El colmo

El Gobierno de Mariano Rajoy no ha invertido ni un solo euro en los corredores ferroviarios en Andalucía desde que aterrizó en la Moncloa a finales de 2011. No sólo ha cerrado el grifo, sino que ha destinado más de 6.000 millones (dato ofrecido hoy por el PP) al ramal que discurre por la costa mediterránea hasta llegar a Murcia y ahí lo ha paralizado sin llegar a territorio andaluz. Es tal agravio que sufre esta comunidad autónoma que hace unas semanas se constituyó, a instancia de las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación, una plataforma para reivindicar la conexión de Andalucía a la red transeuropea de transporte ferroviario, cuyo kilómetro cero tanto del corredor mediterráneo como del atlántico comienza por Algeciras, donde se ubica el primer puerto de España y al que el Partido Popular está sometiendo a un castigo injustificable para que pierda su condición de líder. A esta iniciativa ciudadana se han sumado la Confederación de Empresarios, los sindicatos UGT y CCOO, los puertos de Andalucía, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias y la Junta de Andalucía. Sólo no está el Gobierno de la nación: el que no invierte y quiere hacer perder una oportunidad de desarrollo económico que la puede situar como la base logística del sur de Europa.

Con esta realidad incontestable, el presidente  del PP andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, tiene la desfachatez de decir que el corredor mediterráneo es fundamental en un foro sobre esta infraestructura en que participaban peperos de Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía. Pues si es así por qué no le dice a sus compañeros de Madrid que dejen de maltratar a esta comunidad. No se ha acordado en casi cinco años de este proyecto crucial para esta tierra y ahora se descuelga con un ejercicio de hipocresía de aúpa. El discurso lo aguanta todo, pero la realidad desmiente a Moreno Bonilla. Se ha instalado en el colmo del desahogo. Y por si no fuera suficiente ha dejado una frase para la antología: hay que concluir esta obra que “hace frente a la incertidumbre que genera el independentismo y fanatismo yihadista”. Una reflexión muy depurada, sí señor, de reputado estadista… Todo un ‘viva Cartagena’. ¡Qué le han dado esta mañana a este hombre de desayunar!

Foto.- Puerto de Algeciras.

Límites

El papa Francisco ha supuesto un soplo de aire fresco para una Iglesia católica cada vez más distanciada de su clientela. Tanto en sus declaraciones como en sus decisiones se ha desmarcado de inercias obsoletas. Sin embargo, al calor de los atentados terroristas de Francia, el pontífice ha roto esta dinámica rupturista y ha vuelto a esquemas del pasado. Bergoglio defiende poner límites a la libertad de expresión y lo ha hecho con poca fortuna.

Primero erró en el fondo porque la religión no puede coartar este derecho fundamental en una democracia. Esa frontera nos retrotrae a tiempos lúgubres de confusión entre Iglesia y Estado. En el estado de derecho son las leyes las que modulan la libertad de expresión y el poder judicial quien establece si una manifestación es constitutiva de injurias o calumnias. La creencia religiosa no deja de ser una cuestión particular que pertenece al ámbito íntimo de las personas. Por tanto, en pleno siglo XXI el ejercicio de este derecho, que constituye la esencia de la democracia, no se puede podar ni con el Evangelio ni con el Corán.

Además falló en la forma porque el Papa usó un ejemplo poco acertado: “Si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. No sería su intención pero da entender que ante un insulto o una provocación se podría responder con la violencia o tomándose la justicia por su mano. Y es que en las mismas declaraciones a los periodistas, rechazó de plano que, como hace Al Qaeda, “no se puede matar en nombre de Dios“. Ya no estamos en tiempos de cruzadas, menos mal, pero los fanáticos yihadistas sí suponen una amenaza con su bárbara guerra santa.

Todo esto pinta muy mal. Nuestras libertades empiezan a estar en la picota.

Seis meses y un día sin el Plan Centro

Se cumplen seis meses y un día de la derogación del Plan Centro en Sevilla. Suena a condena… A condena para los vecinos del casco histórico de la capital andaluza por obra y gracia del alcalde. Juan Ignacio Zoido nos ha empeorado la vida a mucha gente: más atascos, más dificultad de tránsito para el servicio público, más ruido, más contaminación atmosférica, más riesgo para el patrimonio cultural y un progresivo afeamiento de un entorno histórico-artístico copado por los coches. El tráfico rodado ha desplazado a las personas. Ya no somos el centro de las políticas, sino sufridores de un concepto de movilidad que nos arrincona y da prioridad a los automóviles.

