Testigo de excepción

TESTIGO DE EXCEPCIÓN
Francisca Aguirre

Un mar, un mar es lo que necesito.
Un mar y no otra cosa, no otra cosa.
Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.
Un mar, un mar es lo que necesito.
No una montaña, un río, un cielo.
No. Nada, nada,
únicamente un mar.
Tampoco quiero flores, manos,
ni un corazón que me consuele.
No quiero un corazón
a cambio de otro corazón.
No quiero que me hablen de amor
a cambio del amor.
Yo sólo quiero un mar:
yo sólo necesito un mar.
Un agua de distancia,
un agua que no escape,
un agua misericordiosa
en que lavar mi corazón
y dejarlo a su orilla
para que sea empujado por sus olas,
lamido por su lengua de sal
que cicatriza heridas.
Un mar, un mar del que ser cómplice.
Un mar al que contarle todo.
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.

* Francisca Aguirre, Premio Nacional de las Letras 2018, falleció a los 88 años el pasado 14 de abril.

Razón de lágrimas

RAZÓN DE LÁGRIMAS
Luis Cernuda

La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.

Acaso los amantes acuchillan estrellas,
acaso la aventura apague una tristeza.
Mas tú, noche, impulsada por deseos
hasta la palidez del agua,
aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.

Más allá se estremecen los abismos
poblados de serpientes entre pluma,
cabecera de enfermos
no mirando otra cosa que la noche
mientras cierran el aire entre los labios.

La noche, la noche deslumbrante,
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos.

Cielo arriba

CIELO ARRIBA
Raquel Lanseros

Y qué gozosamente, con qué brío
uno se da de bruces con el mundo
y antes de comprenderlo ya lo ama.

Y qué fascinación la del principio
por descubrir el barro originario
y encontrarlo en las ranas en su charco
croando las verdades inmutables
y en el ámbar goloso de la cidra
que imita en su dulzor el sueño mismo.

En busca de lo grande que supone
contener lo pequeño uno se embarca luego
que la fortuna obliga y el sendero
no deja de tentar al caminante.

Y va haciéndose hora y los paisajes
se despliegan y vibran con asombro
y los rostros desfilan y la lucha
renueva su silueta milenaria
y la rueda del mundo gira y gira
y va cambiando fuerza por cansancio
pero el encantamiento no termina
y uno se siente vivo porque sabe
que todo está en primicia eternamente.

Y se recuesta al borde del destino
para beber la sombra, cuando escucha
el croar de las ranas en su charco.

La primera verdad que siempre vuelve
a quien ya entiende que es la verdadera.

Música de cámara

MÚSICA DE CÁMARA
Antonio Gamoneda

I

Si pudiera tener su nacimiento
en los ojos la música, sería
en los tuyos. El tiempo sonaría
a tensa oscuridad, a mundo lento.

Mezclas la luz en el cristal sediento
a intensidad y amor y sombra fría.
Todavía silencio, todavía
el sonido no tiene movimiento.

Pero llega un relámpago; se anudan
en los ojos lo bello y lo potente.
La fría sombra se convierte en fuego.

La belleza y el ansia se desnudan.
La música se eleva transparente.
Oh, sonido de amor, déjame ciego.

II

Yo, sin ojos, te miro transparente.
En la música estás, de ella has nacido;
de este grito de luz, de este sonido
a mundo amado luminosamente.

Y yo escucho después —agua creciente—
a la música en ti: todo el latido,
todo el pulso del aire convertido
a tu belleza, a tu perfil viviente.

Tumba y madre recíproca, del canto
orientas a tus venas la agonía,
y tus ojos asumen su potencia.

Oh prisión de la luz, después de tanto,
ya veo en el silencio: la armonía
es tu cuerpo, tu amada consistencia.

Desde que te marchaste…

Desde que te marchaste no consigo que vuelva
a reír el naranjo, en cuyas ramas
ponías a secar mínimas prendas.

Pálidas las paredes del salón, aún se acuerdan
de otras tardes, de ti, de otras mañanas,
de otras noches más allá de la regla.

Desde que te marchaste se ha quedado de piedra
esta casa de campo, donde fuimos,
sin pretenderlo, escándalo de viejas.

Javier Salvago

Parte de guerra

PARTE DE GUERRA
Juan José Téllez

Cuando vuelvas del miedo, tráeme los nombres
de aquellos recuerdos que no nos conciernen,
la calle en tinieblas donde nunca hubo pasos
sonando en silencio por la madrugada.

Cuando el país del regreso ya figure en tu ruta,
devuélveme las islas en donde nunca buscamos
un tesoro sin mapa, esas raras fronteras
asoladas por las huestes de la melancolía.

Cuando bajes acaso del vapor de los siglos
y no venga nadie al puerto a saludar tu viaje,
pregunta por los años en que un tipo avistaba
en el muelle, cada tarde, la línea de la sombra.

Cuando acudas, entonces, susurrando canciones,
películas antiguas, las huellas de otro tiempo,
sólo verás la muerte y una casa sola,
pero ni en tus propias palabras hallarás abrigo.

Cuando el destino te alcance con su zarpa de acero
y todas las ruletas apunten a las sienes,
dime el rumbo de una ciudad que no sea mentira
y una sola pasión sin daños colaterales.