¡Dejadme solo!

Mariano Rajoy ha reaccionado ante las furibundas embestidas de los mercados como los toreros que sufren un revolcón en plena faena. Se ha levantado, ha intentado recomponer la figura con ademanes y desplantes de impostado coraje y le ha pedido a sus subalternos que se retiren con gritos histéricos y rostro de severidad hacia el toro. La cuadrilla se resiste a abandonar el albero: saben que al maestro le tiemblan las canillas, que se ha llevado un costalazo de órdago y que no está en condiciones para medirse con el morlaco. ¡Dejadme solo!, vocifera el matador con semblante pétreo y rebosante de mala leche. Quiere digerir cuanto antes el mal trago, pasar página de manera inmediata y demostrar al tendido que está por encima de la res. No siempre lo consigue.

He visto cierto paralelismo en la respuesta de Rajoy a la mano tendida de la oposición y los sindicatos para lidiar este peligroso animal de la crisis y los especuladores. Más allá del acierto o no del símil, la verdad es que el presidente del Gobierno ha despreciado la oferta de colaboración del PSOE, de UGT y CCOO y de las comunidades autónomas donde no gobierna el PP. Va a lo suyo, que es lo que le dicta su correligionaria Merkel desde Berlín o desde Bruselas a través de personas interpuestas. El presidente español no quiere testigos externos de los meneos y los empujones de los mercados ni de los tirones de orejas de la canciller alemana. Se quiere comer solo la tabla de imposiciones para contentar a los insaciables mercados. No extraña esa alergia al diálogo y al consenso. No quiso colaborar cuando estaba en la oposición y no quiere tampoco participación de terceros en este trance. Mal para España. Hace falta recuperar los consensos políticos, sociales e institucionales en estas circunstancias de extrema debilidad.

Como el torero volteado, Rajoy grita ¡dejadme solo! No es más líder el más osado o el que más arriesga, sino el que sabe concitar mayor respeto de propios y ajenos y liderar las situaciones complejas. Es tiempo de consensos y de unidad. Además, el político gallego nunca ha sido un arrojado. Mariano, si no sabes torear, para que te metes.