Este fin de semana, coincidiendo con el medio año de tan desacertada decisión, el centro ha sido una jungla. Vehículos entrando a mansalva, aparcados en cualquier sitio y sinfonía ensordecedora de claxon y motor a cuatro tiempos. La Torre del Oro y los bajos de Marqués de Contadero constituyen un ejemplo del despropósito y de la involución a la que nos está condenando el actual gobierno municipal. Una zona de indudable atractivo turístico se convierte en un aparcamiento tumultuoso que da a la ciudad una patina tercermundista, característica de tiempos que ya parecían olvidados.

Cambiar un modelo que funcionaba por el caos es responsabilidad de un alcalde que ha hecho valer su mayoría absoluta y por una malentendida promesa que ha devenido en respuesta soberbia y en la patraña de la manipulación de unos informes para adobar una decisión incomprensible. Y lo peor no ha sido la derogación, sino la incapacidad de los actuales mandatarios de la derecha para articular una alternativa desde el primer minuto. Pero es que han pasado seis meses y un día y en el Ayuntamiento siguen sin alumbrar un modelo que ordene un desbarajuste que jamás se debería haber ocasionado. Esperando a Zoido, ¿hasta cuándo?

Foto.La mirada revoltosa. Tomada el 29 de enero.

Zoido, mentiras e informes manipulados

La mentira tiene las patas muy cortas, me decía mi madre. Y tan cortas. A las primeras de cambio se ha descubierto el burdo engaño urdido por el alcalde de Sevilla para derogar el Plan Centro. Todo un gran montaje de documentos falseados y manifestaciones tramposas para dar un cierto ropaje argumental a una decisión irracional y sin fundamento. Toda la catarata de insidias y medias verdades orquestadas por el equipo de Juan Ignacio Zoido se han venido al suelo como un castillo de naipes. Nunca quiso la aplicación de un sistema de ordenación del tráfico en el casco histórico de la capital, incorporó su negativa a su programa para contentar a unos cuantos amiguetes y suprimió el plan, como había anunciado, pero no con todas las de la ley sino con mentiras e informes manipulados para justificar tan arbitraria decisión. Un acto de pura soberbia enmascarado para demoler un plan que funcionaba, que contaba con un amplio respaldo de los vecinos y que respetaba el medio ambiente y el patrimonio monumental de Sevilla y favorecía el uso y la movilidad del transporte público. Los funcionarios validan el dispositivo y el propio Ayuntamiento pide disculpas a la sociedad adjudicataria por el escarnio público y los daños ocasionados por las críticas falaces de la jauría pepera.

¿Se le habrán subido al alcalde los colores de sonrojo con lo que trasciende de la comisión de investigación? ¿Asumirá alguien en el Ayuntamiento algún tipo de responsabilidad política? ¿Pedirá el muy pío regidor hispalense disculpas al equipo de gobierno anterior por todo lo peyorativo e hiriente que ha salido de su boca y de las de sus compañeros? ¿Pagará Zoido y su troupe de su bolsillo la indemnización a la empresa si decide ésta reclamar ante los tribunales daños y perjuicios ante tanta negligencia? Muchas preguntas están en el aire y posiblemente ninguna respuesta. Darán pronto carpetazo a la comisión de investigación con unas conclusiones minimalistas y a otra cosa mariposa… Esto es, a seguir destrozando el centro con medidas de movilidad del siglo pasado: zona azul, autobuses en La Campana, coches por doquier… Cada día un pasito para atrás para volver a esa ciudad profunda y tradicional, castiza y rancia, ensimismada y ombliguista, inhabitable y colapsada que le gusta a la derecha. Requiescat in pace, Sevilla.

Tráfico caótico

En movilidad Sevilla ha vuelto al siglo XX. Casi tres meses después de la derogación del Plan Centro, el casco histórico es un caos de tráfico. La restricción a los vehículos privados había mejorado la calidad de vida de los vecinos del distrito, la velocidad comercial del transporte pública o la conservación del patrimonio histórico artístico, no se había resentido el comercio y se había reducido mucha contaminación atmosférica y acústica. Con algunos problemas en su aplicación, el Plan Centro estaba resultando más que satisfactorio para el conjunto. Ahora el centro es un despropósito: accesos colapsados, coches en las aceras, en cualquier esquina o en doble fila, un trasiego de tráfico rodado que ralentiza el servicio público y que dificulta el tránsito o incomoda a los propios vecinos.

