Con Meryl Streep

Meryl Streep protagonizó la gala de los Globos de Oro con un discurso certero y emotivo contra Donald Trump. La actriz, con la voz entrecortada por momentos, afeó al presidente electo norteamericano su falta de respeto hacia el diferente o al discrepante y la incitación constante a la violencia. Unas palabras que ponen el foco quien dirigirá Estados Unidos en apenas una semana. La respuesta de Trump era previsible. Como todo populista aparcó los argumentos y se dedicó al ataque personal. A través de su cuenta de Twitter, su medio de expresión desde que ganara las elecciones en noviembre, acusó a Meryl Streep de estar sobrevalorada en Hollywood y de ser una lacaya de Hillary Clinton. La que nos que cuando este personaje se haga cargo del control de la primera potencia mundial.

Ganó el populismo

Nueva pifia de las encuestas. Ninguna auguraba el triunfo de Donald Trump y desde hoy es ya el 45º presidente de Estados Unidos. Politólogos, comentaristas y periodistas mostraban en este amanecer su asombro por la victoria del multimillonario. O dicho de otro modo: intentaban tapar su falta de tino y olfato para prever el resultado electoral. Tras el fiasco demoscópico del Brexit, del referéndum de paz en Colombia o del sorpasso en España, el estrecho margen que pronosticaban los sondeos hacía presagiar el bombazo. Y se ha producido y de forma contundente. El mundo afronta una nueva era y no será para bien. Nos esperan tiempos de incertidumbre y convulsión. La llegada de Trump a la Casa Blanca constituye una mala noticia para la convivencia.

Esperemos que las soflamas de campaña del excéntrico ganador no se consumen en hechos durante su mandato. Trump se ha mostrado en estado puro: autoritario, provocador, xenófobo, machista, intolerante, soberbio… Una ‘joya’ que han elegido con sus votos los ciudadanos americanos. Nos guste o no la elección ha sido un ejercicio de democracia. No se trata de reñir a los electores, como han hecho esta mañana Pablo Iglesias y sus cuates morados a través de las redes sociales al más puro estilo Julio Anguita, sino de encontrar las razones que expliquen por qué una mayoría de estadounidenses han dado su voto a este energúmeno político.

Nadie pone en cuestión la preparación y la solvencia de Hillary Clinton. Era la candidata del mundo civilizado e incluso de algunos republicanos que detestaban los modos y el histrionismo de Trump. Sin embargo, la demócrata no ha logrado conectar con la ciudadanía norteamericana por un cúmulo de circunstancias: lleva demasiado tiempo en política y no supone renovación alguna; era su segunda tentativa tras perder en 2008 en las primarias demócratas con Barack Obama y no ha despertado nunca la ilusión que acompañó al actual presidente en sus campañas; las cuitas personales la han perseguido todo este tiempo; las dinastías (primero su marido y ahora ella) no tienen buena venta en política; y no ha sabido aprovechar los gravísimos errores y las barbaridades de su contrincante. A todo ello, hay que sumar las dificultades para romper el techo de cristal en una sociedad con tintes machistas.

La pesadilla se hizo realidad. Y el mundo se enfrenta a sufrir la era Trump. En Europa el populismo se frota las manos y confía que la ola llegue a esta parte del Atlántico. En un año tendremos elecciones en Francia y Alemania y la demagogia populista ha ganado posiciones en esos países, como ocurrió en Reino Unido con el Brexit. ¡Qué desgracia!

Foto.- ABC.

Tsunami diplomático

El portal Wikileaks ha provocado un gran tsunami en el espacio público internacional. Con su filtración de 250.000 folios del Departamento de Estado de Estados Unidos a cinco grandes periódicos mundiales (New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País) ha destapado el lado oscuro de la diplomacia norteamericano, sus presiones, turbios tejemanejes, sus maniobras inconfesables, sus juicios de valor más reservados sobre actores de la esfera pública. Los servicios diplomáticos de la primera potencia del mundo, según estos documentos filtrados, llaman también autoritario a Nicolás Sarkozy, dudan de la capacidad mental de Cristina Fernández de Kirchner, censuran la vida licenciosa de Silvio Berlusconi o consideran un romántico y político de ideas de izquierdas trasnochadas a José Luis Rodríguez Zapatero.

La osadía y el buen hacer de Wikileaks permite conocer cómo se las gasta Estados Unidos. La administración norteamericana ha intentado ocultar su perfil de Mr. Hyde y frenar por todos los medios la publicación de estos materiales con inconsistentes argumentos sobre la seguridad de instituciones y personas. Todas las baterías se han dirigido de momento a la inconveniencia de la filtración, pero nadie de peso de la Secretaria de Estado de Hillary Clinton o de la oficina del presidente Obama ha aclarado nada sobre el fondo de la cuestión. Se guarda un mutismo vergonzoso. La Casa Blanca se ha enrocado y espera aguantar el chaparrón hasta que escampe. Es de suponer que por vías discretas a través de sus servicios diplomáticos intenten templar gaitas con las potencias mundiales concernidas.

El dique de urgencia que quería montar Estados Unidos para silenciar el escándalo ha desplomado. A través de varias cabeceras de prestigio, el portal que dirige Julian Assange ha posibilitado la transparencia y la respuesta al derecho de la ciudadanía a recibir una información veraz. El País lanza ya hoy dieciocho páginas sustanciosas y sugerentes y tiene un arsenal para difundir durante las próximas fechas. Tanta munición documental dan para mucho.