¿Premio a la vagancia?

Escribía Séneca que ningún día es largo para el que está ocupado. Pues a Mariano Rajoy estos 113 días transcurridos desde las elecciones del 20 de diciembre se le han tenido que hacer eternos. Se ha dedicado a sestear en la Moncloa esperando recoger cosecha sin haber sembrado. En su estilo habitual, ha dejado a hacer a los demás sublimando su imagen de don Tancredo, su inmovilismo recalcitrante. Y así seguirá hibernando hasta el 18 de abril cuando se conozca el resultado de la consulta a las bases de Podemos sobre el apoyo o no al pacto firmado entre PSOE y Ciudadanos. (El no está prácticamente asegurado salvo monumental sorpresa). In extremis, un Rajoy ya políticamente momificado intentará sin ilusión una maniobra para evitar la repetición de las elecciones, que es lo que realmente ansía, el próximo 26 de junio.

Dicen las encuestas que el gran beneficiado de unos nuevos comicios será el Partido Popular. Me niego a pensar que en este país se premie la vagancia y la irresponsabilidad. El presidente en funciones ni ha querido ni ha sabido. Además, dejó en mal lugar al jefe del Estado cuando declinó su propuesta para someterse a la investidura: riesgo es una palabra que le produce sarpullido. Con más o menos acierto, las demás fuerzas políticas han buscado una solución a la aritmética casi imposible que depararon las urnas. Lo han perseguido sin éxito. Pero Rajoy no ha movido un dedo esperando que le caiga en su mano la fruta madura. Su forma de comportarse choca con la cultura del esfuerzo que se exige en cualquier sociedad. Cualquier padre (o madre) le pediría a su hijo (o hija) que luche por lo que cree, que al menos se deje la piel en el intento. Justo lo contrario que espeja Rajoy, quien prefiere las faenas fáciles, como se las ponían a Fernando VII. ¿Este país va a premiar la holgazanería? Veremos.

Viñeta.– Ricardo en El Mundo.

Andalucía se planta

No pienso recortar más. Ya está bien“. Así de tajante se ha manifestado la presidente de Andalucía, Susana Díaz, sobre los ajustes que la Unión Europea planteará a España para equilibrar las cuentas públicas. Las comunidades autónomas, que son las que tienen las competencias de los servicios públicos esenciales (salud, educación, dependencia y protección social), ya no pueden soportar más restricciones presupuestarias que no le corresponden. Una de las razones de la exigencia europea de nuevos sacrificios pasa por los presupuestos irreales que aprobó el Partido Popular como elemento propagandístico para su campaña electoral del pasado 20 de diciembre. Y de aquellos polvos presupuestarios, estos lodos en forma de recortes que nos planteará Bruselas. Que apechuguen con sus hechos y no endosen el marrón a otros.

Todo el debate impostado sobre que la desviación del déficit público se debe a las autonomías solo busca cargar sobre éstas los incumplimientos de la Administración General del Estado. Una forma de actuar que ha dejado al descubierto la estrategia de Mariano Rajoy. El presidente en funciones piensa que vamos a elecciones repetidas y ya está haciendo campaña. Así, pretende que el recorte de unos 25.000 millones que nos pedirá Europa recaiga sobre las CCAA. El PP busca dar otro hachazo para cargarse los servicios públicos fundamentales y desde luego en Andalucía no se le va a tolerar ni una más.

Por ejemplo, con el caso del tratamiento de la hepatitis C, pese al compromiso público del Gobierno central de que no computaría para el déficit, se pretende que las autonomías elijan entre pagar estos fármacos o recortar de otras partidas del sistema público sanitario. O dicho de otro modo, el gabinete del PP plantea el dilema de elegir entre unos enfermos y otros para no incrementar el gasto. Y la Junta no lo va a hacer, lo diga Rajoy o Cristóbal Montoro. Hasta los propios afectados por esta enfermedad han censurado la insensibilidad y la actitud miserable del ministro de Hacienda. Si hay recuperación económica, es el momento de recuperar derechos y que la derecha entierre de una vez por todas la motosierra de los recortes y las políticas fracasadas de austeridad.

Foto.– J.M. Serrano (ABC de Sevilla).

