naciones” nos fortalece a todos.”

Nacionalismos insufribles

El nacionalismo, en cualquiera de sus manifestaciones, constituye una ideología fanática y miope, egocéntrica y de cortas miras, que todo lo tamiza por el filtro de lo identitario, que todo lo canaliza a través de la exclusión, que se mueve por el patrioterismo ramplón exacerbando las diferencias hasta el paroxismo. Cuando los contrastes políticos se circunscriben al ring del aldeanismo, de los alardes localistas y del ensalzamiento del terruño frente a la razón, el debate se vuelve insufrible, insoportable, de escaso nivel intelectual.

Se han montado esta semana un gran revuelo con la posible prohibición de las corridas de toros en Cataluña. El Parlamento catalán dio ayer luz verde a la iniciativa legislativa popular que, con el apoyo de 180.000 firmas, reclama la abolición de este espectáculo en la comunidad autónoma. Sus señorías recurrieron a la votación secreta, y no entiendo por qué esta reserva y falta de transparencia ante la opinión pública, cuando tan legítima es una postura como la contraria.

No soy aficionado a la tauromaquia, quede expresado de antemano, aunque tampoco hago bandera de condenarla a los libros de historia o a los museos etnográficos. Desde esta distancia objetiva comparto postulados de una y otra parte en torno a una fiesta a la que me niego a denominar nacional. Entiendo la reivindicación de los abolicionistas contra el maltrato que sufren estos bellos animales, símbolo oficioso de este país por todos los rincones del mundo, y a fuer de ser sincero, en las contadas ocasiones que he acudido a una plaza, me han sobrecogido lances extraordinariamente violentos y el ritual de la muerte de la res brava. También asiste la razón a los amantes del arte de Cúchares cuando blanden el carácter cultural de la fiesta y sostienen que sin el toro la dehesa, ecosistema típicamente ibérico, acabaría desapareciendo. No hay una verdad absoluta, ni en esto ni en casi nada. Argumentos tienen unos y otros para entablar una acalorada polémica en los meses venideros hasta que la Cámara autonómica apruebe o no esta iniciativa popular en torno a mayo.

Sin embargo, choca sobremanera la deriva política e identitaria que la caverna conservadora le ha conferido a este asunto para agitar las bajas pasiones de su parroquia y mantener a punto de ebullición la catalanofobia. Los nacionalistas catalanes (pese al carácter secreto de la votación se ha sabido que los representantes de CiU, ERC e Iniciativa per Catalunya han votado a favor del inicio del trámite parlamentario) han lanzado un señuelo en un claro intento de provocación y los sectores más reaccionarios del españolismo han entrado al trapo (preciosa expresión de raíz taurina, como otras muchas). Así, en un ligero repaso del quiosco nacional nos encontramos algunas cabeceras con enfoques incendiarios por la posible abolición de la fiesta:

Si las primeras páginas tienen su notoria carga de profundidad, en los editoriales se carga las tintas contra estos partidos catalanistas, se les demoniza hasta la extenuación por “su desafío permanente a cualquier signo de españolidad en la sociedad catalana”. Y menos mal que el PSC no los ha acompañado en este punto… Sería ya el acabose, un apocalipsis para la unidad de España o cualquier otro disparate que se le ocurriera a la prensa de derechas para poner a José Luis Rodríguez Zapatero en la picota.

Con esta astuta jugarreta, los catalanistas han puesto en evidencia al españolismo rancio, que ha saltado como un resorte ante la añagaza. Ciertos extremistas de la roja y gualda han demostrado tener menos cintura que un frigorífico, una circunstancia que aprovecharán los más radicales de la senyra (señera) para pregonar el odio del madrileñismo cañí hacia la periferia. Jugada perfecta para los más ultras de Esquerra y de Convergencia, que se estarán frontando las manos por la pifia de sus acérrimos antagonistas.

Se antoja excesivamente reduccionista, pobre y hasta patético entablar un rifirrafe identitario a cuenta de la fiesta de los toros. Con esta reacción histérica del centralismo, algunos esconden más aviesas intenciones: mantener la confrontación entre el conjunto de España y una de sus partes porque tiene buen rendimiento para aglutinar y movilizar el voto de la derecha. La defensa o el rechazo a los toros transciende la dialéctica territorial e ideológica. Hay seguidores y detractores en Cataluña y en el resto de nuestro país.

Lo que es una realidad incontestable es que el interés taurino en esa comunidad autónoma ha caído de manera sensible, sólo se llena la Monumental de Barcelona cuando torea José Tomás. Se detecta un desapego de la sociedad catalana para con la fiesta y es que desde hace tiempo en muchas localidades, especialmente en la Ciudad Condal, está prohibida actuaciones de circo con animales o el uso de palomas o conejos por parte de prestidigitadores, como recordaba esta mañana José María Martí Gómez en la Cadena Ser. Estamos, por tanto, ante una cuestión de gustos y preferencias, y estos españoles que viven en Cataluña hace tiempo que tienen otra forma de entender el uso de animales en el espectáculo (que lo pregunten a Salvador Távora y los problemas que tuvo para la representación de su Carmen). Es una convicción cada vez más extendida y como tal hay que respetarla, nos guste o no.