La tragedia de Sherrod

Me llegó la historia de la mano de mi amigo Paco Casero. Me escribió un correo electrónico en el que me contaba que llevaba varios días pensando en una noticia aparecida en El País con el título “la tragedia de Sherrod”, una información que, con la laxitud que imprime el verano, se me había pasado por alto. En síntesis, la historia es la siguiente: Shirley Sherrod, funcionaria del departamento de Agricultura de Estados Unidos, se vio presionada hasta conseguir su dimisión, un claro caso de acoso laboral que ha provocado que hasta el propio presidente Obama se haya disculpado personalmente con la damnificada trabajadora.

Comparto con él que es muy grave lo sucedido. Ponía énfasis en el daño que continuamente se está causando a personas con noticias o comentarios provenientes de ciertas personas, colectivos o entidades que carecen de escrúpulos y de ningún principio ético hasta que consiguen sus objetivos, gracias al papel dócil o a la falta de profesionalidad de los medios de comunicación que le dan cobertura.

Paco Casero, que es una persona de ética intachable, hacía un alegato sobre la necesaria reacción del sistema democrático ante este tipo de estos hechos que, con más frecuencia de la deseable, se dan y, sin embargo, la sociedad contempla narcotizada. “No podemos seguir mirando hacia otro lado“, me espetaba con cierto amargor.

Suscribo sus palabras: “Esto no es periodismo ni política coherente. ¡Basta ya de tanta miseria y de manipulación! Hoy se ha llegado a la situación de que hay que demostrar la inocencia, que pena de sociedad y de justicia. No basta con la disculpa, deben dimitir sus responsables en la Administración y poner a disposición de la justicia a quienes han participado en la campaña contra la señora Sherrod. Este tipo de personas no pueden seguir ejerciendo una profesión tan importante como es el periodismo“.

Le respondí de inmediato: “El periodismo ha de ser un actividad mucho más ética y menos condicionada por las empresas que buscan lucro o ejercer espurias influencias para conseguir objetivos indeseables“. Cada vez, este quehacer, otrora vocacional, es menos riguroso, más precipitado y menos profesional y los periodistas tragan por comodidad, por miedo o por el inmenso poder de unas empresas que se imponen a las redacciones. El profesional recibe una información de una fuente y la publica sin más comprobación. Sobre ese mal endémico he escrito mucho, tanto que el periodismo de declaraciones fue objeto de mi tesis doctoral. Una deriva que supone entronizar a la fuente y otorgarle al periodismo un rol gregario. Así, el periodismo se dirige al precipicio.