No son de fiar

Éste era el plan. La pinza Podemos-Partido Popular ha tumbado los presupuestos de Castilla-La Mancha. Una extraña alianza (o quizá no tanto) que se ha llevado por delante unas cuentas que buscaban seguir restañando los destrozos y los recortes salvajes de los cuatro años de Cospedal. El gesto morado es irresponsable y alevoso. Los de Pablo Iglesias habían alcanzado un acuerdo con los socialistas y de forma inopinada, en el último minuto, se han abrazado el PP demostrando que su palabra vale poco, es papel mojado, humo, de quita y pon, lo que hoy vale, mañana ya veremos. Los podemitas han demostrado que no son de fiar, que cuando dan la mano lo hacen de mentira, que sus compromisos son cínicos y acomodaticios. Les costará trabajo explicar este giro brusco cuando el texto fortalecía el estado del bienestar, favorecía una recuperación justa, apostaba por la recuperación de derechos, en definitiva, ponía a las personas en el centro de la acción de gobierno. Ha triunfado el alma radical de Podemos, la bandería triunfante en Vistalegre, la del grito y la pancarta que nada arreglan y que no aporta soluciones a los ciudadanos. Es una maniobra burda y en clave política que se les volverá en contra, que tendrá efectos contraproducentes. Mucha gente que se siente progresista verá que Podemos es esa izquierda inútil que no arregla nada y le hace el juego a la derecha… Como en los tiempos de Anguita.

Sorpresa

Todos los pronósticos saltaron anoche por los aires. Nadie había pronosticado el resultado final de las elecciones repetidas. Los ciudadanos hablaron con sus votos y destrozaron todas las encuestas. Y la expresión de la voluntad del pueblo hay que respetarla, nos guste o no. No somos como Julio Anguita, que en sus tiempos mozos abroncaba a los españoles que no le daban el apoyo del que él se creía merecedor. A partir de ahí, unas conclusiones a vuelapluma.

  1. Los resultados parecen disipar un nuevo bloqueo. El triunfo del bloque de derechas sobre el de izquierdas sólo deja con opciones reales de formar gobierno a Mariano Rajoy.
  2. Gana el PP y aumenta su distancia respecto al resto. Al partido de la gaviota le ha funcionado la estrategia de la polarización y el miedo al radicalismo de Podemos. El Brexit ha representado el último empujón para amarrar un registro que no habían imaginado en el mejor de sus sueños. Está claro que al PP la corrupción y las patadas al estado de derecho (las grabaciones del ministro del Interior, por ejemplo) no le pasan factura.
  3. El PSOE se mantiene como segunda fuerza política. Cierto que ha cosechado el peor resultado desde 1977, pero también que ha frenado el sorpasso de Unidos Podemos. Ha superado en votos y en escaños a los de Pablo Iglesias. Y ha sido fundamentalmente gracias a los 537.687 votos con que los socialistas han aventajado a los morados en Andalucía. Ningún sondeo previó este escenario.
  4. Fracaso de la convergencia entre Podemos (más confluencias) e Izquierda Unida. Se han dejado en el camino 1.090.000 votos. Uno de cada cinco electores le ha retirado la confianza a la formación morada y aledaños en seis meses. El proyecto de Iglesias encalla: tocó techo el 20 de diciembre. Queda sobre su conciencia que con su fatídico desempate ha propiciado una victoria más amplia del PP. Y es que, como su maestro Anguita en los años noventa del siglo pasado, Podemos es esa izquierda útil para la derecha. Otro daño de esta aventura fallida: Izquierda Unida ha entregado sus siglas para nada, sacrificio baldío.
  5. Ciudadanos también ha sido víctima de la polarización… Y de la ley electoral. Con casi el mismo porcentaje de votos, pierde ocho escaños. Tiene sobre su tejado la pelota de mantener a Rajoy como presidente del Gobierno. A ver en qué quedan las proclamas de campaña. Tendrán difícil ponerle un veto al actual inquilino de la Moncloa.
  6. Los institutos de opinión, tras el enésimo fracaso de sus augurios electorales, se tendrían que replantear su futuro. ¿Aquí no dimite nadie o entona al menos el mea culpa sin excusas? Sonoro fiasco de los sondeos, traspié sin paliativos. No ha acertado ninguno en nada. Sociólogos y politólogos se lo tienen que hacer mirar. Al igual que las mesas de debate políticos en televisión y radio, que han llenado horas y horas de programación con encuestas que se han alejado mucho de la realidad. El resultado supone un duro correctivo a esa forma espectacularizada de analizar la política.

