“Si hay algo que no tocaré serán las pensiones”

Lo dijo hace tan sólo dos meses. Y no era la primera vez que se manifestaba con tanta solemnidad sobre el asunto. O tanto cinismo a la vista de sus decisiones. Las hemerotecas y Youtube están repletos de golpes de pecho y compromisos huecos del presidente del Gobierno. Está claro que la palabra de Mariano Rajoy carece de valor. Se ha desdicho demasiadas veces de sus compromisos en menos de un año de gestión. Al menos podía haber dado la cara y explicado a la sociedad española el porqué de la no revalorización de las pensiones. Y de otros muchos incumplimientos que ya acumula en su mochila de mal gobernante. ¿Por qué no asume su responsabilidad con la verdad por delante? O como a él le gusta decir, llamando al pan, pan y al vino, vino.

Si hubiera tenido las agallas de comparecer ante los españoles, no le habría quedado más remedio que admitir que los Presupuestos Generales del Estado de 2012 son un artificio contable porque el papel lo aguanta todo. Esa subida de las pensiones que se dibujaba en el texto era pura ficción: no se contemplaba ni la caída de la previsible afiliación a la Seguridad Social ni la evolución de la inflación (se ha disparado hasta el 2,9% pese al descenso de noviembre). Y en menor medida, ni el mayor número de beneficiarios por la mayor longevidad de la población pasiva, ni la tasa de sustitución (los nuevos pensionistas que se incorporan tienen nóminas más altas que los que fallecen). Estos dos últimos indicadores no tienen una gran repercusión en un año pero son claves para definir el futuro del sistema público de pensiones.

¿Nos podrían asegurar desde el Palacio de la Moncloa que la mensualidad de diciembre la podrán abonar sin tocar el Fondo de Reserva? El Gobierno ya está dejando caer que la hucha de las pensiones estará abierta para tapar agujeros hasta 2014. No escucho a nadie del Partido Popular quejarse de esta maravillosa herencia de 65.000 millones que le dejó José Luis Rodríguez Zapatero.

No tengo nada que perder

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NO TENGO NADA QUE PERDER
José Manuel Caballero Bonald

Aquel nocturno yerbazal, al borde

del declive de acebos, ciegamente

buscado entre el vislumbre

del amor, bajo el troquel efímero

de la naciente luna ciñe

con sus trémulos odres toda

la historia de mi vida, el privilegio

de mi junta y profética memoria,

y allí estará mi vocación gestándose,

cómplice cuerpo transitorio

fronterizo del mío para nunca.

La tierra genital, los estandartes

fugitivos del sueño, la prohibida

palabra, permanecen

junto al amor que escribo, tachan

con su verdad los nombres

de mi boca.

Compartida codicia,

¿qué haré con este cuerpo

sin el tuyo?

Subí desde la sombra

hasta la luz, puse mi mano

en el aire vacío. Aquí

me entrego, dije,

no tengo nada que perder.

Cuántos

turbadores resquicios fraudulentos

se desvelaron para mí, mientras anduve

tropezando.

En la pared aquella,

cerca de la hondonada parpadeante,

bajo el metal marítimo fundido

entre los dos, fui desnudado

del lastre primerizo de mi alma

y levanté los ojos hacia el cuerpo

aterido. Aquí me entrego, dije,

preso estoy en mi propia libertad.