Segregación clasista y sexista

Ya está sobre la mesa la reforma educativa de Mariano Rajoy, séptima de la democracia. El Consejo de Ministros dio luz verde en su reunión a un anteproyecto de ley con el sarcástico y petulante nombre de “mejora de la calidad de la educación”. Antes de entrar en el regresivo contenido de la reforma, tiene bemoles que con los recortes y los obstáculos que está poniendo a la educación pública, una voladura controlada y calculada de la igualdad de oportunidades, el Ministerio se descuelgue con semejante nombre para su proyecto de involución académica.

El modelo educativo que quiere poner en marcha el ministro Wert supone un paso atrás desde el punto de vista pedagógico (añoranzas de aquellos tiempos del catón) y pretende restar fondos a la escuela pública para favorecer el negocio privado y un modelo más clasista, elitista y segregador. Con estos mimbre se ahondará en la brecha social (los hijos de familias con menos recursos estarán en desventaja) y no se facilitará la integración. Al segregar desde edades muy tempranas se abona el terreno para el incremento del fracaso escolar. La división prematura de estudiantes, como ocurría antaño, en listos y torpes, penalizará a los procedentes de entornos con ambientes sociales más humildes.

Segregación por razones académicas y también por razones de sexo. Una prueba más del órdago ministerial es la inclusión de la educación diferenciada (los niños con los niños y las niñas con las niñas) como beneficiaria de recursos públicos pese a la reciente sentencia contraria del Tribunal Supremo. El alto tribunal entiende que en estos centros no se favorece la igualdad efectiva de hombres y mujeres. El Gobierno, sin embargo, hace oídos sordos a este fallo judicial.

Se ha producido una reacción casi unánime de rechazo al proyecto. Sindicatos, oposición política, comunidades autónomas, profesorado y padres y madres de la escuela pública. Sólo ha contado el anuncio de Wert con el aplauso de la patronal y las familias de colegios católicos y privados. Por si había alguna duda sobre el maltrato que el Gobierno de la nación iba a por la escuela pública, las adhesiones a la reforma señalan quienes son los principales beneficiarios de la misma. Por tanto, estamos ante la imposición de un pendulazo ideológico por más retórica beatífica que se derroche desde el Palacio de la Moncloa.

Sería imprescindible que Wert abandone las bravatas y que abra un proceso de diálogo con las comunidades autónomas y con el conjunto de la comunidad educativa. El Gobierno central debe despojarse de sus prejuicios ideológicos y favorecer una reflexión serena y plural que dé respuesta a las necesidades del sistema educativo. Si no se aviene al diálogo, la reforma condenará a muchos niños y niñas al fracaso. Y lo que es peor hará germinar una sociedad de dos velocidades al liquidar la igualdad de oportunidades.