Combatir la catalanofobia

Os dejo este vídeo que desmonta muchos falsos mitos que alimentan la catalanofobia. Esta pieza, de una andaluza con talento y sentido común, se ha convertido en menos de un mes en un éxito en Youtube y las redes sociales. Lo cuelgo como respuesta al reportaje emitido por Telemadrid en el que compara al nacionalismo catalán con el nazismo y el estalinismo, un disparate que ha soliviantado con razón a los partidos y a la sociedad catalana. No comparto la deriva soberanista en la que está inmersa la mayoría de las fuerzas políticas de esa comunidad autónoma, es un salto al vacío, un empecinamiento que no conduce a ningún sitio. Sin embargo, me parece detestable la dinámica del españolismo radical de alentar el enfrentamiento y el odio entre territorios. Con esta actitud cerril se le dan argumentos a los más radicales del independentismo catalán y se dinamitan muchos puentes para la convivencia. Iniciativas como las de este vídeo, en cambio, ayudan a hacer país y a encontrar espacios de entendimiento.

Mas está tardando en rectificar

Algunos políticos catalanes tropiezan dos veces (o más) en la misma piedra. Con la fácil que prende la catalanofobia de la mano del españolismo rancio, los errores garrafales de ciertos desaforados representantes de esa comunidad añaden gasolina a ese fuego. Le tocó el turno ayer al presidente de la Generalitat, Artur Mas, que no tuvo mejor ocurrencia para defender la enseñanza del catalán que decir que a los niños de Sevilla, Málaga o La Coruña no se les entiende en castellano. Si el patinazo fue mayúsculo, más lamentable si cabe fue la risotada de la bancada de Convergencia i Unió por el chiste de mal gusto, la patética chocarrería de su jefe de filas. No fue fruto de un calentón en un mitin, la incontinencia se materializó en un escenario tan solemne con el Parlament.

A bote pronto, me vienen a la memoria otras ‘gloriosas’ bobadas de cargos públicos catalanes con nuestra forma de hablar como centro de sus escarnios. Por ejemplo, la ex dirigente del Partido Popular Montserrat Nebrera se mofó del acento de la entonces ministra Magdalena Álvarez y lamentó que cuando llamaba a los hoteles de Córdoba no se enteraba de lo que le decían. O cuanto el también pepero Alejo Vidal-Quadras llamó cretino a Blas Infante, padre de la Patria andaluza. Ya está bien del chascarrillo fácilón y del tópico casposo. El caso de Artur Mas adquiere mayor relevancia: su cargo le obliga a extremar el respeto a la idiosincrasia de los demás territorios de España y a controlar su verborrea pública. Errores como éstos son utilizados por la derecha irredenta para seguir azuzando la antipatía hacia Cataluña y nos dejan sin argumentos a los que defendemos a la España plural con toda su riqueza y variedad lingüística. Mucho están tardando en llegar unas humildes y sinceras disculpas por parte del presidente catalán.

Mucho ruido y pocas nueces

La abolición de los toros en Cataluña ha provocado un acalorado debate entre los partidarios y detractores de la fiesta sobre si prepondera la libertad o el derecho de los animales, trufado de dardos políticos envenenados. Unos que entonan con facilidad el ‘Una, grande y libre’ han aprovechado este ocasional Pisuerga para sacar a relucir los fantasmas del ‘España se rompe’. Otros que se calan barretina y agitan la señera con histrionismo para afilar sus uñas separatistas.

Si la discusión se circunscribe al hecho concreto, las cosas serían mucho más sencillas. En Cataluña no hay afición a las corridas de toros. Basta con analizar la raquítica entrada de ayer en la Monumental de Barcelona en el primer cartel tras la controvertida medida aprobada por el Parlament para certificar el desapego del pueblo catalán hacia los festejos taurinos. Ni una tercera parte de los asientos estaban ocupados y muchos de los asistentes eran turistas. Mientras que en otros territorios de España la lidia de reses bravas constituye un espectáculo con enorme tirón, en Cataluña no engancha. Ya en Canarias, allá por 1991, la fiesta pasó a la historia y no ocurrió ningún apocalipsis. Simplemente hay artes (en este caso el de Cúchares) que no se entienden, es cuestión de gustos y educación.

