No rotundo

Ya casi nadie se acuerda de esta imagen. A la muerte de este niño siguieron otras muchas. Pero el mundo occidental se ha inmunizado ante el sufrimiento de los seres humanos. Siendo honesto no puedo decir que en el Partido Popular no se conmovieran con esta fotografía, pero sí está claro que el dolor y el espanto de la tragedia de los refugiados que huyen de la guerra de Siria se les han olvidado pronto. Estos ‘buenos cristianos’ de grandes golpes de pecho no ponen en práctica preceptos de su propia fe como dar posada al peregrino o de comer al hambriento. Su misericordia se desvanece como la niebla. Así, los conservadores españoles se muestran favorables al acuerdo entre la Unión Europea y Turquía para la expulsión masiva de los expatriados sirios y su envío a territorio otomano. El Congreso de los Diputados, en cambio, ha manifestado un rechazo mayoritario al texto. Dos terceras partes de la Cámara baja se oponen a la firma de documento que trata a los seres humanos como mercancía y que podría ser ilegal, un punto en el coincide Naciones Unidas.

Pese a todo, el actual Gobierno en funciones tiene la intención de apoyar, desoyendo a la mayoría del Congreso, el 17 de marzo en la cumbre de Consejo Europeo. Mariano Rajoy no tiene la legitimidad política para tomar decisiones que afecten al futuro de nuestro país. No sólo se niega a comparecer ante la Cámara recurriendo a artimañas parlamentarias, sino que no se siente concernido por el mandato del pueblo español expresado en las urnas el pasado 20 de diciembre. Rajoy sigue actuando como si tuviera mayoría absoluta y con unas ínfulas autoritarias que agreden a los más elementales principios democráticos. Ante un asunto de esta envergadura, no puede desatender la petición del Congreso, mandar a un subordinado sin capacidad de decisión política y avalar en la cumbre europea un documento inhumano, impresentable y posiblemente ilegal en contra de lo que piensan la inmensa mayoría de los españoles.

El cáliz que aparta Rajoy

Mariano Rajoy sigue hibernando. El presidente en funciones apenas si sale de Moncloa y no mueve un músculo en aras a buscar socios de gobierno. En estos días, tiene agenda libre para leer el Marca y ver retransmisiones deportivas. Aguarda en su sofá que el paso del tiempo juegue en su favor y la ruleta de la fortuna le sonría. Pero cada jornada que pasa aparecen nuevos argumentos en forma de corrupción para decirles que no a Rajoy y al Partido Popular. Sin embargo, insiste en esperar la llegada de un inesperado socio que lo saque del letargo (dicen que la esperanza es lo último que se pierde) y lo vuelva a colocar en el centro del tablero político. Él es así, paraíto, no es de arriesgar y tomar la iniciativa, sino de esperarlas y verlas venir, se lo reconoció a Bertín Osborne en su diálogo en el sofá. Y para pescar, muy señor mío, hay que mojarse el culo. El refranero es sabio.

Con esa actitud achantada y pusilánime y un equipo de escuderos intentando defender lo indefendible, la inacción de su jefe, acude mañana al Palacio de la Zarzuela para pedir por segunda vez al Rey que aparte de él el cáliz de la investidura. Cierto que no tiene votos, como al día de hoy no los tiene ningún otro aspirante, pero lo que le escasea es valentía y responsabilidad. Carece de apoyos por su reciente pasado de mayoría absoluta de ordeno y mando, por el desprecio al resto de partidos y a todo aquel que pensara diferente, por el enorme sufrimiento causado a la inmensa mayoría de españoles con medidas injustas y crueles y por un pasado y un presente de corrupción. Con esta losa, ni siquiera ha intentado generar complicidades en esta nueva coyuntura política, que exige cesiones y reconocimiento de los errores de la pasada legislatura. No es tiempo de soberbia y ni Rajoy ni el PP se bajan del burro: su camino no es el único y, sobre todo, no es el mejor. Así es imposible encontrar compañeros de viaje que, además de cargar con la nefasta mochila de la anterior legislatura, tendrán que acometer un recorte de 10.000 millones en los presupuestos que aprobó el PP como elemento más de su campaña electoral.

