Venecia

No tiene nada de extraordinario decir que Venecia es una ciudad con encanto. Atesora historia y valor arquitectónico, rincones mágicos, una atmósfera romántica y una gente acogedora. Le sobra bullicio, como a cualquier enclave con tanto atractivo. Lo mejor es perderse por rivas y fondamentas poco transitadas por el turismo. Y sin olvidar las islas, especialmente Burano, aunque Murano y Torcello bien merecen un recorrido. Y vivir la estancia a tu aire, alejado de circuitos y guías, buscando lo auténtico y genuino, lo que no está en catálogos ni en revistas promocionales. Se respira cierta decadencia, en algunos puntos llega a ser alarmante. Para proteger y salvaguardar este paraíso de canales y puentes, las autoridades venecianas han puesto desde el 24 de agosto (justo el día anterior a mi llegada) una tasa de cuatro euros por cada noche de estancia. Le hace falta un impulso para que este reducto de fantasía no pierda valor ni se degrade sin remisión. La gente no dejará de ir a Venecia por este impuesto y los más de veinte millones de personas que acuden a la ciudad de San Marco cada año contribuirán a la conservación de su impresionante patrimonio.

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