Dar el cante

A Teresa Rodríguez le gustan más los castings que los debates. Más que aspirar a mantenerse en la dirección andaluza de Podemos, confrontando con sus contrincantes su proyecto político, parece que desea enrolarse en La Voz. Las dotes para el canto no suele ser uno de los atributos que mueven a los afiliados de una organización política a la hora de elegir a sus cargos. Lo habitual es que se inclinen por la trayectoria, las propuestas políticas y la capacidad de liderazgo de los candidatos. Más que cantar lo que quieren los simpatizantes es que sus dirigentes no den el cante. Y Teresa Rodríguez lo ha dado, y bien, estos días al negarse a mantener un debate con las otras dos rivales para dirigir la formación morada en esta comunidad: las también diputadas Carmen Lizárraga y Begoña Gutiérrez. Ha puesto todos los obstáculos para hacer algo tan democrático como debatir.

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Mientras que sus rivales aceptaron, Rodríguez descartó inicialmente la propuesta de debatir de la SER y cargó duramente contra el periodista y la cadena, haciendo ostentación de ese vicio tan antiguo de querer matar al mensajero. En declaraciones posteriores a la emisora, rebajó la agresividad y planteó que los debates hay que hacerlos con las normas internas del partido y, finalmente, han montado un simulacro a puerta cerrada y sin capacidad de interacción entre las tres adversarias, lo que viene siendo una serie de monólogos encadenados. Y por si no fuera suficiente el disparate deciden celebrar un debate de carácter partidario en el Parlamento de Andalucía, una sede pública que se paga con los impuestos de todos los andaluces. Teresa Rodríguez ha impuesto un modelo con mordaza y oscurantismo. Con tantos golpes de pecho que se da con la nueva política, ha mostrado la peor cara y los malos modos que tanto espantan a los ciudadanos. No es de extrañar tanta obstinación en evitar el debate: en el Cámara autonómica recibe un ‘revolcón’ dialéctico un día sí y otro también por parte de la presidenta Susana Díaz. Entre sus virtudes no está precisamente la oratoria. No le va debatir, tampoco cantar es los suyo a la vista del vídeo, pero dar el cante lo ha conseguido a lo grande. Es más cómodo cantar un vídeo que medirse en un auténtico debate.

Mucho más que un grave error

Pablo Iglesias se columpió con Andalucía en el debate del lunes de Atresmedia. El líder de la formación morada sostuvo sin ningún rigor que Andalucía se autodeterminó en 1977 y votó para seguir en España. Intentó establecer un paralelismo imposible entre la lucha de los andaluces por conseguir una autonomía en pie de igualdad con otros territorios con el proceso secesionista de Cataluña. La equiparación no pudo ser más desacertada y perversa.

Si fue un error, pondría en evidencia la falta de conocimientos históricos de este candidato sobre una conquista ciudadana por la igualdad, crucial para Andalucía y también para España. Ese movimiento social que despertó el 4 de diciembre de 1977, con dos millones de personas en la calle clamando porque todos los territorios tuvieran los mismos derechos y las mismas oportunidades, desembocó en el referéndum del 28 de febrero de 1980. En esa cita con las urnas nos ganamos nuestro derecho a la autonomía por la vía del 151 de la Constitución, superando los innumerables obstáculos que nos puso la derecha de entonces, y conseguimos romper la intención del Gobierno de UCD de establecer una España de dos velocidades, un país asimétrico con regiones de primera y de segunda. El éxito de esa revolución pacífica y democrática del pueblo andaluz instauró lo que Jordi Pujol definió en términos despectivos como ‘café para todos’.

Pero ha sido mucho más que un patinazo lo de Pablo Iglesias. Ha tenido tiempo para rectificar (casi 48 horas) y no lo ha hecho. Incluso los moderadores del debate le dieron una segunda ocasión para corregir y tampoco la aprovechó, siguió desvariando y huyó por los cerros de Úbeda. Si no fue un yerro, que ya sería grave, estamos ante un intento de manipulación y tergiversación de la historia para dar amparo y cobijo a su apuesta por un referéndum sobre la independencia de Cataluña. Los que piden en Cataluña la ruptura con España están a años luz de los millones de andaluces que salimos a la calle y luego ganamos un referéndum en favor de la igualdad de los todos los territorios de España. No fue un desliz, sino que se ha pretendido usar a Andalucía y al pueblo andaluz en su estrategia partidista de dar alas al independentismo. Hoy mismo el líder de Podemos ha insistido que en el plazo máximo de un año convocaría una consulta sobre la independencia de Cataluña si fuera presidente. Él solo se delata.