Moraleja: los fanáticos de uno y otro lado están manoseando las corridas para agitar espantajos, calentando un ambiente con mercancía política de dudoso origen.

Sin toros… ¿no hay paraíso?

Se cumplió el pronóstico. Cataluña prohíbe la corrida de toros a partir de 2012. El Parlamento ha sacado adelante la iniciativa popular con una holgada mayoría (68 a 55). De facto, en tierras catalanas la fiesta languidecía: sólo se programan festejos en la Monumental de Barcelona y en los últimos diez años se han reducido a la mitad, con una afición menguante y sin apenas receptividad por parte de la opinión pública.

Por tanto, la decisión no es más que un puro formulismo y sería un grave error convertirla en un elemento más de la trifulca entre el españolismo casposo y el nacionalismo chulesco. En Canarias se abolieron las corridas en 1991 y no ha pasado nada. Cada pueblo, cada comunidad autónoma, cada territorio tiene su propia idiosincrasia. La prohibición no supone enaltecer la señera o desafectarse de lo español ni tampoco se ha de interpretar como un insulto a los símbolos o los valores de este sacrosanto país nuestro.

El tono de indignación y agravio que se lee en la prensa nacional de orientación conservadora consigue el efecto contrario al que persigue. ABC, por ejemplo, depliega su editorial a casi toda portada con una clara declaración de intenciones: Dicen toros, pero es España. El Mundo y La Razón no le andan a la zaga. ¿Los antitaurinos de otras autonomías también son antiespañoles? Se coge el rábano por las hojas y se envenena el discurso con otros objetivos. Esta inquina hacia lo catalán, en este caso ante un asunto de menor enjundia como son los toros, alienta precisamente el sentimiento separatista. Esa reacción airada, montaraz y grosera del españolismo cañí alimenta un caldo de cultivo peligroso y da argumentos a los más fanáticos en aquellas tierras. Ya lo escribe hace unos meses al comienzo de este debate y lo reitero ahora: los nacionalismos son insufribles, miopes y egocéntricos, sean de donde sean.

No soy taurino e ideológicamente estoy más cerca de los defensores de los animales, de los que critican la crueldad y la saña que se viven las plazas. Ahora bien, será por mi origen sevillano, por lo que representa cultural y socialmente la fiesta en esta tierra, por la derivada ambiental que tiene la cría del toro de lidia para la conservación de la dehesa y, si me apuran, por la nada desdeñable aportación a la economía andaluza, me inclino por el mantenimiento de la fiesta. Pero no tengo una posición sectaria, intolerante o maximalista y acepto con naturalidad que en otras partes se vean las corridas de toros de forma diferente.

Puntos sobre las íes

El debate sobre Cataluña siempre levanta ampollas. El españolismo cerril y unívoco, cobijado en el Partido Popular, y el nacionalismo estridente, dos polos opuestos que se tocan y paradójicamente confluyen en sus intereses, han exacerbado una visión distorsionada y fanática de este conflicto de crecimiento y consolidación del estado autonómico impulsado por la Constitución de 1978. Unos y otros se niegan a ver la realidad de una España diversa que se complementa en su conjunto y cuya suma plural y polifónica hace más fuerte al todo que a las partes por separado. Felipe González y Carme Chacón firman un artículo en El País en el que ponen los puntos sobre las íes sin estridencias, con sentido común y sentido de estado, que en demasiadas ocasiones dibujan líneas divergentes, poniendo el acento en los grandes avances que ha posibilitado el título VIII de nuestra carta magna y no en las fricciones o el rancio espantajo del ‘España se rompe’. Bajo el título sobre Apuntes sobre Cataluña y España, el ex presidente del Gobierno y la catalana ministra de Defensa hacen una acertada reflexión sobre el importante camino andado con la democracia que no debe difuminar la sentencia del TC sobre el Estatut y mucho menos el griterío de los talibanes de ambos bandos extremistas. Recomendando su lectura íntegra, extraigo algunas de los fragmentos que me parecen más relevantes:

“El camino recorrido por nuestra democracia ha ido superando dos resistencias. La de los centralistas, que consideran el proceso como un debilitamiento de la nación española y una afrenta al castellano. Y la de los separatistas, que presentan los avances como un engaño y magnifican cualquier fricción como ofensas a Cataluña”.

