La cicatriz

Todas las heridas dejan una cicatriz. El Rey ha pedido disculpas por el triste episodio del safari de Botsuana. No le quedaba otra: con un patinazo tan sonoro y tan inconveniente, la única salida posible era entonar el mea culpa. El clamor social obligaba a dar la cara y asumir sin paliativos un error tan mayúsculo. Los medios de comunicación ya han pasado página y aceptan el acto de contrición del monarca. Sólo queda saber cómo responde la opinión pública, especialmente sensible en estos momentos, y si se conforma con un simple gesto o insiste en una adaptación de los usos y costumbres de la Corona acorde a los tiempos que corren. El yerro de Don Juan Carlos ha provocado un profundo malestar y la gente ya no está para tonterías. El daño en el prestigio, aunque tiene cura, ha sido profundo, más de lo que muchos analistas quieren ver, y semejante rasguño requiere de una sutura más compleja que una simple comparecencia pública. La Casa Real tiene que dar más pasos en materia de transparencia para que este doloroso desliz no degenere en desconfianza hacia la institución. La cicatriz que ha quedado tras la caza de elefantes ha de ser el recordatorio permanente para evitar reincidencias.