Foto.- Vozpopuli. Colas para votar en un colegio de Barcelona.

Transformismo político

Evolución de Podemos

Menos del 12% de los votantes de Podemos dice sentirse socialdemócratas. Éste es uno de los muchos datos recogidos en la última encuesta del CIS y que pasan casi desapercibidos por el inusitado interés que despierta la estimación del voto y la asignación de escaños. Si esto es así, ¿a qué viene esa repentina conversión de Pablo Iglesias y su troupe a la socialdemocracia? Está claro: se trata de una simple pose para limar con técnicas de comunicación sus aristas más agresivas, las que despiertan mayor rechazo ante un electorado español poco dado al extremismo y la radicalidad. A Iglesias le hemos le hemos descubierto su perfil más duro, ha destilado abiertamente todo su rencor hacia el PSOE, la genuina socialdemocracia en España, durante esta legislatura fallida. No es de extrañar. Sabemos de dónde viene. No puede engañar a nadie. El líder de Podemos es tan socialdemócrata como Sánchez Gordillo, Cañamero o Julio Anguita. (Modo ironía ON).

Estamos, por tanto, ante el ejercicio de transformismo político más burdo para ocultar lo que hay debajo de la piel del cordero. Los principales dirigentes se han transmutado a la velocidad de la luz. Han pasado de la izquierda radical a la socialdemocracia en apenas un par de años. Sin pudor. Las últimas proclamas de Iglesias declarándose socialdemócrata no sólo no han convencido a nadie sino que han removido las tripas a muchos de los cuadros de la formación morada y mucho más a sus nuevos aliados de Izquierda Unida, de extracción y solera comunista, que siempre (desde la III Internacional en 1919 y la creación del PCE en 1921) han considerado a los socialistas como traidores de la izquierda. Ahora Iglesias sostiene que Marx y Engels eran socialdemócratas. Este revisionismo histórico insulta la razón y suena a catálogo comercial con publicidad engañosa. Pura mercadería.

Urgencias políticas

Las prisas de Podemos en cerrar su “matrimonio de conveniencia” con Izquierda Unida (Sergio Pascual dixit) guardan relación directa con su hemorragia electoral. La formación morada necesita un torniquete para frenar la sangría de apoyos. ¡Cuánta decepción ha generado la gestión poselectoral de Pablo Iglesias! Un líder más preocupado en los sillones y en el referéndum de autodeterminación en Cataluña que en los problemas de la gente, en una agenda social o en una recuperación económica justa. Algo tendrá que ver lo hecho por Iglesias, un personaje bipolar y soberbio, con las expectativas frustradas de un importante número de votantes, e incluso de dirigentes, Íñigo Errejón entre ellos. Por eso, han pasado del desprecio al cortejo de IU. Sin pudor. La encuesta del CIS conocida ayer explica el cambio de actitud repentino. El partido que más cae respecto a los resultados del 20 de diciembre es Podemos. Se deja nada menos que tres puntos en cuatro meses. Ese sobrevenido amor hacia IU trasluce el interés de taponar la vía de agua.

Estoy muy de acuerdo con unas palabras de la sindicalista Ana Pérez Luna: el sorpasso se lo va a dar Podemos a Izquierda Unida. Hay voces en la coalición, especialmente Gaspar Llamazares, que alertan del riesgo de convertirse en satélites de la formación morada, que avisan del abrazo del oso. IU ha recuperado respaldo electoral, posiblemente gente frustrada en tiempo récord con Podemos. Ésa es la razón por la que ahora los está buscando Iglesias. Pero ni aun así conseguirán el sorpasso que ya soñó Julio Anguita hace dos décadas. En política nunca dos más dos son cuatro. Se equivocan en pensar en que la alianza de Podemos más IU es una cuestión aritmética. En el fondo de todo subyace una estrategia equivocada: el rival de los morados no es el PSOE, debería ser la derecha. Y en estos meses han demostrado que han puesto todos los obstáculos habidos y por haber para frenar un gobierno socialista con Pedro Sánchez como presidente y sacar al PP y a Mariano Rajoy de la Moncloa. A eso se debe que estén perdiendo fuerza electoral.