El milagrero alcalde de la ciudad, Juan Ignacio Zoido, no pudo soportar que sus profecías apocalípticas no se cumplieran y se cargó lo que funcionaba por un mal entendido concepto del poder… Y lo que es peor, lo hizo sin tener una alternativa. Su respuesta ante la marabunta automovilística se reduce a recaudar a lo bestia. Primero, con la Policía Local friendo a multas a diestro y siniestro y, en el horizonte cercano, la reimplantación de la zona azul para seguir metiendo la mano en la cartera del contribuyente. Recetas del pasado para una Sevilla que había apostado claramente por el futuro. Los pasos atrás son evidentes tanto para los vecinos del centro como los de otras zonas de la ciudad.

Sólo ha ganado la arrogancia de una persona como Zoido que no podía admitir que una buena iniciativa del gobierno anterior siguiera vigente. Hoy, todos sufrimos el capricho de una decisión tomada con las vísceras y no buscando el interés general de Sevilla.

Foto.El Correo de Andalucía. Atasco en la calle Martín Villa, a apenas 50 metros de la Campana, kilómetro cero de Sevilla.

Más datos del desastre circulatorio hispalense en lamiradarevoltosa.blogspot.com.

El futuro de las infraestructuras

Nunca te acostarás nunca sin saber algo nuevo. Fue muy ilustrativa la conferencia-coloquio del ministro de Fomento, José Blanco, organizada por El Correo de Andalucía. Tanto en el fondo, con la sostenibilidad del modelo actual de infraestructuras como eje, como en los detalles más concretos que puso sobre la mesa durante la ronda de preguntas. Compartió pormenores que no conocemos la inmensa mayoría y que nos abren los ojos sobre lo que nos cuesta la potente red de transportes pública y gratuita de la que nos hemos dotado:

  • El mantenimiento de las autovías españolas supone un desembolso de 2.000 millones de euros anuales.
  • El mantenimiento de un kilómetro de vía de alta velocidad representa 100.000 euros anuales y se eleva a 180.000 si discurre por túneles.
  • España, pese a la reducción de 4.500 millones de euros en este presupuesto, invierte en infraestructuras el 1,3 del PIB, el doble que Francia o Alemania.

Realidades que nos llaman a la reflexión y a valorar cómo salvaguardar este patrimonio de todos. En estos momentos en que las arcas del Estado están tiritando, se abre paso el debate sobre la subida de los impuestos para cuidar de lo que ya tenemos y para seguir completando esa red de infraestructuras. Siendo políticamente incorrecto pese a la proximidad de las elecciones, Blanco no escurrió le bulto al plantear que habrá que abordar sin duda esta cuestión en la próxima legislatura gobierne quien gobierne. Lo contrario sería mentir o negar la evidencia. Indudable gesto de valentía y sinceridad.

PD.- Otro dato más que deslizó el ministro y que conviene tener muy presente: el Estado ha ingresado 3.000 millones de euros en intereses por los préstamos concedidos a los bancos. Bienvenido sea ese importe.

Otra vez a 120 km/h

Cuatro meses después se podrá circular a 120 km/h. El Gobierno de España esgrime razones para desandar lo andado y recuperar el tradicional límite de velocidad en nuestro país. El barril de petróleo está un puñado de dólares más barato y la previsión es que el precio siga bajando. Por este motivo, no se considera necesario prorrogar una medida que nació con la vitola de transitoria y que ha supuesto un ahorro de 450 millones de euros. En estos momentos de dificultad económica y de falta de recursos en las arcas públicas y privadas, este esfuerzo de contención del gasto está más que justificado. Si tan buen resultado ha dado la moderación de la velocidad en la carretera, ¿por qué no se prorroga en el tiempo hasta que la situación económica repunte con solidez? Un ejercicio de austeridad de 10 km/h reporta un ahorro sustantivo. ¿No es un argumento de suficiente peso para anteponer la solidaridad colectiva a las prisas viajeras? Por si no fuera suficiente, la medida, que no tenía afán recaudatorio porque se ha reducido el número de multas en este periodo, ha favorecido a rebajar aún más la siniestralidad en las carreteras españolas. En estos cuatro meses mal contados, el número de víctimas se ha reducido y hasta en siete días no se registrado ningún muerto. No hace falta que diga que habría mantenido el límite de 110 km/h. Lo defendí cuando se planteó y ahora lo hago con más motivos si cabe.

