Una huelga que ensucia Sevilla

Vaya por delante mi respeto más absoluto a los convocantes del paro general del 29 de septiembre. No comparto sus argumentos ni considero que sea el momento oportuno para una movilización de estas características. Sin embargo, les asiste el derecho constitucional a la huelga, a manifestar públicamente sus discrepancias con las medidas adoptadas por el Gobierno de España, algunas muy dolorosas pero imprescindibles, para frenar el déficit público, mejorar la situación del país ante los mercados financieros y apuntalar los síntomas de recuperación económica y propiciar la creación de empleo. Ésas son las reglas del juego democrático y no tengo nada que objetar. Libertad y consideración cívica tanto para el que quiera secundar la protesta como para el que opte por cumplir con su jornada laboral como si de cualquier otro día se tratase.

No me parece tan edificante, en cambio, la recuperación de viejos métodos de propaganda y convocatoria de la huelga porque dejan una huella indeleble de suciedad en nuestras ciudades. Concretamente Sevilla, y supongo que no será un caso aislado, está repleta de pintadas y carteles en espacios y mobiliario públicos y en inmuebles privados. Pese a las nuevas formas de comunicación en la red y la abundante publicidad pagada en medios tradicionales, especialmente en radio, que están utilizando los patrocinadores del 29-S, algunos se han armado de aerosoles y cubos de cola ensuciando una ciudad cuya principal industria es el turismo, afeando la fisonomía de un municipio ya de por sí vilipendiado por tanto maniático del garabato insulso y sin sentido.

Me molesta sobremanera esta falta de afecto y miramiento por lo que es todos o por lo que es propiedad de personas con nombres y apellidos, incluso por el daño causado al intangible valor de la marca Sevilla cara al exterior. No sé cómo reaccionarían éstos que aprovechan el anonimato de la noche para pintarrajear fachadas, plazas públicas y elementos de decoración de la ciudad si a cualquiera le diera por plantar una proclama reivindicativa en su vehículo particular. Seguramente se acordaría de la familia del autor de la fechoría. Cualquier ciudadano ha de velar y cuidar de los bienes públicos y privados. Es una simple cuestión de civismo.

No me vale la excusa de que en la guerra (sindical) todo vale para conseguir los objetivos. Compañeros y compañeras, parafraseando el lema del 29-S, así no. Esos excesos los sufrimos y los pagamos todos.

Fotos.- Dos de los muchos ejemplos de mi barrio: Esquina de las calles María Coronel y Bustos Tavera (arriba) y calle Regina (abajo).