UPyD se tiene que retratar

El Tribunal Constitucional ha otorgado al PSOE el último escaño en liza en las elecciones de Asturias. Con la asignación definitiva de este último puesto, el Parlamento del Principado queda dividido en dos bloques de 22: los socialistas, la fuerza más votada con 17 parlamentarios, e Izquierda Unida, por un lado, y la derecha de Cascos y el PP, por otro. La llave está en manos del único diputado de UPyD. Este partido, dirigido a golpe de personalismo por Rosa Díez, ha de deshacer el empate. O bien, se desentiende y deja gobernar al bloque ganador de las elecciones o acaso suscribe un pacto de legislatura (un escenario que no parece posible tras la ruptura de las negociaciones). O se entrega a los brazos de la dividida derecha asturiana. Esta decisión marcará el futuro de UPyD. Hasta ahora, Rosa Díez ha demostrado sin disimulo un cierto revanchismo hacia sus ex compañeros socialistas y demasiadas coincidencias con el PP en el Congreso de los Diputados. UPyD se define como fuerza jacobina y progresista. Su vocación centralista es evidente, pero los hechos contradicen su orientación ideológica. Su progresismo comulga siempre con postulados de la derecha. El Mundo, en un editorial al calor de las últimas elecciones generales, la señaló como mejor opción para el votante de la derecha, si no fuera porque el PP era el único capaz de desalojar al PSOE de la Moncloa. En fin, o UPyD se traviste para despistar o es que la cabra siempre tira al monte. Su posición en Asturias, por tanto, será la piedra de toque y definirá en qué zona del espectro político se sienta más cómoda UPyD. Por sus hechos ya conocemos a Díez y a su grupo. Veremos qué pasa en el Principado. ¿Seguirán jugando al suspense?

El portazo de Cascos

No seré yo quien defienda a Francisco Álvarez Cascos, genuino representante de la derecha más dura y reaccionaria de este país, con el que no comparto absolutamente nada. No obstante, es sintomático que el durante muchos años número dos del PP en la época de Aznar dé un portazo y abandone las filas de la gaviota. Su trayectoria política sería equiparable por rango y jerarquía en el seno del conservadurismo a la de Alfonso Guerra en el PSOE, salvando las distancias, muchas distancias… La fundamental que el socialista se fajó en la lucha contra el franquismo y el asturiano se incorporó a la democracia desde las tinieblas de la dictadura.

Se va Cascos dejando 34 años de militancia primero en AP y luego en el PP, con un expediente al servicio de su causa que no le ha sido tenido en cuenta. Le han vetado como candidato a la Presidencia del Principado de Asturias. Una decisión de Mariano Rajoy a la que ha reaccionado el susodicho con su visceralidad y sus bemoles característicos. El presidente del PP, al que un día, tiempo ha, el encartado promocionó internamente, ha estado mareando la perdiz más tiempo de lo necesario y ha favorecido que se enquistara el cisma en su partido en Asturias.

Me considero un político de aparato. Y si la dirección de un partido toma una decisión, sus razones suele tener para ello. Ahora bien, observando las demandas de mayor participación por parte de las bases (una tendencia que también prende en la ciudadanía) y tratándose de un personaje tan cualificado en la historia del PP, podrían haber buscado en la calle Génova fórmulas menos estalinistas que el dedazo (el mismo método que catapultó a Rajoy a la cúspide) en la designación del cartel electoral asturiano y haber posibilitado un proceso de primarias como ha vivido el PSOE en Madrid, aunque la dirección federal tenía su propia opción, que finalmente resultó perdedora. A Rajoy y a los suyos les produce sarpullido la democracia interna. Si hubiera hablado la militancia, quizá el resultado habría sido distinto.

Foto.Público. Imagen de abril de 2010 para rememorar los veinte años del congreso del PP que encubró a Aznar como presidente en Sevilla.

