Chávez, mito y demonio

marzo 6, 2013

El regreso sigiloso, discreto, sin la aparatosidad mediática que le caracterizaba, era un síntoma elocuente de que a Hugo Chávez se le estaba agotando la cuerda de su reloj vital. Retornaba a su Venezuela natal a rematar los últimos días en compañía de los suyos, algo humano y natural. La defunción del comandante estaba prácticamente escrita desde que abandonó Cuba. Los denodados esfuerzos de sus más estrechos colaboradores por mantener viva la esperanza (0 quizá el mito) tenían las horas contadas. Se iba acabar imponiendo la cruda realidad en forma de dañino cáncer. Si estas últimas semanas hay algo que me ha molestado especialmente, ha sido el buitreo de los partidos de la oposición y de observadores conservadores (entre ellos, muchos medios españoles) para que renunciara a la presidencia sabiendo que su final estaba a la vuelta de la esquina y que había arrasado de nuevo en las urnas apenas unos meses antes. Una urgencia trufada de impudicia y revestida de argumentos jurídicos que, de facto, se traduce en una falta de respeto y compasión hacia una persona que pleiteaba en clara desventaja con la muerte. Por momentos, sus adversarios políticos y mediáticos daban la sensación de desear su fallecimiento como única manera de superar la derrota y avizorar una nueva tentativa electoral hacia el poder.

Nunca ha sido Chávez un personaje público de mi predilección. Y eso que comparto buena parte de sus ideales que no de sus formas ni de sus prácticas. Me parecía un mandatario populista, excesivo, mesiánico, estridente. Unos defectos que no pueden ocultar las virtudes de este animal político querido por una amplia mayoría que le ha dado su voto durante años y odiado sin ambages por sus detractores. Nadie puede poner en duda la mejora en el bienestar de las clases más desfavorecidas por su compromiso cierto con el valor socialista de la igualdad. El país que deja, con todos sus problemas, tiene más cohesión social, mejores servicios (educación, sanidad o vivienda) y una economía emergente gracias a sus ricos yacimientos petrolíferos. También en su herencia queda la incapacidad para atajar la violencia (21.000 personas asesinadas en 2012), el desgarro de la sociedad venezolana por la radicalización política y un ataque intolerable a la libertad de información (en su mandato ha cerrado una treintena de medios). Pasará a la historia, por tanto, como gobernante controvertido, con claroscuros, caudillo e icono revolucionario dentro y fuera, amado y denostado con la misma intensidad, alguien que no pasaba desapercibido y a nadie dejaba (para bien o para mal) indiferente.

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