Uso torticero

Son cuatro opiniones de periodistas veteranos y avezados sobre el uso torticero que han querido hacer hoy del Parlamento de Andalucía esa coyunda sin escrúpulos que forman las derechas (PP y Ciudadanos) y la extrema derecha (Vox) con el arranque de la comisión de investigación de la FAFFE a tres días de las elecciones. Cuando se utiliza una institución con fines espurios, se la degrada y se la pisotea. Nada que objetar a que se estudie y analice lo ocurrido en esta fundación pública, una causa abierta ya en los juzgados por iniciativa del Gobierno andaluz en etapa socialista. Lo que es aberrante es que esta comisión eche andar en vísperas electorales, cuando su creación fue aprobada en marzo por el Pleno de la Cámara (muchas prisas no se han dado), cuando los hechos se remontan a entre ocho y diez años y la fundación está disuelta, y para colmo cuando se ha suspendido toda la actividad parlamentaria por la campaña electoral menos casualmente esto. Para su puesta de largo, se cita a tres ex presidentes y a una ministra, mañana a varios ex consejeros. Las derechas querían tener un acto electoral gratuito manoseando una institución que es de todos.

No sólo han retorcido los usos y costumbres parlamentarios, sino que no han tenido ni el respeto ni la cortesía debidas para una persona íntegra y honesta como es Manuel Chaves, alguien que durante 19 años ha ostentado la máxima representación política en esta comunidad autónoma. En política las formas tienen tanta importancia como el fondo. Y las derechas han optado por el ‘hooliganismo’ y la falta de educación. Un síntoma de lo que perseguían con esta pantomima era hacer campaña, infligir daño gratuito y para nada esclarecer la verdad. El trato que le han dado a Chaves es indignante y humillante y dice muy poco de quien lo practica. Todo por un puñado de votos… Esa forma de hacer política estomaga y demuestra el estado de degradación de unos partidos de derechas que piensan más en un impúdico, casi miserable beneficio electoral que en la verdad y el interés general. Todo un bochorno. Que se lo hagan mirar.

Todo un personaje

Conocí a Fidel Castro en abril de 1997. Estaba por aquellas fechas en Diario 16 Andalucía y formaba parte de la expedición periodística (Enrique Cervera, Lourdes Lucio, Blanca Fernández Viagas, Javier Moreno, entre otros plumillas) que acompañó al entonces presidente de la Junta, Manuel Chaves, a un viaje oficial a Cuba. El comandante siguió su guión habitual con los mandatarios extranjeros: no desvelaba nunca si los iba a recibir ni cuándo. Así que de improviso invitó a cenar en el Palacio de la Revolución a la delegación andaluza pero sin los periodistas. La decepción del grupo fue enorme: creíamos haber perdido la ocasión de conocer a uno de los personajes de la historia reciente. Le pedimos a los conductores de las dos guagüitas, miembros de la policía secreta camuflados, que nos llevaran a un paladar a echar la noche. Después de muchos tumbos sin suerte acabamos en nuestro hotel, junto al malecón, lamentándonos del infortunio con el agradable son de una cantante que bordaba la discografía de Pablo Milanés. Al filo de la medianoche apareció el madero con la noticia de que finalmente el líder cubano nos iba a recibir. Se disparó la algarabía.

Fueron casi dos horas de charla distendida. A Fidel Castro, pese a sus 70 años, se le veía fornido y lúcido, con su tradicional uniforme verde olivo, con un enorme conocimiento no sólo de la realidad internacional, sino de detalles de la actualidad de Andalucía como la negociación de la OCM del aceite y del fatídico comisario Franz Fischler o de la presión inmigratoria del Estrecho. Contó anécdotas de la Guerra Fría, de la “maletica” nuclear del presidente soviético Nikita Kruschev o de su mala relación con José María Aznar. Todo el tiempo permaneció de pie, sin dar síntomas de cansancio alguno y derrochando buen humor y conocimiento político.