“Una amplia mayoría de catalanes compatibiliza su identidad catalana y española, sin considerarlas excluyentes, con un acento mayor o menor en cada una de ellas”.

“El fallo consagra y constitucionaliza el mayor nivel de autogobierno alcanzado; reconoce derechos propios a los ciudadanos de Cataluña, y todas las competencias que el Parlament había propuesto. Reconoce los derechos históricos, el estatuto lingüístico, la bilateralidad en las relaciones con el Gobierno central y convalida el sistema de financiación y la organización territorial propia de Cataluña. Por tanto, mayor autogobierno institucional y de fuentes del derecho.”

“El problema no radica, pues, en la Constitución, que se ha revelado por más de tres décadas como un texto incluyente de la diversidad y ha permitido el desarrollo de un proceso federalizador en la configuración del Estado de las Autonomías, aunque no estuviera contemplado en su letra. Tampoco radica en este Estatut, a pesar de las insidiosas campañas del Partido Popular sobre la ruptura de España o el tutelaje de ETA. Estos cuatro años de desarrollo sin fricciones lo demuestran.”

“El problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España y en la obstinación de los sectores catalanes que magnifican las fricciones y minimizan los avances históricos que hemos vivido. Y radica también en la falta de energía de quienes desde Cataluña y desde el resto de España apostamos por la vía del entendimiento y rechazamos tanto el camino de la imposición uniformadora como el de la separación.”

“Tras la manifestación de Barcelona, ya ha habido quien ha proclamado sin más que la vía del autogobierno está superada, sin tener en cuenta la pluralidad de opciones que animaban tanto a los asistentes como a los no asistentes. Sin embargo, la vía del autogobierno, como la de la Constitución, es la única con plena vigencia.”

“Lo conseguido hasta ahora, convivir en paz y libertad sin renunciar a lo que somos ni a lo que queremos ser, es lo que importa, a pesar de quienes se empeñan en atizar el enfrentamiento. Nuestro reto no se limita a restituir los preceptos del Estatut objetados que pueden recuperarse. Va más allá. Debemos demostrar que estos 30 años de convivencia y autogobierno no han sido un paréntesis, sino el inicio de una nueva etapa; hemos de poner de manifiesto que la Constitución de 1978 fue punto de encuentro y de partida; que la concepción de España como “Nación de naciones” nos fortalece a todos.”

Nacionalismos insufribles

El nacionalismo, en cualquiera de sus manifestaciones, constituye una ideología fanática y miope, egocéntrica y de cortas miras, que todo lo tamiza por el filtro de lo identitario, que todo lo canaliza a través de la exclusión, que se mueve por el patrioterismo ramplón exacerbando las diferencias hasta el paroxismo. Cuando los contrastes políticos se circunscriben al ring del aldeanismo, de los alardes localistas y del ensalzamiento del terruño frente a la razón, el debate se vuelve insufrible, insoportable, de escaso nivel intelectual.

Se han montado esta semana un gran revuelo con la posible prohibición de las corridas de toros en Cataluña. El Parlamento catalán dio ayer luz verde a la iniciativa legislativa popular que, con el apoyo de 180.000 firmas, reclama la abolición de este espectáculo en la comunidad autónoma. Sus señorías recurrieron a la votación secreta, y no entiendo por qué esta reserva y falta de transparencia ante la opinión pública, cuando tan legítima es una postura como la contraria.

