Cien días de goteras

Todos los gobiernos tienen los famosos cien días de cortesía cuando despega la legislatura. Mariano Rajoy los ha tirado por la borda. Se las ha querido dar de reformista (léase, involucionista) con medidas impopulares, contrarias a sus promesas electorales e injustas y ha perdido mucho del crédito que acumuló en las elecciones del 20-N. En poco más de cuatro meses desde la cita electoral, el inquilino de la Moncloa nos ha obsequiado con una subida de impuestos y tasas (IRPF, IBI, luz, gas y por acceder a la Justicia), paralización de ayudas y recortes (dependencia, energías renovables, a la investigación…), una reforma laboral que nos despoja de derechos y nos deja indefensos a los empresarios, unos presupuestos generales que consagra un recorte de 25.300 millones de euros y una amnistía fiscal a los grandes defraudadores. Con estas credenciales más una huelga general y dos decepciones electorales (Andalucía y Asturias) de por medio, Rajoy ha cerrado este nefasto primer tramo de mandato.

Por mucha pompa y celofán con el que los medios de comunicación conservadores quieran adornar este periodo (algunas portadas de ayer rozaban el ridículo de tanta adulación), no pueden ocultar la frustración que a muchos votantes de buena fe ha generado los engaños y las contradicciones en que ha incurrido el PP. Demasiadas goteras en tan poco tiempo. Ítem más, la tan criticada dependencia del Ejecutivo anterior a las directrices de Bruselas se ha multiplicado con una cesión intolerable de la soberanía nacional. Hoy la mandamás europea, Angela Merkel, manda un emisario de su partido para supervisar las cuentas del Estado para 2012. No podemos caer más bajo. No es que la Unión Europea vigile el cumplimiento del compromiso de déficit (5,3 para 2012 y 3% para 2013), es que la canciller alemana nos mande un heraldo de segunda o tercera fila a tomarle la lección al presidente elegido democráticamente por la ciudadanía española.

Rajoy ha olvidado todo lo que decía en la oposición y, lo que es peor, ni ha dado la cara ni nos dice la verdad. Uno de sus mantras era no ocultar nunca la realidad y desde que se sentó en la poltrona ha practicado la hipocresía a diario y se ha escondido detrás de sus subalternos. Ha sido más expresivo y más claro en sus confidencias captadas por indiscretos micros abiertos que poniendo el rostro en sus escasas comparecencias públicas. Acobardado detrás del un cómodo burladero institucional no se demuestra la capacidad ni el liderazgo. Siempre ha sido Rajoy un político timorato, sin audacia ni arrojo acreditados, el peor timonel posible para una situación tan complicada con la que estamos viviendo.

Y como no ejerce ni dentro de su propio partido, las aguas se empiezan a mover en el remanso en el que se habían instalado los dirigentes peperos. Hay movimientos contra el excesivo poder que atesora María Dolores de Cospedal y su falta de tiempo para atender tantos frentes, las voces que piden la dimisión de Javier Arenas como presidente del PP andaluz tras su cuarto fracaso en unas elecciones autonómicas o las demandas del propio Rajoy para que desde el partido se defiendan unas medidas de su Gobierno que ni ellos entienden.

Cien días en que el azul cielo que presidía en la calle Génova y en la Moncloa se ha tornado en azul oscuro casi negro.

PD.- En la foto de Efe de esta mañana, ¿qué confidencia le estaría haciendo Rajoy (a lo Mourinho con la mano en la boca) a Arenas?