Periodistas y buenas personas

Me reconfortó escuchar hace unos días a Javier del Pino, conductor del programa ‘A vivir que son dos días’, de la Cadena Ser, defender que “para ser buen periodista no hace falta tener el colmillo retorcido, no hace falta ser mala persona o egocéntrico”. Comparto esta reflexión en su integridad, la pena es que la realidad del ejercicio de la profesión lo desmiente. El pecado capital del periodista es la soberbia o la ausencia de humildad, casi nunca se reconoce el error ni se rectifica, se practica el sostenella y no enmendalla hasta el paroxismo. Una terquedad que raya lo malsano cuando se mezcla con posturas intransigentes desde la trinchera ideológica, que constituye la mayor perversión del fin de contar las cosas desde la neutralidad y el respeto a la verdad. Toda generalización acarrea injusticia. En el gremio hay gente noble y comprometida con la ética. Sin embargo, está muy extendido que los profesionales vamos de sobrados, que la autocrítica nos queda lejos y que nos gusta meter el dedo en la llaga más de lo debido o de lo que sería de justicia. No es una leyenda urbana. Se hacen méritos sobrados para alimentar esta percepción en el imaginario colectivo. Todos los días nos encontramos ejemplos de esta tozudez en no dar el brazo a torcer aunque la realidad salte a la vista y nos corrija. Este viernes tampoco es una excepción: hay materia para cubrir todo un curso sobre mal periodismo. Y me duele como ciudadano y como parte del gremio. Pero le quiero hacer caso a Javier del Pino y decir lo que pienso sin colmillo, sin señalar a nadie y con la voluntad de ser buena persona.

Foto.Cadena Ser. Javier del Pino, a la izquierda, con el maestro José Martí Gómez, en la entrega de los Premios Ondas 2015.