No soy aficionado a la tauromaquia, quede expresado de antemano, aunque tampoco hago bandera de condenarla a los libros de historia o a los museos etnográficos. Desde esta distancia objetiva comparto postulados de una y otra parte en torno a una fiesta a la que me niego a denominar nacional. Entiendo la reivindicación de los abolicionistas contra el maltrato que sufren estos bellos animales, símbolo oficioso de este país por todos los rincones del mundo, y a fuer de ser sincero, en las contadas ocasiones que he acudido a una plaza, me han sobrecogido lances extraordinariamente violentos y el ritual de la muerte de la res brava. También asiste la razón a los amantes del arte de Cúchares cuando blanden el carácter cultural de la fiesta y sostienen que sin el toro la dehesa, ecosistema típicamente ibérico, acabaría desapareciendo. No hay una verdad absoluta, ni en esto ni en casi nada. Argumentos tienen unos y otros para entablar una acalorada polémica en los meses venideros hasta que la Cámara autonómica apruebe o no esta iniciativa popular en torno a mayo.

Sin embargo, choca sobremanera la deriva política e identitaria que la caverna conservadora le ha conferido a este asunto para agitar las bajas pasiones de su parroquia y mantener a punto de ebullición la catalanofobia. Los nacionalistas catalanes (pese al carácter secreto de la votación se ha sabido que los representantes de CiU, ERC e Iniciativa per Catalunya han votado a favor del inicio del trámite parlamentario) han lanzado un señuelo en un claro intento de provocación y los sectores más reaccionarios del españolismo han entrado al trapo (preciosa expresión de raíz taurina, como otras muchas). Así, en un ligero repaso del quiosco nacional nos encontramos algunas cabeceras con enfoques incendiarios por la posible abolición de la fiesta:

Si las primeras páginas tienen su notoria carga de profundidad, en los editoriales se carga las tintas contra estos partidos catalanistas, se les demoniza hasta la extenuación por “su desafío permanente a cualquier signo de españolidad en la sociedad catalana”. Y menos mal que el PSC no los ha acompañado en este punto… Sería ya el acabose, un apocalipsis para la unidad de España o cualquier otro disparate que se le ocurriera a la prensa de derechas para poner a José Luis Rodríguez Zapatero en la picota.

Con esta astuta jugarreta, los catalanistas han puesto en evidencia al españolismo rancio, que ha saltado como un resorte ante la añagaza. Ciertos extremistas de la roja y gualda han demostrado tener menos cintura que un frigorífico, una circunstancia que aprovecharán los más radicales de la senyra (señera) para pregonar el odio del madrileñismo cañí hacia la periferia. Jugada perfecta para los más ultras de Esquerra y de Convergencia, que se estarán frontando las manos por la pifia de sus acérrimos antagonistas.

Se antoja excesivamente reduccionista, pobre y hasta patético entablar un rifirrafe identitario a cuenta de la fiesta de los toros. Con esta reacción histérica del centralismo, algunos esconden más aviesas intenciones: mantener la confrontación entre el conjunto de España y una de sus partes porque tiene buen rendimiento para aglutinar y movilizar el voto de la derecha. La defensa o el rechazo a los toros transciende la dialéctica territorial e ideológica. Hay seguidores y detractores en Cataluña y en el resto de nuestro país.

Lo que es una realidad incontestable es que el interés taurino en esa comunidad autónoma ha caído de manera sensible, sólo se llena la Monumental de Barcelona cuando torea José Tomás. Se detecta un desapego de la sociedad catalana para con la fiesta y es que desde hace tiempo en muchas localidades, especialmente en la Ciudad Condal, está prohibida actuaciones de circo con animales o el uso de palomas o conejos por parte de prestidigitadores, como recordaba esta mañana José María Martí Gómez en la Cadena Ser. Estamos, por tanto, ante una cuestión de gustos y preferencias, y estos españoles que viven en Cataluña hace tiempo que tienen otra forma de entender el uso de animales en el espectáculo (que lo pregunten a Salvador Távora y los problemas que tuvo para la representación de su Carmen). Es una convicción cada vez más extendida y como tal hay que respetarla, nos guste o no.