Y llegó el momento de romper el protocolo. Javier Moreno, con quien compartía habitación por las penurias económicas de nuestros medios, le hizo entrega de una camiseta del Betis, un momento que inmortalicé con una cutre cámara compacta. Eduardo Abad, fotógrafo de la agencia EFE, no estaba en el encuentro porque en ese momento intentaba enviar las fotos oficiales a España. Le entregué los negativos con esa foto única e irrepetible, que daría la vuelta al mundo, hecha paradójicamente por un sevillista como yo. También fotografié a Enrique Cervera haciéndole entrega de una corbata amarilla (horrible, por cierto) que el comandante se colocó con naturalidad sobre su guerrera verde olivo. De este rato inolvidable con uno de los iconos del siglo XX, estemos de acuerdo o no con sus ideas políticas, queda esta constancia gráfica y el vídeo que grabó y montó la entonces periodista de TVE Reyes Lama, un documento que guardo (ya pasado a DVD) como si fuera un tesoro.

El lobo y el cordero

He recordado esta fábula viendo a los que se han lanzado como una jauría contra Pepe Griñán o Manuel Chaves, personas honestas y servidores públicos íntegros, tras el escrito de acusación de la Fiscalía por el caso de los expedientes de la regulación de empleo. El texto dice:

Miraba un lobo a un cordero que bebía en un arroyo, e imaginó un simple pretexto a fin de devorarlo. Así, aún estando él más arriba en el curso del arroyo, le acusó de enturbiarle el agua, impidiéndole beber. Y le respondió el cordero:

— Pero si sólo bebo con la punta de los labios, y además estoy más abajo y por eso no te puedo enturbiar el agua que tienes allá arriba.

Viéndose el lobo burlado, insistió:

— El año pasado injuriaste a mis padres.

— ¡Pero en ese entonces ni siquiera había nacido yo! — Contestó el cordero.

Dijo entonces el lobo:

— Ya veo que te justificas muy bien, mas no por eso te dejaré ir, y siempre serás mi cena.

Moraleja:
Para quien hacer el mal es su profesión, de nada valen argumentos para no hacerlo.

Una lección para Podemos

La presunción de inocencia es uno de los pilares en lo que se sustenta el estado de derecho. La culpabilidad de las personas tiene que ser demostrada con pruebas y con sentencia emitida por el poder judicial. Sin embargo, una cosa es la responsabilidad penal y otra la responsabilidad política. Hago esta introducción por el cierre de filas del alcalde de Podemos en Puerto Real (Cádiz) en torno a la concejal responsable de la Hacienda sobre la que pesa una petición de la Fiscalía de cuatro años de cárcel por un caso de presunta estafa a inmigrantes. La edil Mónica González está procesada por un delito grave, y más si se mira desde la óptica de la izquierda, y sin embargo el regidor la mantendrá en el puesto hasta la celebración de una asamblea de la franquicia del partido de Pablo Iglesias. Desde un punto de vista penal, la edil no es culpable, no pesa sobre ella sentencia firme, pero desde el punto de vista político quizá no debería permanecer ni un minuto más en el puesto por decisión propia. Las hemerotecas están repletas de declaraciones de Iglesias, Iñigo Errejón o Teresa Rodríguez anunciando mano dura con los imputados, ya sea por corrupción o por otros delitos incompatibles con la ética exigible a un cargo público. Este partido, que su muestra inflexible con los demás, contemporiza con este caso en Puerto Real. Basta recordar una de las líneas rojas que marcó Podemos para apoyar la investidura de Susana Díaz en Andalucía: la renuncia a los escaños en el Congreso y el Senado de Manuel Chaves y Pepe Griñán por el simple hecho de estar imputados, que no es más que una garantía procesal con la legislación penal en la mano. Ahora ni son tan contundentes ni se ensañan con su compañera. En Puerto Real tienen una oportunidad de aplicar su código ético. Eso sí, esperemos que con este y otros casos aprendan a no juzgar y no sentenciar a la gente tan a la ligera.

Foto.elplural.com. El alcalde, Antonio Romero, y la concejal procesada.

¡Zas!

El presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, ha arrojado luz sobre el uso tendencioso y torticero que ministros, dirigentes del PP y algunos medios de comunicación estaban haciendo de la declaración de los ex presidentes Manuel Chaves y José Antonio Griñán por el caso de los ERE. El jefe de la más alta instancia judicial española ha asegurado que la citación es “un mero trámite”, que “no significa nada al día de hoy” y que los ex altos cargos “no pueden ir a declarar en otra condición que no sea la de imputado”. Este planteamiento desde el rigor supone una desautorización a muchos y muy especialmente al ministro de Justicia, que se aventuró a precisar “la comisión de delitos de malversación y cohecho”. Rafael Catalá se llevó un sonoro ¡zas! por seguir el argumentario insidioso de su partido, más preocupado en aniquilar al adversario político que en el esclarecimiento de los hechos. Si lo ha hecho por desconocimiento, malo. ¡En manos de quién está la Justicia de este país! Si ha actuado con fines menos confesables y de interés partidista, peor. Es triste que un ministro olvide que representa a todos los españoles. Serían más que oportunas unas disculpas públicas de Catalá.

PD.– Algunos medios que al saltar la noticia salieron en tropel curiosamente han reducido a la mínima expresión o escondido las palabras del presidente del Supremo. Un ejercicio curioso de deontología profesional.

Más ruido que nueces

Me ha sorprendido (bueno, no tanto) el ensordecedor ruido mediático ante la noticia de que el instructor del caso de los ERE en el Tribunal Supremo tomará declaración a los ex presidentes de la Junta de Andalucía Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Así de simple lo dice el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en una nota de prensa. Con la legislación española en la mano, sólo pueden hacerlo en calidad de imputados, una garantía procesal para comparecer acompañados de sus abogados. No hay mucha novedad en este paso procedimental lógico y natural porque tanto Chaves como Griñán habían pedido desde el primer momento acudir voluntariamente para defender su honorabilidad y el magistrado cursa una providencia (no un auto) fijando la fecha de su declaración sin imputarles ningún delito. Sin embargo, los medios (que no muchos periodistas con los que he podido hablar) se han lanzado en tropel a sobredimensionar un hito procesal que no aporta nada novedoso. Ya se sabía de antemano que esta citación se iba a producir, que los ex presidentes habían manifestado su deseo de dar todas las explicaciones sobre el caso sin esperar al suplicatorio y que sólo podían hacerlo bajo la figura de imputados. La consumación de lo evidente se ha traducido en un festín mediático donde, en algunos casos, se orilla el estado de derecho y la presunción de inocencia. El Supremo tendrá que hablar una vez oídas las partes y entonces será el momento de la exigencia de nuevas responsabilidades políticas o de reparar el daño causado a dos personas honestas e íntegras. Estoy convencido de lo segundo. Hoy hemos asistido un espectáculo donde ha habido más ruido que nueces. Cada cual tendrá sus razones.

 

Un parapeto para Artur Mas

Hace unos días Artur Mas decía que era un “escándalo monumental” que el Parlamento de Andalucía no investigara el caso de los ERE. El presidente catalán daba muestras de un profundo desconocimiento: la Cámara autonómica albergó una comisión de investigación en 2012, cuyos trabajos se prolongaron durante cuatro meses. He recordado ese desliz de Mas al hilo de la negativa de CiU y ERC a que éste declare en la comisión que busca esclarecer el fraude fiscal confesado por Jordi Pujol. Este prócer que intenta dar lecciones se refugia, sin embargo, en la mayoría que suman su formación política y la de Oriol Junqueras para hacer mutis por ese foro.

El argumento del portavoz de ERC para vetar la asistencia del jefe del Ejecutivo no puede ser más inconsistente, casi naif. Oriol Amorós defendió su negativa “por lo que representa la figura del presidente“. Textual. Le concede el portavoz republicano una inviolabilidad como la que tenían los reyes medievales. Este argumento algo trasnochado carece de todo fundamento porque, entre otras razones, Artur Mas en la época que se investiga era tan conseller como otros que sí ha sido citados y mano derecha de Pujol. En cambio, tendrán que acudir al Parlamento catalán Felipe González y José María Aznar. Curioso modo de querer esclarecer los hechos por parte de la mayoría parlamentaria.

Y, por cierto, no estaría mal recordarle al molt honorable que en la comisión andaluza comparecieron tanto el presidente de la Junta en aquel momento, José Antonio Griñán, como su antecesor, Manuel Chaves. Que la memoria luego es muy débil… Podría tomar ejemplo.