Foto.eldiario.es. Momento de la manifestación del 4-D en Sevilla.

El voto de la pena

El estilo mendicante en campaña electoral constituye síntoma de debilidad y derrota. En la jornada de resaca del debate ¿decisivo?, que ha servido para consagrar la anomalía democrática del plantón dado por Mariano Rajoy y para reforzar la idea de que España necesita un cambio en el Gobierno, me han ‘enternecido’ estas declaraciones de Juan Manuel Moreno Bonilla: “Llevo muchos malos ratos, me debéis una victoria“. Si el mensaje tiene como destinatarios los miembros de su partido, supone un torpedo a la línea de flotación en el comienzo de la campaña, transmite moral de derrota y que no hay nada que hacer ante las elecciones del 20 de diciembre. Si el mensaje fuera dirigido al ciudadano, esa exigencia produce justo el efecto contrario al que persigue. Dar lástima no parece un argumento de peso para conseguir apoyo electoral, constituye el recurso del perdedor, ir sin pies ni cabeza, a la desesperada. Los triunfos no se piden, se ganan en la arena política. Se ganan con esfuerzo, con credibilidad y con proyecto. Detrás de estas palabras del presidente regional del PP está el miedo a encadenar la cuarta derrota consecutiva en año y medio en Andalucía. Un registro digno de consideración que podría llevar consigo el final de su periplo en el cargo. No sólo no ha conseguido apuntalar los cimientos de un liderazgo, sino que ha conseguido llevar a su partido a los peores resultados en el último cuarto de siglo. Su proclama se antoja incluso implorante: pide clemencia y pretende compartir el fracaso con sus cuates ante su final irremediable. Se ve ya en el patíbulo político.

Foto.Reuters.

¿Debate decisivo?

La promoción de Atresmedia (Antena 3 y La Sexta) nos sitúa esta noche antes el debate decisivo. Entra dentro de la lógica que los anfitriones nos presenten su oferta como ‘el no va más’, pero acogen una contienda electoral incompleta. Es como una mesa que cojea en una de sus cuatro patas. La ausencia de Mariano Rajoy descafeína el debate. El presidente prefiere no arriesgar y manda a Soraya Sáenz de Santamaría a medirse con los otros tres aspirantes: Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias. (El primero del trío, a gobernar y los otros dos, a ser llaves del futuro ejecutivo).

La decisión de Rajoy se sitúa entre el pasotismo, la pereza intelectual y la falta de respeto a los españoles que quieren comparar. No ha dado opción a que el ciudadano pueda hacer suyo el viejo reclamo publicitario de ‘busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo’. El gallego se ha quitado del escaparate. O traducido en términos coloquiales: le han temblado las canillas. No quiere asumir riesgos para no mostrar sus flancos débiles, que son muchos después de cuatro años que ha castigado con recortes y sufrimiento a la inmensa mayoría del pueblo español. Se quiere resguardar enviando a una emisaria y evitar la exposición al juego democrático de la crítica política. Con su expediente tiene motivos de sobra para temer.

Los ciudadanos vamos a perder una gran oportunidad de comprobar un duelo de primeros espadas. Habrá que esperar al cara a cara de Rajoy y Sánchez una semana después para cerrar el círculo. Los populares siguen sin comprender que los debates constituyen la esencia de la democracia. Por mucho que su presidente prefiera leer el Marca o las entrevistas de Bertín Osborne. Todo cabe en una agenda electoral, hasta los debates decisivos.

Foto.– Sánchez, Rivera, Iglesias y el atril vacío del ausente Rajoy, durante el debate del 30 de noviembre organizado por El País.

Atril vacío

Me gustó el debate a tres organizado por El País. El encuentro entre Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias dio juego en el fondo y en la forma. El formato fue ágil, dinámico y atractivo para la audiencia. El moderador, Carlos de Vega, ejerció y dirigió el debate: no sólo fue un cronometrador, intervino con neutralidad y marcó el ritmo para que nunca cayera la intensidad. Más allá del tuteo y de llamarse por el nombre de pila, los candidatos cambiaron los monólogos encadenados por el diálogo, tuvieron interacción, se interrumpieron como pasa en cualquier conversación y se expresaron con respeto sin renunciar a lanzar algún que otro dardo envenenado al contrincante.

