Cerco publicitario a la política

Algunos se alejan de la política como si de una apestada se tratara. Demasiadas tribunas, muchos altavoces, múltiples voces interesadas arrean con su ariete para generar el desencanto y la desafección de la ciudadanía hacia la cosa pública. Esta realidad, convenientemente aderezada por los que sólo creen en los mercados y desdeñan la regulación y el papel redistribuidor de los estados, se reviste en el mundo de la publicidad de tintes hipócritas y ribetes cínicos.

A María Gámez le han impedido en el último minuto poner una gran lona de publicidad en un edificio. La sociedad propietaria del inmueble ha vetado la instalación de la imagen de la candidata socialista a la Alcaldía de Málaga cuando ya contaba con los permisos municipales y el contrato firmado y pagado con la empresa de publicidad. María se queja con indignación y razón de este inopinado y arbitrario veto. El único argumento esgrimido es la negativa a albergar campañas políticas.

Algo parecido le ocurrió a Juan Espadas a primeros de noviembre. Al candidato del PSOE por Sevilla le denegaron unos soportes publicitarios por orden directa desde París de la multinacional Decaux, que explota distintos soportes urbanos en la capital andaluza tras ganar el concurso del Ayuntamiento. Se lanzaba una campaña de Espadas en las que se contemplaba unos emplazamientos conocidos en el argot del gremio como mupis ciudad. El pistoletazo de salida estaba previsto para el martes 9 de febrero y el viernes anterior llegó la negativa de la matriz de la exclusivista. El considerando fue idéntico al ofrecido a Gámez en Málaga: negativa a la publicidad política. Esta campaña, sin embargo, ya contaba con la aceptación de la central de compras y el visto bueno de Decaux España.

El portazo de Decaux al candidato sevillano se solventó gracias a que en la comunicación interna no figuraban los relojes-termómetros, también explotados por la misma firma, y la central de compras aprovechó con habilidad ese resquicio para colocar la campaña. Coincidiendo en el tiempo, los mupis ciudad estaban plagados de carteles con la presentación de la hagiografía del aspirante popular, Juan Ignacio Zoido, en su alocado y demagógico destino a Sevilla, con mensajes y loas a un futuro gran alcalde. Eso no fue considerado publicidad política. Vale, era una campaña de promoción de la lectura. ¡Tururú! Por lo menos, como en aquel famoso anuncio, que no nos intenten colar pulpo como animal de compañía.

En este mundo de la publicidad se dan circunstancias atípicas o, cuando menos, pintorescas. Por ejemplo, las centrales de compras por estatutos no contratan directamente con los partidos. Lo hacen a través de agencias de publicidad y así lavan sus conciencias. Las exclusivistas, por su parte, se ponen muy dignas cuando consiguen sus adjudicaciones de administraciones públicas. Ejercicios de doble moral que, por desgracia, se aceptan con normalidad en las sociedades democráticas.