Rufián

abril 14, 2017

Cada vez que habla sube el pan… ¿Qué sería Gabriel Rufián sin sus insultos y su permanente actitud altanera? Posiblemente nada, sería uno más del montón, pasaría desapercibido para el gran público. Con sus exabruptos, sus improperios y sus gestos chulescos, el inefable diputado de ERC sólo busca provocar, abrirse un hueco en el ámbito mediático, arrimar el debate a lo superficial para no entrar en el fondo de los asuntos, donde ya no se encuentra tan cómodo. En lugar de sobresalir por sus argumentos y su rigor intelectual ha tomado el atajo del ataque personal y del lenguaje subido de tono. Es el papel que le ha tocado o ha elegido desempeñar. Y se entrega a tope, ya sea en la tribuna del Congreso de los Diputados, delante de los micrófonos de los medios de comunicación o a través de su cuenta de Twitter. No suele dejar títere con cabeza, emplea el golpe bajo y atiza las más bajas pasiones para llevar al adversario político al rincón donde mejor se desenvuelve. El mejor antídoto ante este tipo de especímenes es la indiferencia, no caer en su trampa, mantener la distancia para poder desplegar toda la fuerza de la razón, zafarse de los trucos dialécticos emocionales. En el tablero democrático no hay que buscar el jaque mate del adversario sino anteponer los elementos que nos unen y favorecen la convivencia. Ahí naufraga Rufián, político de piñón fijo que sólo tiene el registro del conflicto y que, desde luego, hace honor a su nombre.

Foto.El Periódico de Cataluña.

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