GráficoEl País.

 

Al modo broker

Confirmada la repetición electoral, los primeros mensajes de los principales dirigentes de Podemos e Izquierda Unida en la senda de confluencia han sonado a tomadura de pelo. Su apuesta ante los comicios del 26 de junio no es otra que superar al PSOE, el viejuno sorpasso con el que soñaba Julio Anguita. Sus proclamas suenan a competición, a calculadora electoral, como si se tratara de brokers de las emociones políticas, de tiburones de expectativas frustradas, de políticos que miran su ombligo, su beneficio particular, y que olvidan de la urgencia de cambiar el rumbo de un país después de siete años de sufrimiento por la crisis. Sólo piensa en ganar al PSOE, en deshacer el empate, en conquistar la hegemonía de la izquierda, en mejorar su balance de resultados. Todo muy estadístico y corporativo, pero nada emocional y empático. En estos primeros compases del nuevo zafarrancho electoral me ha faltado en estos discursos encendidos escuchar hablar de la gente y de sus problemas. En la formación morada han subido los decibelios para que no se hable de su renuncia al cambio, al relevo de Mariano Rajoy y las políticas crueles del PP. Igual que en estos cuatro meses fallidos, para Pablo Iglesias y su troupe lo importante es el poder y los sillones, y las personas quedan relegadas a un segundo plano. No es de extrañar la legión de votantes desencantados con esta izquierda de marketing y soflamas de laboratorio. Iglesias se deja llevar por las vísceras, por sus obsesiones del pasado, y se ha convertido en esa izquierda que le gusta a la derecha, como ocurrió hace dos décadas con Anguita. Más de lo mismo. La historia se repite.

Foto.Público. Iglesias y Anguita.

El ruido y la furia… de Iglesias

Pablo Iglesias tiene que ser lector de Faulkner. Su puesta de largo en la investidura de Pedro Sánchez me evocó el título de una novela del escritor estadounidense: ‘El ruido y la furia’. A Íñigo Errejón le tuvo que pasar algo parecido. Al margen de las bromas, el examen del lenguaje no verbal del número dos en El Intermedio descubre su perplejidad y falta de sintonía con el exabrupto de su jefe de filas contra Felipe González. En el fragor del debate, Iglesias nos mostró su verdadero rostro: duro, agresivo, furibundo, cargado de ira. Justo lo que Errejón le trata de corregir. En el laboratorio de la formación morada, los expertos en comunicación intentan domesticar el lado salvaje y antisistema de Pablo para no espantar a un electorado que no comulga con los exaltados extremistas. Pero como bien sostiene el refrán, la cabra siempre tira al monte. Un día se presenta como moderado, baja el tono y usa un léxico suave y al siguiente olvida ponerse la careta y surge el más radical de los radicales que lleva dentro. Actúa indistintamente como el doctor Jekyll o míster Hyde. La acusación infame contra el referente socialista no fue un calentón, la repitió en dos ocasiones en poco menos de media hora, por si la primera hubiera pasada desapercibida. A las cajas destempladas de Iglesias, la respuesta sosegada del ex presidente del Gobierno: “No sé por qué tiene esa carga de rabia dentro. Y de odio, no lo entiendo. Sé que es un buen discípulo de Julio Anguita pero está muy sobrecargado. Se debía serenar un poquito“. Pues eso. Una tila.

