Cruzada contra el laicismo

A Benedicto XVI no le va la diplomacia, ni siquiera la templanza, virtud tan cardinal y exigible al primer pastor del rebaño católico. Por donde pasa va dejando enemigos o cabreados. Sus visitas pastorales generan un reguero de desafecto y malestar. No se corta un pelo. En su llegada a Reino Unido ya cinceló un primer titular corrosivo al comparar el ateísmo radical con el nazismo, una agresión gratuita a los no creyentes y especialmente contraindicada viniendo de una persona que como pecado de juventud tiene en su biografía su pertenencia a las juventudes hitlerianas.

Para mantener alto el fuego de la indignación, además de alentar una cruzada contra el laicismo, ha puesto a parir a los hombres y mujeres de la ciencia. Para el pontífice no son más que gente sin moral ni principios. Según las palabras de Benedicto XVI, la perspectiva científica sin dimensión religiosa se vuelve peligrosa. Es decir, que el científico no creyente se convierte en un ser abyecto, un monstruo que ha de estar sometido a la tutela y vigilancia desde la moral de la Iglesia. Su modelo se ancla en las tinieblas del Medievo.

Como simple observador, me asombra esta falta de tacto del Papa cuando tan pudoroso y prudente se muestra con los temas que atañen a sus compañeros de sotana. Si fuera tan expeditivo con la condena de la pederastia y la aplicación de castigos ejemplares para sus autores, otro gallo cantaría. Desde luego, el jefe del Estado vaticano tendría más credibilidad para abroncar a la parroquia.

Desde mi laicismo democrático, o mi ateísmo radical si se prefiere, mi respeto a todas las creencias y a la libertad religiosa de cada cual. Aunque también sería bueno que algunos prebostes predicaran con el ejemplo. Quid pro quo.