El cáliz que aparta Rajoy

Mariano Rajoy sigue hibernando. El presidente en funciones apenas si sale de Moncloa y no mueve un músculo en aras a buscar socios de gobierno. En estos días, tiene agenda libre para leer el Marca y ver retransmisiones deportivas. Aguarda en su sofá que el paso del tiempo juegue en su favor y la ruleta de la fortuna le sonría. Pero cada jornada que pasa aparecen nuevos argumentos en forma de corrupción para decirles que no a Rajoy y al Partido Popular. Sin embargo, insiste en esperar la llegada de un inesperado socio que lo saque del letargo (dicen que la esperanza es lo último que se pierde) y lo vuelva a colocar en el centro del tablero político. Él es así, paraíto, no es de arriesgar y tomar la iniciativa, sino de esperarlas y verlas venir, se lo reconoció a Bertín Osborne en su diálogo en el sofá. Y para pescar, muy señor mío, hay que mojarse el culo. El refranero es sabio.

Con esa actitud achantada y pusilánime y un equipo de escuderos intentando defender lo indefendible, la inacción de su jefe, acude mañana al Palacio de la Zarzuela para pedir por segunda vez al Rey que aparte de él el cáliz de la investidura. Cierto que no tiene votos, como al día de hoy no los tiene ningún otro aspirante, pero lo que le escasea es valentía y responsabilidad. Carece de apoyos por su reciente pasado de mayoría absoluta de ordeno y mando, por el desprecio al resto de partidos y a todo aquel que pensara diferente, por el enorme sufrimiento causado a la inmensa mayoría de españoles con medidas injustas y crueles y por un pasado y un presente de corrupción. Con esta losa, ni siquiera ha intentado generar complicidades en esta nueva coyuntura política, que exige cesiones y reconocimiento de los errores de la pasada legislatura. No es tiempo de soberbia y ni Rajoy ni el PP se bajan del burro: su camino no es el único y, sobre todo, no es el mejor. Así es imposible encontrar compañeros de viaje que, además de cargar con la nefasta mochila de la anterior legislatura, tendrán que acometer un recorte de 10.000 millones en los presupuestos que aprobó el PP como elemento más de su campaña electoral.

Si Rajoy manifiesta al jefe del Estado su impotencia e incapacidad, bien haría en dar un paso atrás definitivo y abandonar la política. La ciudadanía se lo pide a gritos y en el seno de su monolítico partido, donde la democracia interna brilla por su ausencia, el runrún resulta ya atronador.

Foto.EFE.

Rajoy se inmola

Anoche Mariano Rajoy arrojó definitivamente la toalla. El presidente del Partido Popular declinó la petición del Rey para intentar su investidura. Dice que de momento. Con este gesto inaudito, Rajoy firmó en términos políticos su certificado de defunción. El miedo y la cobardía son dos características propias del ser humano. Nunca ha sido el gallego un dechado de arrojo y determinación. Pero este rehúse ha tenido que sorprender hasta a sus propios militantes y supone una falta de respeto a los siete millones de españoles que votaron al PP el pasado 20 de diciembre. Si es un movimiento táctico para aparecer más tarde como salvador si no prospera un pacto de izquierdas, tiene riesgos notables. Se puede quedar compuesto y sin novia: bien porque fragüe una alternativa cuya aritmética es muy complicada y endiablada pero no imposible, bien porque en su propio partido opten por otra persona (ya hay voces dentro del PP pidiendo que Rajoy dé un paso atrás, la primera Esperanza Aguirre, para cambiar el no rotundo de los adversarios). Sin embargo, parece claro e inamovible que ni ahora ni después, ni éste ni ningún otro candidato del PP, cosechará el apoyo suficiente para gobernar. Por tanto, y si al final este arranque de legislatura resulta fallido y nos vemos obligados a repetir elecciones, Rajoy tendría serias dificultades para mantenerse en el cartel y en el PP se abrirá descarnadamente el debate de su sucesión. La jugada para el gallego puede resultarle letal. Su gestión de la coyuntura política salida de las urnas ha sido patética, se ha inmolado por ausencia de valentía para asumir el encargo del monarca y su salida se producirá a empujones y por la puerta de atrás.

Foto.EFE.

