Resplandor aún de día

RESPLANDOR AÚN DE DÍA
Pablo García Baena

A Vicente Aleixandre

Cuántas veces al paso de la noche alejándose,
levedad de una carne todavía entre tus dedos,
esperabas el viejo bus de Torremolinos
entre los iniciados en misteriosos cultos
de madrugada: cáñamo, nórdicos del alcohol,
legionarios, rameras de carmín y cansancio,
sibilas blasfemantes vendiendo lechos gálicos,
senos de parafina equivocando el goce,
el marinero tímido…

Furtivamente casi, avergonzado, enfrente
veías auroral lucir la escrita piedra,
fúlgida al resplandor del nombre que enaltece
en perennes palabras: «Aquí vivió…» ¿Quién mira
la lápida y su gloria? Como en hoguera fétida
arde la podredumbre, el sexo se insinúa
bajo el dril, perseguido por ojos ya sin brillo.
Brilla «…el poeta». Oyes el golpe resonante
del mar latiendo apenas, corazón, ala, llanto;
«…el poeta Vicente Aleixandre». Aún joven
lo recuerdas, naranjos del alcázar de Córdoba,
Trastámaras de sombras huyentes por los bojes
geométricos al címbalo de la mañana limpia.

Ebriedad de la luz, ebriedad de la palma
en sus ojos sabiendo
y el agua, sus palabras sobre la sed del mármol.
Bebiste la poesía del hontanar más puro.
También en Velintonia con el clauso jardín
y la excusada puerta: diván, tabardo, Góngora
avizor desde frías penumbras velazqueñas.
Allí huerto, vergel, edén o paraíso,
el árbol de su vida creciendo en lumbre, en brasas,
en entrega total, en rapto deslumbrante,
tendía los ramajes ígneos sobre el que llega
palpitante al oráculo,
como cobija el bosque anocheciente al niño.

Y es ésta la ciudad, interminable noche
que defiendes tu cripta con uñas de negrura,
de sus días marinos, del dintel de la dicha,
perdidos como un agua desvelada que pasa
silenciosa y no vuelve.