Si Rajoy manifiesta al jefe del Estado su impotencia e incapacidad, bien haría en dar un paso atrás definitivo y abandonar la política. La ciudadanía se lo pide a gritos y en el seno de su monolítico partido, donde la democracia interna brilla por su ausencia, el runrún resulta ya atronador.

Foto.EFE.

Sesteando

Ha transcurrido un mes justo desde la celebración de las elecciones generales. En este tiempo se ha acentuado más que nunca el perfil pasota e indolente de Mariano Rajoy. El presidente en funciones cada día se asemeja más al personaje de las viñetas de Peridis: tumbado en una cama y fumándose un puro, alguien al que le da igual ocho que ochenta. Cierto que ganó el 20-D pero su triunfo fue tan raquítico que las cuentas no le salen y no hace nada por cambiar su destino. No se ha sabido sobreponer a semejante mazazo electoral y ni nadie ni nada consigue sacarlo de su acusado y prolongado letargo. Además, ha sido tan implacable el rodillo de la mayoría absoluta durante los últimos cuatro años que ahora no tiene amigos con los que asociarse. El panorama es tan negro que hasta el mismo se imagina ya en su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola (Alicante). No mueve un músculo en su tónica habitual, sesteando hasta que su problema se arregle solo, y sus correligionarios comiéndose las uñas de los nervios. Es tal su falta de reacción que la prensa conservadora empieza a inquietarse por el signo del futuro gobierno y el ensimismamiento del que hace gala el líder del PP. A nadie ha de extrañar el parsimonioso manejo de los tiempos de Rajoy. Es marca de la casa. Ahora parece fiarlo todo a una eventual repetición de las elecciones en las que, por supuesto, para pesar de sus cuates de siglas, ya se ha postulado como candidato. Quizá le esté pasando como a Bruce Willis en El sexto sentido y quizá aún no sepa que, políticamente hablando, está muerto… Veremos.

Perogrullo y la reforma electoral

Hay que hacer las cosas bien y no hacer las cosas mal“. Esta brillante frase no es de un menor de edad en un programa infantil. Su autoría corresponde a Mariano Rajoy. Es difícil no estar de acuerdo con semejante perogrullada. Por primera vez, aunque sea con un aserto tan básico, coincido con el presidente. Más allá de la profundidad de la oratoria del político gallego, el que se empeña en hacer las cosas mal es el Partido Popular. Y nadie más. Quieren hacer una reforma electoral sin consenso, tocando uno de los pilares de la democracia para beneficio propio y salvar de la quema gracias al rodillo de la mayoría absoluta a muchos alcaldes y alcaldesas del PP que temen perder el bastón del mando. Un pucherazo en toda regla. O dicho con las palabras de Rajoy, se estarían haciendo las cosas muy mal por intereses estrictamente partidistas. Mal mensaje a la ciudadanía, que entendería estas urgencias del PP como un intento desesperado de salvar los muebles. Esperemos que esta primaria y a la vez enigmática reflexión sea la antesala del frenazo de una tropelía contra la democracia. Sus deseos de reforma exprés supondrían un paso atrás en calidad democrática y subvertiría la esencia democrática de una persona, un voto. Una reforma de este calibre requiere sosiego y la participación del conjunto del arco parlamentario.

Secuestro del poder legislativo

Lo lleva haciendo el Gobierno de Mariano Rajoy toda la legislatura pero la última maniobra resulta obscena y antidemocrática. No puede ser que el Ejecutivo hurte el debate en el Legislativo con la triquiñuela de la urgencia. No tiene un pase que se intenten modificar 26 textos normativos a través de un decreto-ley. La oposición ha puesto el grito en el cielo… y con toda la razón. Supone un secuestro en toda regla del poder legislativo, un abuso de poder del Ejecutivo sabiendo que su mayoría absoluta en las Cortes Generales aplicará el rodillo para sacar adelante a las bravas una insoportable tropelía. Y luego se quejan de la desafección ciudadana y sacan a prisas y corriendo un paquete de medidas de regeneración democrática. La mejor manera de dignificar la política y las instituciones es evitar el filibusterismo. Esta decisión del Gobierno no sólo chirría desde el punto de vista legal, sino que desde una perspectiva ética es abominable.

Foto.El País.