El nuevo Anguita

El maximalismo no parece el mejor atributo para definir lo que se ha venido en llamar la ‘nueva política’. Pablo Iglesias pretende erigirse en el poseedor de una verdad única e indiscutible, se presenta como un mesías intransigente e inflexible que reparte carnets de autenticidad y pureza a los adversarios políticos. En su valoración de los resultados del domingo, el líder de la tercera fuerza parlamentaria se ha dedicado a pontificar y se ha descolgado con cinco líneas irrenunciables para entablar negociaciones con otros partidos, en concreto dirigiéndose al PSOE. Y esto es lo que hay:  si no lo aceptas, es que le quieres poner una alfombra roja a la derecha del PP. ¿Se puede hacer más demagogia? ¿Se puede ser más simplista? Además, no se aplica Podemos su propio recetario: negociar no es torcer la muñeca, no es chantajear, es ceder y transaccionar, aceptar el pluralismo que existe en nuestro país.  Lo que Iglesias llama pegamento, cualquier observador neutral lo puede interpretar como líneas rojas o imposiciones, incluso como una extorsión política al antagonista. El líder de la formación morada ha recuperado la teoría de las dos orillas y se ha arrogado la superioridad moral de la que hacía gala Julio Anguita en la década de los noventa. ¿Quién en su sano juicio va a aceptar la ruptura de España que plantea Podemos? ¿Quién va a admitir la construcción de un estado asimétrico y la quiebra de la igualdad que propugna Iglesias al decir que el ‘café para todos’ ya no tiene justificación? ¿Quién va a pasar por el aro con el solo argumento de porque ‘yo lo digo’? Esto no son lentejas… Los resultados se les han indigestado o se les han subido a la cabeza, ellos sabrán. Sea lo que sea, el dogmatismo y la prepotencia no son buenas consejeras ni en la nueva ni la vieja política.

Foto.20 minutos.

De incoherencias y fraudes

Las campañas no se pueden quedar en un catálogo de compromisos que se olvidan justo el día siguiente de las elecciones. Las propuestas de los distintos partidos constituyen un contrato con el electorado que no puede convertir en papel mojado a las primeras de cambio. Quiero poner el dedo en la llaga de dos mensajes, uno de IU y otro del PP, repetidos hasta la saciedad durante los días previos a las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo, que se han ido por el sumidero de la relajación o del desahogo.

Izquierda Unida prometió un día sí y otro también que no dejaría gobernar a la derecha ni por acción ni por omisión. El resultado de este incumplimiento es la alianza en unos 60 municipios, la mitad de ellos en Andalucía, con el Partido Popular. Voces en el seno de la coalición han clamado sin éxito para evitar esta tremenda incoherencia. Las palabras de Gaspar Llamazares o de la dirección del Partido Comunista de Andalucía no han servido para corregir el rumbo. Hasta el propio Julio Anguita plantea el apoyo en Extremadura al PSOE para evitar el escarnio de una traición grave a su electorado. Mientras tanto en esa comunidad IU sigue deshojando la margarita y poniendo en tela de juicio, aún más si cabe, la teórica fortaleza de la dirección federal y de Cayo Lara. Aún el error se puede agravar.

En la otra orilla, usando la terminología de Anguita, el Partido Popular se ha olvidado de las notarías y de su petición de que gobierne la lista más votada en los ayuntamientos de Andalucía. ¡Qué frágiles y amoldables son los principios de algunos! Tenían 70 mayorías simples y, gracias a su política de acuerdos, cuentan después de la constitución de los consistorios con 90 alcaldías más a sumar a las 177 obtenidas con mayoría absoluta. El PSOE ganó las elecciones en 416 municipios, 274 con mayoría absoluta y 142 con relativa. De éstos últimos, sólo ha podido consolidar el sillón municipal en 99 localidades, en 43 casos las alianzas, especialmente de PP e IU, han impedido gobernar a los socialistas.

No estoy en contra de los pactos, sí de que se demonicen en campaña y luego se olvide sin pudor lo prometido, engañando a la ciudadanía y favoreciendo el descrédito de la política. La congruencia y la decencia obligan a que dichos y hechos no sean incompatibles. De la derecha no espero nada, pero de la izquierda siempre demando ética en sus actuaciones.

Foto.- Diario Sur. Javier Arenas, presidente del PP andaluz, y Diego Valderas, coordinador de IU en Andalucía.