Moguer 1936: posdata

El franquismo construyó su propaganda sobre un espeso manto de silencio. La represión brutal contra la militancia de izquierda aceleró la desmemoria colectiva. En Moguer 1936, el historiador Antonio Orihuela concluye que “el miedo y la vergüenza” ocultó una verdad cruel y sangrienta hasta el punto que “los hijos, escarmentados de la experiencia sufrida por sus padres, tratarían, en muchos casos, de alejarse de aquel pasado perverso que les impedía integrarse en la sociedad”. Esa poderosa neblina sobre el pasado ha llegado hasta nuestros días y, gracias a esta investigación, alguno, como el que suscribe, ha conocido las peripecias de allegados republicanos que en el seno de la familia se habían mantenido en el más absoluto mutismo. Ese pavor a releer ese episodio negro de la historia hace que la mayoría haya pasado página en una actitud defensiva  y asustadiza, comprensible quizá desde la crudeza de los acontecimientos vividos.

En este libro he conocido que uno de mis bisabuelos, Manuel Bermúdez Rodríguez, fue concejal del Ayuntamiento de Moguer tras el triunfo del Frente Popular en 1936, y como consecuencia de ello sufrió en sus carnes las represalias del régimen fascista. Aunque corrió mejor suerte que los 148 asesinados, este representante del Partido Republicano Federal a sus 72 años fue condenado a seis años y un día por su vinculación política. Cumplió algo más de año y medio de la pena y salió en libertad tras la amputación de una pierna por una enfermedad sin especificar. Su hijo y mi abuelo materno, Manuel Bermúdez González, fue asesinado por un fascista en 1934, un crimen cuya investigación no se concluyó.

Otro familiar que dio con sus huesos en presidio por participar en la corporación democrática de Moguer fue mi tío abuelo Juan Gómez Cruz Borrego. Militó en el Partido Sindicalista, el brazo político de los anarquistas de la CNT, y le fue impuesta una condena de seis años y un día de cárcel. Como ya había pasado varios meses en la prisión provincial de Sevilla, quedó en libertad condicional.

Las dos ramas de mi familia materna (de ahí proceden mis raíces moguereñas) padecieron el castigo de los golpistas y en mi casa nunca se comentó nada al respecto. Se dejó caer el telón del olvido a fin de alejar de la virulencia de lo padecido. El régimen del miedo (o el miedo al régimen) surtió efecto.

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Moguer 1936 (y II)

El libro Moguer 1936 es un alegato sereno pero comprometido por la recuperación de la memoria histórica. Antonio Orihuela cuenta con rigor lo que ocurrió en los días posteriores al alzamiento militar del 18 de julio en esta localidad onubense. Aborda con distancia emocional y con criterio y rigor científicos esos momentos trágicos y convulsos, no pretende “hacer un relato exculpatorio de los vencidos“. “Es cierto en Moguer, ante el golpe de Estado y como reacción al mismo, hubo quienes causaron destrozos en bienes eclesiásticos y civiles, cometieron robos, infringieron malos tratos verbales a personas de derechas y hasta llegaron a cometer un homicidio, pero tales actos jamás podrán justificar la represión brutal y el asesinato de casi 150 personas, el destrozo de sus casas y sus bienes, el asalto y destrucción de la propiedad privada y sedes de los partidos y sindicatos de izquierda, los robos o las violaciones… Y a los que escaparon de la carnicería les esperaba la cárcel, la tortura, los campos de trabajo, las denuncias, la libertad vigilada y las vejaciones“.

Esta realidad de Moguer es extrapolable a muchos municipios de Andalucía y de España. Por eso, como precisa el autor, “aunque la memoria no puede ser la sustituta de la justicia, al menos, allí donde no hubo justicia, quede la memoria que nos haga conocer […] sobre aquel crimen contra la humanidad que se desató en las provincias del suroeste español“. Este documento histórico se entiende como homenaje a la verdad y como reconocimiento a las víctimas. Como precisa el profesor Orihuela, “no por sus creencias, sus ideas o su conducta, no porque fueran santos, buenos […], sino porque fueron objeto de la violencia, el ultraje, de la degradación, del terror y la muerte“.

En definitiva, una investigación que arroja luz sobre uno de los muchos agujeros negros que escondió la propaganda franquista, “entendiendo la memoria de las víctimas como la afirmación de una injusticia cometida sobre cuyo olvido se ha construido nuestro presente“, puntualiza el historiador. Con propuestas tan solventes como ésta se recupera la memoria y se escribe nuestra verdadera historia, no la versión maquillada que algunos pregonaron… Y de camino se consuela a los familiares de las víctimas después de décadas de dolor y sufrimiento.

Moguer 1936 (I)

Me estoy leyendo el libro Moguer 1936, del historiador Antonio Orihuela, con muchísimo interés. Desde una perspectiva personal, porque toda mi familia materna es nativa de esa  localidad onubense y, aunque nacido en Sevilla, sigo manteniendo el lazo sanguíneo con el pueblo y una casa familiar (ubicada curiosamente en el antiguo  “barrio rojo”) donde paso algunos días del verano cada año. Y de alguno de los episodios narrados o detalles de la radiografía social que se recogen en este volumen ya tenía conocimiento por el íntimo boca a boca, comentarios de mi abuela, de mi madre, de mis tíos y de otros amigos y allegados, alguno de los cuales, aún con vida, ha participado como fuente oral en la confección de este oportuno documento.

Desde una dimensión política, porque este tipo de investigación científica viene a replicar desde el rigor a una versión de la historia contada a su manera, con la óptica distorsionada o el celo de ocultar un genocidio en toda regla, por los vencedores de la sublevación militar de 1936 contra un régimen democrático como fue la República española. O silenciada por el terror que sembró el franquismo. Lo escribe con claridad meridiana el autor en la introducción: “El terror franquista será conocido más por ese silencio que ha terminado por esterilizar las conciencias que por los desaparecidos… El silencio que la dictadura impuso se mantiene como una mordaza… hasta el punto que cualquier referencia al terror franquista ha terminado siendo objeto de burla y de desprecio“. [Algo similar pero relacionado con el día a día actual me decía hace unas fechas una apasionada socialista de los aledaños de la calle Picos sobre las esperanzas de ganar en las municipales de 2011: “Este alcalde (del PP) no vale nada, pero no se puede hablar muy alto porque hay mucho franquista suelto“. Esta inquietud y esa desconfianza siguen instaladas en los genes de Moguer.]

Volviendo al libro, el profesor Orihuela entiende que es fácil olvidar para aquellos que no sufrieron en sus carnes el franquismo. La pertinencia de este libro no merece ningún tipo de cuestionamiento. “No es cierto que esta publicación sea un escándalo, el escándalo es que se haya escrito en el año 2009 y por historiadores de varias generaciones después de ocurridos los hechos. Lo verdaderamente escandaloso pasó hace más de setenta años, en 1936“, subraya con acierto el autor.

Este relato quizá llega algo tarde, se ha perdido mucha documentación de la época, destruida durante los cuarenta años de opresión y en los primeros de la Transición, y se está “bordeando el punto de no retorno de la memoria oral” con la desaparición de muchos de los protagonistas de aquellos trágicos años. Por eso, comparto con este historiador que el cómodo refugio de pasar página significa “aceptar que nuestro presente esté construido sobre el genocidio, la violencia, el olvido y la lectura triunfalista de la Historia“.

Mañana, segundo y último post sobre Moguer 1936.