Cada telespectador tendrá su opinión sobre quién ganó al contienda a tres. Honestamente, el que transmitió mayor seguridad y conocimiento fue Pedro Sánchez. El socialista se adaptó mejor al formato, habló claro y con aplomo pese a ser la diana de los otros dos contrincantes. Albert Rivera tuvo momentos brillantes pero rindió por debajo de las expectativas, esperaba un poco más de él, incluso se le vio más nervioso y atropellado que en otras ocasiones, le pudo la responsabilidad. Por último, Pablo Iglesias tuvo momentos y fue de menos a más, se fue ofuscando a medida que transcurrían los minutos y miró demasiado el guión que traía preparado, tanto leer le restó frescura. Estuvo por debajo de sus dos adversarios, que por fases monopolizaron la confrontación sin que pudiera meter baza el líder de la formación morada.

Sin lugar a dudas, el gran perdedor de este debate fue el gran ausente: Mariano Rajoy. El atril vacío es síntoma de una triste anomalía democrática y un gesto de soberbia o de pereza intelectual. Quizá no le viniera bien a su estrategia de campaña pero su plantón es una falta de respeto a los ciudadanos. El presidente del Gobierno se ausentó con excusas peregrinas y contraprogramó una entrevista en prime time en Telecinco. No tenía tiempo para el debate y sí para acudir a esta cadena generalista. Al de Atresmedia (Antena 3 y LaSexta) mandará a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Quizá los españoles a la hora de votar no olviden estos desaires, esta ausencia de compromiso con la calidad de nuestra democracia. En 2012, Javier Arenas dio la espantá en un debate en Canal Sur y lo pagó en las urnas. Que vaya poniendo Rajoy sus barbas a remojar…

Foto.- El País.

A dormir el partido

No es un gesto de cobardía, o quizá sí, pero sobre todo supone la expresión del desahogo con el que Mariano Rajoy afronta las elecciones generales. Las explicaciones del presidente sobre negativa a participar un debate a cuatro con Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias son de traca. Sostiene el gallego que no tiene tiempo para tantos debates. Esa insolvente afirmación la lanzó mientras que hacía de comentarista deportivo en la retransmisión en la COPE de la jornada de ayer de la Champions League. Sí tiene hueco en su agenda para esos ‘caprichos’ y no para confrontar con otros adversarios políticos. Argumentación insulsa e inconsistente.

Rajoy se está aplicando su sentencia de perogrullo: “La mejor defensa es una buena defensa“. No se quiere exponer. Considera que estando resguardado en Moncloa y con el ruido del disparate separatista catalán y las secuelas de los atentados yihadistas de París le dan para llegar al 20 de diciembre sin arriesgar. Craso error. Parte de una premisa falsa: queda mucha tela que cortar hasta que llegue la jornada electoral. Usando una máxima del fútbol, Rajoy sale a dormir el partido… y quien sale a empatar, suele perder. Tanto contemporizar para anestesiar la campaña electoral le puede costar un disgusto. La gente quiere a políticos con determinación y que cojan el toro por los cuernos. No se manda un mensaje ilusionante escondiéndose en el plasma o yendo sólo a programa de variedades. No queremos un presidente en zapatillas y batín leyendo el Marca.

Foto.- Diario Sport.

El mal perder

El segundo debate electoral, celebrado anoche en TVE, ha certificado la victoria rotunda de Susana Díaz y el mal perder de la derecha. Los medios de comunicación conservadores han salido al rescate del candidato del PP para tapar sus carencias y sus escasas prestaciones en el plató televisivo. Han querido desviar la atención en lo formal y arremetiendo con gruesas palabras contra la presidenta de la Junta. Lo que es firmeza y conocimiento lo han querido vender como soberbia, lo que era defensa del buen nombre de Andalucía lo han visto como nerviosismo, las interrupciones de la presidenta ante las mentiras reiteradas de Juan Manuel Moreno Bonilla como mala educación… Nunca desde que me alcanza la memoria estos medios han dado vencedor en un debate contra el PP a ningún socialista. ¡Qué casualidad! Parecen que tienen la crónica escrita de antemano.

Me sorprenden también las interpretaciones sobre un debate vivo, como son las habituales tertulias de radio y televisión. Andan siempre los periodistas y los opinadores reclamando unos formatos menos rígidos y más atractivos para el ciudadano. Pero cuando se produce, como ocurrió anoche, se quejan de que los contendientes, en este caso Susana Díaz, se zafen del corsé y produzca una conversación real y con gancho para la audiencia (una media de 493.000 telespectadores y una cuota de pantalla del 12,3%, 93.000 personas más y dos puntos más que el primero en Canal Sur). No se puede pedir una cosa y la contraria. No se puede criticar la tradicional sucesión de monólogos memorizados de los contendientes y al mismo tiempo quejarse del intercambio natural de mensajes con interrupciones y solapamientos, como se produce en la vida misma. Soplar y sorber es imposible.