Más vale tarde…

Bienvenidos al mundo real. Han tardado el Partido Popular (mejor sería decir una parte de sus miembros) y Mariano Rajoy en aceptar con normalidad el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, un derecho ciudadano que aprobó el Gobierno socialista presidido por José Luis Rodríguez Zapatero y que la derecha política, social y la Iglesia católica han combatido con todas sus armas. El PP recurrió ante el Tribunal Constitucional esta ley que favorecía la igualdad y acababa con la discriminación histórica sufrida por gays y lesbianas. Cuántas manifestaciones hemos soportado de la Conferencia Episcopal y el Foro de la Familia con presencia de destacados representantes del PP para destruir la unión entre personas del mismo sexo. Ahora han dado un paso hacia la normalidad. Tenemos que celebrar su rectificación. Así, el presidente e integrantes de la dirección nacional del PP (María Dolores de Cospedal, Javier Arenas, Pablo Casado, Jorge Moragas, Andrea Levy y Fernando Martínez Maíllo, entre otros) asistieron a la boda de su compañero Javier Maroto con su novio en Vitoria. Ha dicho el contrayente que los partidos evolucionan. Menos mal. Pero en el PP sigue quedando mucha carcunda que no acepta este derecho ganado por los españoles y que nos ha situado en la vanguardia en materia de libertades y de respeto a la orientación sexual de las personas. Conspicuos dirigentes del partido de la gaviota (o el charrán) tienen una visión de la convivencia en democracia marcada por la moralina religiosa. Esperemos que esta cara aperturista que nos ha ofrecido Rajoy y algunos de sus cuates no sea sólo flor de un día, que lo hayan hecho por convicción y no como un gesto pensando en las próximas elecciones generales.

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Grandioso fin de semana

Aún bajo el influjo de un fin de semana maravilloso, plagado de emociones y de diversión, nos toca saborear el placer de lo cotidiano. Antes, sin embargo, corresponde recopilar el catálogo de los intensos momentos vividos, de las continuas muestras de cariño recibidas, de las muchas sonrisas que se dibujaron en nuestras caras, de las lágrimas de felicidad que resbalaron por nuestras mejillas… Sin duda, este fin de semana de mi boda con Regina ha sido el mejor de mi vida, acompañados por nuestros hijos y por las personas que queremos. No se puede pedir más. Y todo en el escenario incomparable de Conil de la Frontera. Nos acompañó la climatología: día de sol radiante, cielo azul deslumbrante, temperatura moderada y viento suave de poniente para amenizar los esponsales. Justo calor meteorológico y desbordante calor interno por la emotividad y las ganas de fiesta. Alta temperatura en mis adentros, con imágenes que han quedado grabadas a fuego: la entrada de Regina a la hacienda más guapa que nunca, el primer beso de casado, las palabras evocadoras de Perujo y Montilla, el lloro incontenido de mi hermana, la mirada plácida de Miguel Ángel, el poema de Benedetti recitado con valor y sentimiento por Daniel, el poderoso baile de Abril, el conmovedor vídeo elaborado por Raquel, la simpática coplilla de Conchi, la juerga flamenca con la novia haciendo gala de su portentosa voz, los besos y abrazos que no cesaron, las miradas cómplices y los rostros de satisfacción… Gracias a todos y a todas los que hicisteis posible con vuestra presencia (física o en la distancia), vuestro amor y vuestra ilusión que este particular momento haya sido grandioso y compartido… Emotivo. Extraordinario. Único.

El camino de la felicidad

Me caso… Y me embarco en una travesía de ensueño. En poco más de dos horas pasaré por el Ayuntamiento de San Roque para sellar mi compromiso con Regina. Esta mañana será el acto administrativo de nuestro enlace y mañana la ceremonia civil y, sobre todo, emotiva en Conil de la Frontera, con el Atlántico al fondo. Un rincón y un océano que siempre me evocan buenos recuerdos y donde no me importaría recalar cuando ponga fin a mi vida laboral. Todavía queda para eso. A estas edades, con la cabeza cana, la mochila vital cargada de experiencias y tres niños entre los dos (Miguel Ángel, Daniel y Abril), una boda se vive de manera diferente y, fundamentalmente, con mucha más ilusión. Sin nervios y sin la presión de las convenciones sociales. Sólo el  libre albedrío y el amor me (nos) empujan a dar un paso firme, decidido e imprescindible. (Para algunos inexplicable, indispensable para mí). Con sinceridad y sin vanidad, me encuentro en el mejor momento de mis cuatro décadas largas: estabilidad emocional, un relativo grado de madurez y ganas de vivir a raudales. De este cóctel de buenas sensaciones es responsable la que será mi cónyuge dentro de noventa minutos. No empiezo una nueva vida, continúo el camino que emprendí hace más de tres años. El camino de la felicidad. Un camino compartido con Regina.

A la Iglesia le falta autocrítica

Nos cuesta demasiado la autocrítica. Buscamos siempre un culpable o una excusa fútil para no asumir nuestra responsabilidad, una reacción lógica de la naturaleza humana por mucha sotana, bonete o púrpura con la que nos adornemos. La Iglesia católica pierde cada día más afectos, se lo gana a pulso por su inmovilismo e incapacidad para hacer un humilde ejercicio de contrición, asumir su penitencia y rectificar de postulados infumables en los tiempos que corren. Se desangra sin que sus teóricamente lúcidos popes sean capaces de practicar un torniquete de urgencia ante esa pérdida de feligresía. Es tanta la soberbia y la prepotencia que se encastillan en sus posiciones obsoletas, se parapetan en explicaciones absurdas, se enrocan en digresiones chuscas.

En este mapa general de la Iglesia de Roma, el caso español adquiere ribetes esperpénticos. En el año 2010, las bodas civiles casi han duplicado a las religiosas: 49.000 frente a 26.000. La Conferencia Episcopal, en lugar de analizar las razones que sustentan ese vuelco en el comportamiento de la sociedad española, se ha tirado por los cerros de Úbeda, con justificaciones peregrinas y, si me apuran, insultantes contra aquellos que han optado por los juzgados o los ayuntamientos para contraer matrimonio. El portavoz de la cúpula eclesial, monseñor Martínez Camino, equipara el compromiso que acarrea la unión civil con un contrato de telefonía móvil. Sus coléricas palabras no admiten ninguna duda:

El matrimonio religioso es uno y para toda la vida, y además es el formado por un hombre y una mujer, y no por otro tipo de uniones. En cambio, el matrimonio civil se puede repetir hasta cuatro veces al año. […] Cada tres meses ese contrato se puede disolver de manera unilateral sin aducir razón alguna. El matrimonio civil es un contrato más leve que el hecho de contratar un servicio de telefonía móvil, que a uno le resulta mucho más difícil de rescindir“. (Corte de audio de la Cadena Ser)

Además de esta ristra de sandeces, el prelado apuntó al causante de esta pandemia que azota a la Iglesia. Y cómo no, su dedo acusador ha señalado al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, instigador de “políticas hostiles contra la familia y la vida“. Ya tenemos la coartada perfecta para endosar el fracaso a un tercero que pasaba por allí. No me imaginaba al presidente conspirando desde la Moncloa que la gente no pase por la vicaría. Dice el refranero: errar es humano, pero echarle la culpa al otro es más humano todavía. Por muy divino o aspirante a la gloria que sea el que cometa el yerro.