Desmesura

La reacción de las derechas al proyecto de ley para regular la eutanasia ha sido desproporcionada y mezquina. En su competición con Vox por el voto ultra, el Partido Popular, a través de su diputado José Ignacio Echániz, nos ha dejado la siguiente perla: “Hay una filosofía de la izquierda para evitar un coste social…. Son recortes sociales en toda regla con la excusa del derecho a morir”. Con este enfoque demuestra la nula sensibilidad con las personas que padecen una enfermedad grave, crónica o invalidante que produce sufrimiento insoportable. Ninguna empatía tampoco con sus familias. Lo que vuelve hacer de nuevo el PP es poner su moral por delante de los derechos y libertades individuales y de los principios y valores consagrados por la Constitución. Con este proyecto, el Gobierno de España busca preservar la integridad y la dignidad de enfermos en la recta final de su vida, con garantías jurídicas, éticas y sanitarias.

Nadie en la dirección nacional del PP ha rectificado, ni siquiera matizado, a su portavoz en este debate. Por tanto, suscribe de la primera a la última letra de este exabrupto ruin. El partido de Pablo Casado lleva mucho tiempo instalado en la desmesura. El PP ha calcado la línea argumental con las que hizo frente otros avances sociales conquistados a lo largo de más de cuatro décadas de democracia. Hicieron lo mismo que ahora con el divorcio, el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo. Primero ponen el grito en el cielo y luego se suben al carro de estos derechos, que no obligan a nadie, sólo están al alcance de las personas que libre y voluntariamente deciden hacer uso de ellos. Como ha señalado el portavoz socialista en el Senado, Ander Gil, el PP siempre llega diez años tarde a la defensa de estos logros sociales.

Morir en paz

Hace ya más de trece años, mi madre sufrió un ictus brutal que le provocó la muerte unos pocos días después. El daño producido por el derrame cerebral era de tal calibre que en el mejor de los escenarios habría quedado postrada en cama sin respuesta a ningún estímulo externo, conectada a una máquina para respirar y sin posibilidad alguna de recuperación o mejoría. Traducido a términos coloquiales, su estado sería el de un vegetal. Ella nos había dejado un testamento vital por vía oral: quería pasar por el tránsito de la muerte sin dar la lata a nadie, un reflejo fiel de lo que fue una vida de bondad y generosidad sin límites. A las veinticuatro horas del mazazo, mis hermanos y yo nos reunimos con el equipo médico que la atendía en el hospital público, un parte de extrema gravedad que ya conocía bajo cuerda a través de otro doctor amigo que trabajaba en el mismo centro.

Tras escuchar a la médica, y visto el panorama tan oscuro, le sugerí con tacto si se podría acelerar un final para un cuadro clínico tan terrible y sin marcha atrás, cumpliendo así con los deseos de nuestra progenitora. La respuesta de la médica fue airada y admonitoria. Se tomó francamente mal la petición familiar. Hasta tal punto de que le tuve que recordar que nadie iba a querer a nuestra madre más que nosotros. Ella fallecía horas después (apenas cuarenta horas después) por la crudeza del daño cerebral y descansaba definitivamente como ansiaba: sin generar molestia alguna. Todo un privilegio (merecido) que le concedió la naturaleza. Otras muchas personas y familias no han tenido tanta suerte.

A María, mamá, no hay día que no la tenga en el recuerdo, pero esta mañana escuchando la radio he rememorado estos duros momentos porque la ley de eutanasia llega hoy al Congreso de los Diputados. Será la tercera tentativa para regular este derecho y está vez tiene que ser la definitiva. Una amplía mayoría de la Cámara apoya la necesidad de esta importante conquista. Sólo encuentra el rechazo de Partido Popular y Vox, una derecha muy antigua que sigue anclada en una obcecación decimonónica, lejana incluso de la visión de muchos de sus votantes. Han de saber que morir en paz es un derecho. No hagan sufrir más a más familias.

Foto.- El País.

Inmisericordia

Están siempre a la que salta. Como en el Medievo, la Iglesia católica quiere seguir marcando la hoja de ruta a los gobernantes españoles. Los tiempos han cambiado, la Constitución delimita un estado aconfesional y esta gente no se ha enterado, vive con los ojos cerrados a esta realidad. Dentro de su habitual estrategia de oposición a cualquier avance democrático, la Conferencia Episcopal anuncia una campaña contra la ley de muerte digna que elabora el Gobierno de España por entender que se consagra la eutanasia. Los prelados mezclan intencionadamente churras con merinas en un afán de confundir y movilizar a su rebaño desde la desinformación y las medias verdades. No se pretende precipitar la muerte de nadie con esta ley, sino de ahorrar sufrimientos innecesarios a través de tratamientos paliativos, como ya se recoge en la norma vigente en Andalucía. Parece que disfrutaran con el dolor ajeno y olvidan la misericordia que predican. La Conferencia Episcopal entiende que la ley, tal y como está redactada, no es justa. ¿Y desde cuándo la justicia es competencia de una confesión religiosa? Añoranzas de una Santa Inquisición que ya es un vestigio en los libros de historia.

Vivir con dignidad… hasta el final

En Andalucía se podrá vivir con dignidad el proceso de la muerte. Es un derecho recogido en nuestro Estatuto de Autonomía y que desde hoy quedará  regulado por ley. El Parlamento aprueba la ley de muerte digna, una norma pionera en España y que sitúa de nuevo a esta comunidad en la vanguardia de los nuevos  derechos de ciudadanía. El servicio público de salud ha de garantizar esta prerrogativa al paciente que reúna los requisitos legales (situación terminal o de agonía) y así lo hubiera solicitado en plenas facultades.

La derecha más recalcitrante se ha opuesto siempre a este avance que busca aliviar el sufrimiento de las personas enfermas terminales con cuidados paliativos y hacer más llevadero este trance. Basta con recordar la persecución por parte del Gobierno de Esperanza Aguirre al equipo del doctor Montes en el hospital Severo Ochoa de Leganés por reconfortar la recta final sin padecimientos insoportables.

Y es que de casta le viene al galgo… El PP ya mostró sus reservas a la inclusión de este punto en la reforma de nuestro Estatuto, lo aceptó a regañadientes y con clara división de opiniones internas, y en la tramitación de este proyecto de ley lógicamente han aflorado esos titubeos, esas dudas, ese inmovilismo que impone la moralina fanática frente a una decisión política impregnada de empatía, de sensibilidad, de bondad.

No se está dando luz verde ni a la eutanasia ni al suicidio asistido, asuntos que algún día habrá que abordar en este país con serenidad y sin tremendismo. Este proyecto legislativo sólo pretende hacer menos cruel, menos doloroso, más humano, más transitable la aflicción de las víctimas y la angustia de sus familiares. Por deseo personal, a través del testamento vital, cualquier persona en caso de enfermedad terminal puede declinar el ensañamiento terapéutico, el alargamiento artificial de la vida cuando ya no quedan esperanzas científicas de recuperación.

Es un paso importante, necesario, oportuno. De indudable calado social y con esencia progresista. Nos abre un horizonte nuevo en esta tierra y nos referencia de nuevo como baluarte y avanzadilla de nuevas políticas de interés y utilidad social.