Todo un personaje

Conocí a Fidel Castro en abril de 1997. Estaba por aquellas fechas en Diario 16 Andalucía y formaba parte de la expedición periodística (Enrique Cervera, Lourdes Lucio, Blanca Fernández Viagas, Javier Moreno, entre otros plumillas) que acompañó al entonces presidente de la Junta, Manuel Chaves, a un viaje oficial a Cuba. El comandante siguió su guión habitual con los mandatarios extranjeros: no desvelaba nunca si los iba a recibir ni cuándo. Así que de improviso invitó a cenar en el Palacio de la Revolución a la delegación andaluza pero sin los periodistas. La decepción del grupo fue enorme: creíamos haber perdido la ocasión de conocer a uno de los personajes de la historia reciente. Le pedimos a los conductores de las dos guagüitas, miembros de la policía secreta camuflados, que nos llevaran a un paladar a echar la noche. Después de muchos tumbos sin suerte acabamos en nuestro hotel, junto al malecón, lamentándonos del infortunio con el agradable son de una cantante que bordaba la discografía de Pablo Milanés. Al filo de la medianoche apareció el madero con la noticia de que finalmente el líder cubano nos iba a recibir. Se disparó la algarabía.

Fueron casi dos horas de charla distendida. A Fidel Castro, pese a sus 70 años, se le veía fornido y lúcido, con su tradicional uniforme verde olivo, con un enorme conocimiento no sólo de la realidad internacional, sino de detalles de la actualidad de Andalucía como la negociación de la OCM del aceite y del fatídico comisario Franz Fischler o de la presión inmigratoria del Estrecho. Contó anécdotas de la Guerra Fría, de la “maletica” nuclear del presidente soviético Nikita Kruschev o de su mala relación con José María Aznar. Todo el tiempo permaneció de pie, sin dar síntomas de cansancio alguno y derrochando buen humor y conocimiento político.

Y llegó el momento de romper el protocolo. Javier Moreno, con quien compartía habitación por las penurias económicas de nuestros medios, le hizo entrega de una camiseta del Betis, un momento que inmortalicé con una cutre cámara compacta. Eduardo Abad, fotógrafo de la agencia EFE, no estaba en el encuentro porque en ese momento intentaba enviar las fotos oficiales a España. Le entregué los negativos con esa foto única e irrepetible, que daría la vuelta al mundo, hecha paradójicamente por un sevillista como yo. También fotografié a Enrique Cervera haciéndole entrega de una corbata amarilla (horrible, por cierto) que el comandante se colocó con naturalidad sobre su guerrera verde olivo. De este rato inolvidable con uno de los iconos del siglo XX, estemos de acuerdo o no con sus ideas políticas, queda esta constancia gráfica y el vídeo que grabó y montó la entonces periodista de TVE Reyes Lama, un documento que guardo (ya pasado a DVD) como si fuera un tesoro.

Se acabó el bloqueo

Así se ha visto desde el humor gráfico de distinto signo ideológico una de las noticias más importantes de los últimos tiempos: la recuperación de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba tras décadas de un inexplicable bloqueo.

Viñetas.– Erlich en El País, Los Calvitos en elplural.com, Fontdevila en eldiario.es, Mora en gurusblog y Puebla en ABC.

 

¿Disidentes o terroristas?

Los extremismos no conducen a nada. En el caso de Cuba se tiende con facilidad al maximalismo. Ni se puede mirar a la isla caribeña con los ojos de una trasnochada utopía ni cabe esa visión sectaria de la derecha de tirar por tierra todo lo que ocurre a la sombra del largo mandato de Fidel Castro. Se precisan posiciones moderadas, sensatas, desapasionadas para analizar con frialdad el tránsito hacia la democracia en Cuba.

No se puede cometer, como ocurrió en la Unión Soviética, el error de acelerar un proceso que requiere un tiempo para fraguar. Sería letal precipitar la culminación de esa perestroika cubana, supondría dejar la isla en manos de desaprensivos o chacales. Significa un tránsito que precisa de tiento y donde los exaltados no tienen sitio.

La muerte de Orlando Zapata constituye un episodio triste que nos llena de consternación a todos. No comparto la dialéctica de la discordia ni el debate reduccionista sobre si era mártir o hereje, disidente o terrorista. Con esta dinámica sólo se enrocan las partes enfrentadas en el discurso de la división, se aleja la reconciliación y se frena el avance de Cuba hacia la democracia.