Peor educación

La ecuación no puede ser más perversa. O más engañosa. El Gobierno de Rajoy mete la motosierra en la educación pública (un 21% menos en los presupuestos en los Presupuestos Generales más 3.000 millones adicionales para acallar a los mercados) y nos quiere hacer ver que esta demolición controlada supondrá una mejora de nuestro sistema educativo. ¡Que no nos tomen por tontos! El ministro Wert puede hacer todo el encaje de bolillos dialéctico que quiera para justificar este hachazo brutal a uno de los pilares del estado del bienestar, pero no engaña a nadie. ¿Quién se va a creer que con menos recursos puede funcionar mejor la educación? Ni la educación ni un club de fútbol ni una mediana empresa. Este tijeretazo supone una involución y un severo golpe a la igualdad de oportunidades.

El plan de reconversión de la educación pública se resume en más alumnado por clase y menos profesores. En concreto, se impone desde el Gobierno a las comunidades autónomas: incremento del 20% de la ratio de alumnos por aula (33 en Primaria y 38 en Secundaria); se aumenta las horas lectivas del profesorado, con lo que perderán su empleo unos 100.000 docentes interinos en España, 15.000 en Andalucía; las bajas de profesores inferiores a 10 días lectivos no se cubrirán; los centros sólo están obligados a ofertar una modalidad de Bachillerato (ciencias o letras); y se pospone sine die la entrada en vigor de la ampliación hasta 2.000 horas lectivas de los ciclos formativos de FP de grado medio o superior.

Con todos estos pasos atrás, el ministro Wert tiene la osadía de decir que el sistema educativo no se resentirá. Quien no se consuela es porque no quiere. Estos recortes empobrecen la educación pública y provocarán un aumento del fracaso escolar. El deterioro está cantado, salta a la vista. No es de extrañar que ante tan desmesurado tijeretazo la Junta de Andalucía y todos los sindicatos del sector educativo hayan alzado la voz de alarma. El retroceso es para preocuparse. Y los mercados frotándose las manos.

Ni Pepito ni don José

La mayor aportación a la posteridad de Javier Arenas durante la convención/ejercicios espirituales organizada por el PP durante este fin de semana ha sido una evocación a los entrañables payasos de la tele. He seguido su intervención a través del twitter de Antonio Montilla y la única novedad ha sido ese flashback a sus tiempos de infancia o más bien de adolescencia porque ya calza unos cuantos diciembres. Dice el baranda pepero que los profesores no pueden ser “ni Pepito ni el colega Pepe” sino que hay que llamarlos “don José”. Le ha faltado una trompeta y un acordeón como fondo musical de tan circense sentencia.

El respeto al profesorado no es cuestión formal ni de nomenclatura. Hemos de trascender lo superficial para ir al fondo del asunto. El respeto no se gana con el don, sino con actitud, como me comentaba el tuitero José Carlos. El que suscribe ha sufrido los últimos años del maestro dictador en la recta final de la dictadura y eso me permite concluir, tirando de coloquialismo, que “ni don Juan ni Juanillo”. Respeto no es igual a miedo cerval, reconocimiento no equivale a reverencia, autoridad no significa autoritarismo.

Tenemos que buscar el punto de equilibrio donde la imprescindible autoridad del docente sea compatible con la fluidez de relaciones con el alumnado. El pendulazo que se ha producido de unas fechas hacia acá no conduce a nada ni es una solución válida, pero la época de la palmeta, de los castigos físicos y de ‘la letra con sangre entra’ tampoco representa el camino. Ni rememorar los tiempos arcaicos del florido pensil ni las botellonas en las aulas. En el término medio, parafraseando a Aristóteles, está la virtud. No siempre un tiempo pasado fue mejor.