El impudoroso ventilador

No hay mejor defensa que un buen ataque. Esta máxima del mundo del deporte se la está aplicando un Partido Popular urgido por sus miserias y por la presión a pique de convertirse en tragedia (electoral que no griega) debido a la gravedad del caso Gurtel. La salida de dos francotiradores de la dialéctica corrosiva y fanática, como Francisco Álvarez Cascos y Jaime Mayor Oreja, lanzando una sombra de sospecha infundada sobre la labor de policías y jueces en la investigación del mayor asunto de corrupción de la historia de la democracia española ha encontrado cobijo y altavoz en la dirección nacional de su partido. La señora Cospedal, a la sazón número dos popular, ha recogido el guante y ha vuelto a las andadas con su insostenible teoría de la conspiración sin aportar ninguna prueba, como ya hizo este verano desde un chiringuito de lujo en las playas de Marbella entre sorbito de Moët&Chandom y bocado de caviar iraní.

Se antoja intolerable que un partido que ha tenido responsabilidades de gobierno y que aspira a volver a la Moncloa zarandee sin pudor los pilares básicos de un estado de derecho, las instituciones que garantizan la convivencia en democracia, con la intención de cubrir sus vergüenzas, de intentar disimular comportamientos repugnantes desde el punto de vista ético y posiblemente penal. Es una pura maniobra de distracción a la que se sumarán corifeos de todo tipo y condición, fundamentalmente algunos medios de comunicación y creadores de opinión militantes y alérgicos a la verdad.

Hoy, en un gesto inusual pero plausible, El Mundo ha hecho una raya en el agua y le ha pedido al primer partido de la oposición que aporte pruebas o que calle en un pequeño editorial con el título El PP no debe perder los nervios. En el texto, el diario que dirige Pedro J. Ramírez señala que el partido de la gaviota “necesita algo más que meras suposiciones para respaldar sus acusaciones para no transmitir una sensación de nerviosismo o huida hacia delante”. Un suave toque de atención, pero menos jugo se extrae de una piedra.

Si fueran verdad las insidias lanzadas por el PP, no habrían tardado ningún minuto en interponer una querella contra los urdidores de la supuesta conspiración. Está manchando el expediente de cuerpos de seguridad del Estado que luchan contra el crimen organizado o el narcotráfico sin importarles un pimiento su trabajo ni las consecuencias sobre la arquitectura institucional española de una respuesta tan desproporcionada, injusta y miserable. En lugar de matar moscas a cañonazos deberían desinfectar cuanto antes su casa para evitar que las aguas fecales les lleguen hasta las cejas.

Los padrinos de Correa

Lo lleva contando la Cadena Ser durante toda la mañana. El jefe de la red corrupta del caso Gurtel, Francisco Correa, entró en el Partido Popular con padrinos de mucho tronío. El trío valedor del cabecilla de la trama estaba compuesto por Francisco Álvarez Cascos, Javier Arenas y Jesús Sepúlveda (éste último implicado en el affaire). Todos pesos pesados en la era de Aznar que le abrieron las puertas al capo de una banda mafiosa que ha protagonizado el mayor escándalo de corrupción de la historia de la democracia española.

Arenas ha ido amenazando e intimidando a todo aquel que, en el prolongado periodo de instrucción del sumario, le ha ido pidiendo explicaciones sobre su hipotético conocimiento de lo que ocurría en los aledaños de su partido, máxime siendo él número dos de la organización durante mucho de los años investigados. Su padrinazgo de Correa es, por ejemplo, uno de los datos que podría haber aportado en este periodo en lugar sacar las uñas contra los que demandaban transparencia.

Hoy se ha lucido. Las declaraciones de Arenas de apoyo a Bárcenas suenan a rechifla (escucha el corte de la Ser). Decir que el ex tesorero ha hecho un “excelente trabajo” cuando está acorralado por la justicia y la investigación documenta el cobro de 1,3 millones de euros de parte de los corruptos produce náuseas. Es humano defender al amigo, al colega de parranda y al compañero de pádel, pero desde el punto de vista político ese cinismo, esa desmesura, ese impudor provoca vergüenza ajena y una profunda desazón democrática.