Menudo chasco

Cuando cae inopinadamente un mito, nos rodea una sensación de vacío, de perplejidad, de desorientación. La Operación Galgo contra el tráfico de sustancias dopantes en el atletismo español ha derribado una de esas referencias para todos los amantes de este deporte. La Guardia Civil implica, entre otros, a la campeona del mundo Marta Domínguez, la leona de las pistas, la mujer batalladora y entregada, la fondista más competitiva y laureada de nuestro país. Y Marta no es sólo deportista, para aumentar el bochorno generado por la noticia (respetando siempre su presunción de inocencia) es la vicepresidenta de la Federación Española de Atletismo. Esta revelación que cuestiona a una de las abanderadas de nuestra generación de oro del deporte español nos ha dejado en un estado de shock. Ya nos pasó antes con Paquillo Fernández, el intrépido marchador de Guadix. O con las dudas sobre Alberto Contador, el tres veces ganador del Tour de Francia, aunque en el ciclismo estamos más acostumbrados al escándalo. Esperemos al resultado final de la investigación, pero con los datos conocidos huele a chamusquina. De momento, a la palentina la he bajado del pedestal. El impacto de la operación policial ya está perjudicando nuestra credibilidad a escala internacional. Basta con repasar algunos periódicos de reconocido prestigio.

Tardes de Tour

Mis recuerdos del Tour de Francia se remontan hasta mediados de los setenta. Imágenes en blanco y negro del General Electric que teníamos en casa, algo difuminadas en la memoria, de las últimas gloriosas pedaladas de Eddie Mercks, de su rivalidad con Luis Ocaña, del eterno segundón Poulidor y la eclosión del galo Thévenet o del batallador Van Impe, hasta en seis ocasiones ganador del maillot de puntos de la montaña. Poco después llegó el tiempo de Hinault, su competencia con Fignon y la fuerza bruta de Greg LeMond.

Desde el triunfo de Ocaña en 1973, atravesamos un páramo de más de una década. Amagó Ángel Arroyo y concretó en su segunda gran oportunidad Pedro Delgado en 1988. Vinieron los años gloriosos de Induráin, cinco amarillos en los Campos Elíseos que dispararon la afición en España. La retirada del gigante navarro nos sumió en otro periodo de ostracismo con el quiero y no puedo de Ulrich, salvo en una ocasión, las majestuosas escaladas de Pantani y los siete años de hegemonía de Amstrong. La despedida del tejano coincidió con un nuevo despertar del ciclismo nacional: Pereiro, Sastre y Contador (en dos ocasiones y la tercera en camino) han amenizado nuestras sobremesas de julio con sus triunfos en tierras francesas.

Algunos dicen que este deporte es aburrido en televisión. No suscribo esa impresión. Lo veo apasionante, casi de titanes, con gestas que rozan el límite del esfuerzo humano y para las que en algunas ocasiones los corredores recurren a métodos ilegales, inaceptables sin discusión. Aun así, los casos de doping no pueden eclipsar la grandeza de este espectáculo. Me expreso con pasión porque conozco en mis propias carnes de la dificultad de someter al organismo a esas cabalgadas y más aún a la velocidad y con el grado de exigencia con las que se desarrollan cada carrera.

Son muchos años de vivencias diferidas que se hacen realidad a través de la pequeña pantalla. Años de un soniquete de fondo que incluso nos invita al sesteo cuando la carrera transcurre monótona y sin vibraciones. Me viene a la memoria el periodista Pedro González, tristemente fallecido, que durante no sé cuantas ediciones se convirtió en la banda sonora de nuestros hogares contando las hazañas ciclistas del Tour y de las principales pruebas del calendario. Paro ya que parezco el abuelo Cebolletas contando batallitas con cierta nostalgia. Será porque uno de mis sueños como periodista ha sido cubrir la ronda francesa y por los derroteros que me lleva la vida se quedará en una aspiración incumplida.