El camino de la felicidad

Me caso… Y me embarco en una travesía de ensueño. En poco más de dos horas pasaré por el Ayuntamiento de San Roque para sellar mi compromiso con Regina. Esta mañana será el acto administrativo de nuestro enlace y mañana la ceremonia civil y, sobre todo, emotiva en Conil de la Frontera, con el Atlántico al fondo. Un rincón y un océano que siempre me evocan buenos recuerdos y donde no me importaría recalar cuando ponga fin a mi vida laboral. Todavía queda para eso. A estas edades, con la cabeza cana, la mochila vital cargada de experiencias y tres niños entre los dos (Miguel Ángel, Daniel y Abril), una boda se vive de manera diferente y, fundamentalmente, con mucha más ilusión. Sin nervios y sin la presión de las convenciones sociales. Sólo el  libre albedrío y el amor me (nos) empujan a dar un paso firme, decidido e imprescindible. (Para algunos inexplicable, indispensable para mí). Con sinceridad y sin vanidad, me encuentro en el mejor momento de mis cuatro décadas largas: estabilidad emocional, un relativo grado de madurez y ganas de vivir a raudales. De este cóctel de buenas sensaciones es responsable la que será mi cónyuge dentro de noventa minutos. No empiezo una nueva vida, continúo el camino que emprendí hace más de tres años. El camino de la felicidad. Un camino compartido con Regina.