La derecha cavernícola

La derecha, envalentonada y con pecho de lata henchido, nos destila cada día unas gotas de unos modos y unas formas que se alejan de la moderación y la convivencia pacífica. Tres ejemplos:

1. El juego xenófobo de Alicia Sánchez Camacho de caza al inmigrante y otras lindezas recalcitrantes. La candidata del PP en Cataluña aparece como heroína de un videojuego con tintes racistas llamado Rescate y bajo el apelativo de Alicia Croft que, entre otras cuestiones, persigue eliminar a los ilegales como problema de Cataluña. La pepera está pasando todos los límites en esta campaña y, en este caso, haciendo apología de la violencia de manera gratuita. Luego irá a confesarse por tener pensamientos impuros.

2. Unas confidencias indignantes. Unos micrófonos abiertos durante un corte publicitario han recogido los comentarios chabacanos de un tertuliano del programa Alto y claro de Telemadrid sobre sus gustos sexuales en presencia de un auditorio repleto de niños. El encartado, Salvador Sostres, también colaborador del diario El Mundo, se despacha a gusto con una verborrea soez, sexista e incluso xenófoba. Entre otras cosas, y sin cortarse en absoluto por la presencia de menores, dijo que le gustaban “las chicas jóvenes en su punto de tensión sexual“. Habló de jóvenes de 17, 18 y 19 años y ojo que las de 17 son menores de edad. A la moderadora Isabel San Sebastián, látigo de la progresía española, le faltó firmeza para censurar al lenguaraz compañero de mesa. (Clica si quieres ver el vídeo). Impresentable que una cadena pública cuente en su plantel con individuos como éste o Sánchez Dragó. Ni un minuto más con el dinero de todos.

3. El estilo montaraz de Juan Van-Halen. Sin entrar en el fondo de la cuestión (el debate sobre el futuro del Sáhara), quiero reparar en la artera actitud del senador del PP ante Trinidad Jiménez, una intervención marcada por la bravuconería, la displicencia y la hostilidad, unos usos incompatibles con la exigible cortesía parlamentaria. Una cosa es dureza y otra agresividad y la pérdida de papeles. Se puede y se debe apretar dialécticamente a una ministra siendo oposición pero hay modos que no son tolerables ni en la política ni en la vida.

Sánchez Dragó

No quiero pasar ni por moralista ni por pacato. Mi filosofía de vida se encuentra muy cercana al amor libre del movimiento hippy y muy distante de las rigideces de las doctrinas religiosas. Ahora bien, produce indignación y estupor observar cómo la derecha sale en tromba en defensa de un personaje con tantas aristas y tan abrupto como Fernando Sánchez Dragó tras confesar haber mantenido relaciones sexuales con niñas japonesas de 13 años en 1967 en su última novela. Los de misa y confesión diarias, los que se autolesionan con el cilicio, se muestran ahora liberales y permisivos y blanden argumentos peregrinos para salvar la cara a un impresentable.

El Mundo, uno de los órganos de expresión de la derecha patria, se convierte en parapeto de este tipo disoluto y soberbio. Saca a relucir que el Código Penal fija en los 13 años la edad para mantener relaciones sexuales con consentimiento. Este diario, siempre adaptando la horma a su zapato, olvida el hecho de que el escritor calzaba ya 31 octubres en esos momentos, una mayoría de edad que cuando menos supone un abuso de posición en términos éticos. No soy jurista pero, desde el punto de vista legal, podríamos estar ante un posible caso de estupro: coito con persona mayor de 12 años y menor de 18, prevaliéndose de superioridad, originada por cualquier relación o situación. Éstos que ponían el grito en el cielo porque las niñas puedan abortar desde los 16 años se muestran hoy condescendientes con las relaciones íntimas de adultos con menores. De esos polvos luego vienen esos lodos embarazosos e indeseados.

Pedro J. Ramírez dictamina que no ha cometido ningún delito, que la izquierda delira con una nueva campaña inquisitorial (sic). Esperanza Aguirre, quien le da a Sánchez Dragó una suculenta soldada en Telemadrid, se refugia en la excusa de las fabulaciones literarias. No tienen que tener las cosas muy claras porque rápidamente acuden a la coartada de los hechos prescritos, de un episodio acaecido hace 43 años y sin mayor importancia. Como dice Wyoming, lo que no prescribe nunca es la desvergüenza.

PD.- Menos mal que las librerías están empezando a retirar la obra de marras de sus expositores.