Mis posts anteriores sobre la cuestión:

A 110 km/h

Ahorro energético

Circulando

Tensiones aeroportuarias

Acabamos de salir del embolado de los controladores aéreos, un colectivo que nos sometió a un pulso en toda regla y puso en jaque a este país durante el puente de la Constitución, y ahora los trabajadores de AENA, sociedad que gestiona los aeropuertos españoles, lanzan otro órdago con una amplia convocatoria de huelga que afecta a fechas tan señaladas como la Semana Santa o los días clave del verano. Con cuarenta días por delante para la negociación, habrá que presumir que todo obedece a una estrategia maximalista de los sindicatos para aflojar a la empresa, que en este caso nos representa a todos los ciudadanos de España.

Está posición de fuerza de la representación de los trabajadores tiene sin duda unos efectos nocivos sobre la economía de nuestro país y asesta un golpe al sector más potente de nuestro tejido productivo que es el turismo. ¿Cuántos viajeros de dentro y fuera de nuestras fronteras desistirán de sus planes de ocio ante la amenaza de ver truncadas sus vacaciones por la huelga de los operarios de AENA? Reconociendo los derechos de cualquier trabajador a defender sus derechos con los mecanismos que les concede el estado de derecho, a nadie se le escapa que esta decisión preventiva es inoportuna y especialmente perjudicial en un momento en que España empieza a apuntalar su recuperación económica después de más de dos años de severa crisis internacional.

En el quiosco nacional, esta protesta sindical recibe duras críticas. En El Mundo se califica la huelga de “abusiva” y se considera un “chantaje“. Dice este rotativo: “El calendario de paros es tan desorbitado, desproporcionado y dañino que pervierte la reivindicación laboral y se convierte en un chantaje inaceptable al Estado, abusando de una posición de dominio en un sector estratégico de nuestra economía“. ABC, en portada, subraya que “los viajeros vuelven a ser rehenes”, mientras que El País, con un título más descriptivo, publica que “los sindicatos amenazan con 22 días de huelga en fechas clave”.

El clamor en los medios de comunicación es generalizado ante este nuevo conflicto que se cierne en un horizonte cercano. Esperemos que haya acuerdo, hay tiempo más que de sobra para ello, y todo se quede en agua de borrajas. Aun así, el sector turístico habrá sufrido un contratiempo de cierta consideración. Así que el consenso de AENA y los sindicatos cuanto antes mejor.

Circulando

A las 6.35, apenas media hora después de entrar en vigor la rebaja del límite de velocidad a 110 km/h, me subía al coche para recorrer los 200 kilómetros que separan la Estación de San Roque de Sevilla. Todavía de noche me disponía hacer un trayecto con la nueva norma de circulación. En previsión, salí con más tiempo para compensar la minoración obligada del ritmo de viaje. La primera noticia de la radio versaba sobre esta medida aprobada por el Gobierno de España para ahorrar combustible. Desde la emisora se afanaban en aclarar algunos extremos en cuanto a las sanciones que comportaban infringir el nuevo tope. Al parecer, te multan desde el mismo momento en que sobrepasas el límite estipulado, pero sin embargo los radares te tiran la foto cuando rebasas los 125 km/h. En el intento de disipar dudas, me surgieron algunas nuevas. Eso sí, el régimen de los puntos se queda como estaba. Me discipliné todo el camino para que la aguja del cuentakilómetros no alcanzara en ningún momento los 120 km/h. Más vale prevenir que dejarse unos cuantos euros en la gatera de la Dirección General de Tráfico. Con esta reducida velocidad de crucero, el camino se me hizo más largo que de costumbre, daba la sensación de que el coche apenas avanzara. Lo mejor, el consumo de gasóleo fue menor que otras ocasiones. Un poco más lento, un poco más seguro y un poco más de combustible en el depósito. La ecuación no resulta del todo mala.

Foto.TVE.