Mecha populista

Nicolás Sarkozy ha prendido la mecha populista. Estaba bajo de popularidad en los sondeos, la izquierda francesa le había ganado en las elecciones regionales y el ultraderechista Frente Nacional había recobrado espacio en el electorado galo. Necesitaba un golpe de efecto para recuperar el terreno perdido y encarar con holgura la recta final de su mandato. La pócima mágica elegida es la mano dura, recuperar el tono del gendarme. En este caldo de cultivo se cocina la expulsión masiva de los gitanos rumanos, ciudadanos tan europeos y con los mismos derechos que un británico, un sueco o un alemán. Eso sí, su principal problema es que son pobres, pobres de solemnidad, y en la opulenta Francia molestan.

Al más puro estilo Napoleón, Sarkozy ha actuado con la soberbia del poderoso. No ha perseguido a personas con mala conducta o con expedientes delictivos. Como meses ante hizo Silvio Berlusconi, ha desterrado a una etnia por consideraciones racistas y xenófobas. Se ha saltado la legislación europea a la torera y, además, se ha permitido la chulería de abroncar al presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, otro hombre de derecha, por afearle un comportamiento que atenta contra las normas comunitarias. En este triste episodio, merece un reconocimiento la comisaria europea de Justicia, Viviane Redding, quien más allá de sus supuestos excesos verbales, ha antepuesto los principios y la ética frente al posibilismo del presidente francés. El aparato de Bruselas ha respondido con más dignidad que el conjunto de los países miembros de la Unión. Todos sin excepción, incluido el presidente español, se han puesto de perfil y han dejado que Sarkozy imponga su doctrina autoritaria y bravucona. Pragmatismo frente a valores.

Sarkozy se ha subido a la ola del populismo, abriendo una senda peligrosa, enseñando el camino a otros gobiernos y otros partidos de derechas. En España, el Partido Popular ha tomado nota con celeridad, no ha perdido ni un minuto. La candidata popular en las elecciones catalanas, Alicia Sánchez Camacho, se paseó ayer por Badalona, acompañada por una eurodiputada correligionaria del jefe de Estado francés, buscando campamentos de gitanos para proseguir con la onda expansiva y caldear más el ambiente. Entretanto, en la sede nacional del PP se da la callada por respuesta, se deja hacer, se mira hacia otro lado mientras en Cataluña empiezan a desbrozar el terreno de la intolerancia. Y éste es el partido que, teóricamente, defiende el ideario cristiano. ¿Dónde aparcan la compasión, la solidaridad o la misericordia?

En estos momentos de crisis alentar las bajas pasiones no requiere mucho esfuerzo. Desde la reacción se considera un atajo cómodo y muy rentable para obtener una suculenta tajada electoral. Jugar con estos temas tan sensibles desde la demagogia barata entraña un riesgo evidente para la convivencia. Y quien juega con fuego…