Sesteando

Ha transcurrido un mes justo desde la celebración de las elecciones generales. En este tiempo se ha acentuado más que nunca el perfil pasota e indolente de Mariano Rajoy. El presidente en funciones cada día se asemeja más al personaje de las viñetas de Peridis: tumbado en una cama y fumándose un puro, alguien al que le da igual ocho que ochenta. Cierto que ganó el 20-D pero su triunfo fue tan raquítico que las cuentas no le salen y no hace nada por cambiar su destino. No se ha sabido sobreponer a semejante mazazo electoral y ni nadie ni nada consigue sacarlo de su acusado y prolongado letargo. Además, ha sido tan implacable el rodillo de la mayoría absoluta durante los últimos cuatro años que ahora no tiene amigos con los que asociarse. El panorama es tan negro que hasta el mismo se imagina ya en su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola (Alicante). No mueve un músculo en su tónica habitual, sesteando hasta que su problema se arregle solo, y sus correligionarios comiéndose las uñas de los nervios. Es tal su falta de reacción que la prensa conservadora empieza a inquietarse por el signo del futuro gobierno y el ensimismamiento del que hace gala el líder del PP. A nadie ha de extrañar el parsimonioso manejo de los tiempos de Rajoy. Es marca de la casa. Ahora parece fiarlo todo a una eventual repetición de las elecciones en las que, por supuesto, para pesar de sus cuates de siglas, ya se ha postulado como candidato. Quizá le esté pasando como a Bruce Willis en El sexto sentido y quizá aún no sepa que, políticamente hablando, está muerto… Veremos.

¿Quiere Podemos pactar?

Podemos y, sobre todo, sus allegados no parecen querer acuerdo de izquierdas. El programa del partido de Pablo Iglesias se supedita a las reivindicaciones de otros grupos de raíz independentista que iban en la misma lista de confluencia. Basta escuchar las posiciones de En comú en Cataluña, de las mareas gallegas y en menor medida de los valencianos de Compromís para desvirtuar el rescate de las personas como primer objetivo y situar por delante de todo el derecho de autodeterminación de los pueblos. Con esa línea roja que trazan están dando un portazo previo a cualquier posibilidad de diálogo. Ahí están sus contumaces declaraciones:

Xabier Doménech (En comú): “El compromiso con la celebración de un referéndum se mantiene. Esa condición no es menos importante que el diálogo sobre medidas sociales, la lucha contra la corrupción o la derogación de la reforma del artículo 135 de la Constitución“.

Alexandra Fernández (En Marea): “Reconocer a Galicia como sujeto político propio y como nación periférica del Estado con una especificidad propia y, como tal, con derecho a decidir“.

Mónica Oltra (Compromís): “El referéndum de Cataluña es una cuestión de estado, importante, tiene que abordarse. Si queremos preservar la unidad del estado español, tenemos que dar pasos. No podemos seguir enrocados cada uno en una posición extrema… Defendemos un modelo de estado donde los territorios estén por voluntad y no porque se les dobla el brazo detrás de la espalda… Si preguntamos, tal vez el problema se resuelve en cuestión de meses“.

Con estos mimbres el acuerdo resulta más que complejo. Además  de la reclamación identitaria y rupturista, se pone en riesgo la igualdad de todos los españoles vivan donde vivan.

Foto.Diario crítico. Mónica Oltra, Ada Colau y Pablo Iglesias.

No olvidemos estos cuatro años

De esto es lo que no quiere hablar Mariano Rajoy en campaña y seguramente pasará de puntillas en el debate cara a cara con Pedro Sánchez esta noche. Su balance de recortes es estremecedor. Después de tres años y muchos meses encerrado en el plasma y dando tijeretazos al bienestar de los españoles desde su mullido sillón del Palacio de la Moncloa, ahora se pone el traje de campaña y pone cara de bueno. ¿Y a quién va engañar? Él y sólo él es el responsable del desaguisado social que hemos sufrido desde 2011. Cientos de miles de familias han padecido en sus carnes las políticas crueles del PP. No se debería pasar por alto esta dura realidad a la hora de coger la papeleta de voto el domingo. No olvidemos estos cuatro años de sufrimiento. La desigualdad cabalga desbocada en España.

Y hay programas de partidos nuevos que profundizan en esta línea. Ciudadanos mantiene los copagos, quiere cerrar universidades periféricas, plantea bajar el IVA de artículos de lujo y subir el de los productos básicos de la cesta de la compra (pan, leche, legumbres…), plantea un contrato único que supone despido más barato y una vuelta de tuerca más a la reforma laboral aprobada por el PP… Más madera.

Es el momento del cambio, pero de un cambio seguro y progresista, sensible con las dificultades que atraviesan muchas familias y con conocimiento y preparación para la acción de gobierno transformadora que necesita España. Y ahí la única opción la representa el PSOE.