El PP «estaba mejor» con Franco

Parece mentira, pero es cierto. El PP cree que se estaba mejor con Franco. No es una digresión del que suscribe, es la reproducción del mensaje verbalizado ayer en un debate parlamentario por una representante de un partido democrático, vale, que alberga en sus filas a ministros, alcaldes y dirigentes de este periodo ominoso de nuestra historia y otros muchos que siguen añorando esos tiempos del blanco y negro del Nodo.

Javier Arenas y su cohorte de palmeros aprovecharon una pifia anacrónica en sus propias filas para montar otro numerito en el Parlamento. La portavoz popular, Esperanza Oña, ejemplo de moderación y temple, como todo el mundo sabe, prendió la mecha y a continuación vino la falsa indignación y la sobreactuación de la muy agraviada bancada de la derecha abandonando el hemiciclo. Esta gente de la gaviota en la solapa golpea con puño de hierro y tiene mandíbula de cristal. El PP lanzó la piedra y luego quiso esconder la mano en un debate sobre la reducción de peonadas en el campo andaluz y extremeño para cobrar el subsidio de desempleo aprobada por el Gobierno de España como consecuencia del temporal de lluvias que ha azotado el sur de la península. El guión de este sainete de autor conocido se resume así:

Esperanza Oña (PP): El campo andaluz estaba mejor con Franco que ahora.

Juan Antonio Cebrián (PSOE): El problema es que ustedes estaban mejor entonces que ahora, porque entonces gobernaban y ahora están en la oposición.

La réplica socialista fue recibida como una ofensa por el PP. La verdadera ofensa es mentar al innombrable. Y como diría su correligionario Federico Trillo, ¡manda huevos!, cómo es posible que todavía haya gente de la derecha andaluza, supuestamente moderna, que piense que en tiempos del dictador se vivía mejor. ¡¡¡Ni en el campo ni en ningún orden de la vida!!! Constituye un auténtico dislate, una aberración intelectual, una agresión a los cientos de miles de víctimas de la opresión, sacar a relucir en positivo, y más aún en una institución democrática, el nombre de un golpista, de un fascista.

No es que la expresión de Oña, que retrató en la tribuna de oradores de la sede de la representación popular su verdadero pensamiento y su extracción ideológica, se erija como una falta grave a la verdad. Es mucho más que eso: estamos ante una afrenta a los jornaleros y jornaleras del campo andaluz que durante cuatro décadas de dictadura, y muchas más de hegemonía de la derecha señorial, sufrieron el oprobio, la explotación, la miseria, el analfabetismo, los abusos y el miedo infligidos por unos patronos amparados por el poder establecido.

Esta desafortunadísima salida de tono pone también sobre el tapete el desconocimiento de la realidad y la evolución de las zonas rurales de Andalucía durante los treinta años de autonomía y la ausencia de respeto al esfuerzo de la ciudadanía por prosperar y mejorar su bienestar. En el ámbito rural andaluz se vive infinitamente mejor que antes y por esta razón no se ha despoblado, como ha ocurrido en otras comunidades autónomas. Este ultraje, esta desconsideración hacia unos ciudadanos honestos y trabajadores, se explica porque ni votan ni quieren a la derecha y este ostentoso desapego hace que el PP de Andalucía, con Javier Arenas a la cabeza, no reconvenga ni desautorice a los dirigentes nacionales de su partido que ofenden, agreden y menosprecian a los que somos con orgullo de esta tierra.

Si la portavoz del PP, ufana y retadora, saca a bailar al dictador en el Parlamento, ¿a qué viene la soflama de falso ofendido de Arenas? No todo el PP es de extrema derecha, pero la extrema derecha está en el seno del PP.

Cafradas

Protesta SAT

Sí, cafradas. No existe esta entrada en el diccionario de la RAE, pero sí en el imaginario colectivo y en el habla de mucha gente. Estamos ya demasiado acostumbrados a los numeritos de Juan Manuel Sánchez Gordillo y de su troupe de jornaleros de cartón piedra (a veces actúan más como extras de cine que se mueven de acuerdo a un guión que como defensores románticos de ideas trasnochadas). Son muchos los episodios de la lucha de escaparate del ínclito alcalde de Marinaleda que guardo en la retina. Siempre tienen estás movilizaciones un punto añejo, un aroma a novecento, un olor a naftalina, una impronta de inadaptación a los cambios que se han vivido en esta comunidad autónoma. Las protestas que capitanea Sánchez Gordillo suenan ya a libro de historia, a peripecias del pasado, a auténtica antigualla.

Pero el imperturbable Che de la Sierra Sur de Sevilla no descansa, mantiene la misma táctica, los mismos métodos, las mismas excentricidades. Ayer hizo otra demostración acorde con su currículum: intentó cortar sin éxito las vías del AVE o la circunvalación SE-30 de Sevilla y, finalmente, tomó a las bravas la sede de Canal Sur Televisión. El caudillo jornalero no se conformó con su asalto al recinto, sino que exigió a la redacción de la cadena pública una entrevista. Exhibió su perfil más autoritario, su faceta más intransigente, una actitud más propia de los caciques, y se pasó por el forro la independencia de los profesionales de la tele autonómica y unos cuantos artículos de la Constitución.

Y de camino esta jornada de altercados públicos se saldó con diez detenidos, entre ellos Diego Cañamero, secretario general del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), y ocho policías heridos. Una nueva hazaña en el expediente de las huestes de la supuesta izquierda real, incorruptible y pacifista.

Creo que Sánchez Gordillo necesita estas algaradas para mantener movilizada y aglutinada a su tropa. Tienen más lectura en clave interna de la propia organización (CUT como ventanilla política dentro de IU y SAT en la vertiente sindical) que en dirección a las administraciones o a la sociedad. Es una simple cuestión de supervivencia, de mantenimiento de un liderazgo que se agota con ventilación artificial. El alcalde de Marinaleda es prácticamente una muestra de museo, un fósil de la política, un outsider sin hueco en la Andalucía del siglo XXI. Esa supuesta izquierda alternativa demanda aire fresco, un recambio, nuevos referentes. Ya no es tiempo de cafres.

Foto.- El País.