¡Peligro!

El aluvión de casos de corrupción acaecido en las últimas semanas puede generar un profundo desafecto de la ciudadanía hacia sus representantes. Si ya el ruido generado por el mayor escándalo de corrupción de la democracia española, que es el affaire Gurtel, junto a otras irregularidades de menor calado, parecía insoportable, el afloramiento a borbotones de nuevos episodios en un escaso margen de tiempo (Palma Nova, Palau o Millet, El Ejido y la trama vinculada a CiU y al PSC) han encendido las luces de alarma, la sirenas de emergencia suenan con estrépito y entre el bullicio ensordecedor ya se perciben las voces que alertan del peligro.

¿Qué puede pensar la opinión pública? ¿Son (somos) todos los políticos unos trincones, unos corruptos? Esa generalización sería extraordinariamente injusta: sólo unos pocos orillan la ética para ponerse las botas o llenarse las alforjas. Ahora bien, la gran mayoría honesta, de todos los signos políticos, debería arremangarse para cortar la gangrena y arbitrar medidas que hagan cada vez más difícil que se produzcan estos lamentables espectáculos que dañan la esencia y los pilares de la democracia.

La reflexión sobre el hartazgo que está generando esta cascada de hechos indignos y desmoralizadores me lleva rondando varios días por la cabeza. Esta mañana me he topado con un oportuno artículo de Ignacio Sotelo en El País, un texto pertinente y severo,  contundente y aleccionador, que profundiza en este cúmulo de circunstancias que causa el descrédito de la política:

Uno de los síntomas más preocupantes del estado actual de las democracias es el creciente desprestigio de los políticos, a los que se les considera tan ineptos como corruptos. De poco sirve escudarse en que no todos los políticos son iguales, una obviedad manifiesta, ni advertir de las fatales consecuencias para la estabilidad del orden político establecido, una amenaza que al menos tiene la virtud de mostrar lo hondo que esta opinión ha calado“. (Lee más)

No es tarde, ni mucho menos, se está a tiempo de evitar un daño irreparable y combatir el desapego de amplias capas de población hacia la cosa pública. No podemos tirar por tierra por inacción, pereza o indiferencia un sistema político y de convivencia por el que peleamos tantos años.