Prohibir el whatsapp

Cada vez que ocurren episodios terroristas se abre el fatídico debate entre seguridad y libertad. Y en esa discusión se impone una poda sistemática de la esencia de la democracia que es la libertad. Desde el ataque a las Torres Gemelas hemos ido dando pasos atrás en este principio, para mí irrenunciable, en aras a una mayor protección ante el nuevo enemigo que amenaza nuestra convivencia. Para frenar al yihadismo nos han arrebatado parte de nuestra razón de ser democrática. Ahora, al calor de los atentados de Francia, recobra fuerza esta pulsión de ir poniendo coto a nuestro albedrío. Menuda paradoja que la respuesta a la sinrazón y la violencia contra la revista satírica Charlie Hebdo sea un recorte de libertades, justo cuando unos bárbaros acabaron con la vida de 12 personas en el asalto al semanario por ejercer esta prerrogativa democrática.

Y en esta escalada internacional de anteponer la seguridad a cualquier otra consideración se descuelga el primer ministro británico, David Cameron, con la prohibición del whatsapp, posiblemente la aplicación que más actividad comunicativa soporta en el mundo occidental. Los argumentos de Cameron son terroríficos e inasumibles: como no nos dejan tener acceso a las conversaciones que se producen en la mensajería por Internet (realmente quiere decir espiar), pues lo mejor es no permitir su uso o cerrarlo. Bajo la premisa de favorecer comunicaciones seguras, nos plantea el premier británico una especie de Gran Hermano que nos controle a todos por si acaso. Como sigan por este camino nos dejarán un sucedáneo de la democracia.