Sin toros… ¿no hay paraíso?

Se cumplió el pronóstico. Cataluña prohíbe la corrida de toros a partir de 2012. El Parlamento ha sacado adelante la iniciativa popular con una holgada mayoría (68 a 55). De facto, en tierras catalanas la fiesta languidecía: sólo se programan festejos en la Monumental de Barcelona y en los últimos diez años se han reducido a la mitad, con una afición menguante y sin apenas receptividad por parte de la opinión pública.

Por tanto, la decisión no es más que un puro formulismo y sería un grave error convertirla en un elemento más de la trifulca entre el españolismo casposo y el nacionalismo chulesco. En Canarias se abolieron las corridas en 1991 y no ha pasado nada. Cada pueblo, cada comunidad autónoma, cada territorio tiene su propia idiosincrasia. La prohibición no supone enaltecer la señera o desafectarse de lo español ni tampoco se ha de interpretar como un insulto a los símbolos o los valores de este sacrosanto país nuestro.

El tono de indignación y agravio que se lee en la prensa nacional de orientación conservadora consigue el efecto contrario al que persigue. ABC, por ejemplo, depliega su editorial a casi toda portada con una clara declaración de intenciones: Dicen toros, pero es España. El Mundo y La Razón no le andan a la zaga. ¿Los antitaurinos de otras autonomías también son antiespañoles? Se coge el rábano por las hojas y se envenena el discurso con otros objetivos. Esta inquina hacia lo catalán, en este caso ante un asunto de menor enjundia como son los toros, alienta precisamente el sentimiento separatista. Esa reacción airada, montaraz y grosera del españolismo cañí alimenta un caldo de cultivo peligroso y da argumentos a los más fanáticos en aquellas tierras. Ya lo escribe hace unos meses al comienzo de este debate y lo reitero ahora: los nacionalismos son insufribles, miopes y egocéntricos, sean de donde sean.

No soy taurino e ideológicamente estoy más cerca de los defensores de los animales, de los que critican la crueldad y la saña que se viven las plazas. Ahora bien, será por mi origen sevillano, por lo que representa cultural y socialmente la fiesta en esta tierra, por la derivada ambiental que tiene la cría del toro de lidia para la conservación de la dehesa y, si me apuran, por la nada desdeñable aportación a la economía andaluza, me inclino por el mantenimiento de la fiesta. Pero no tengo una posición sectaria, intolerante o maximalista y acepto con naturalidad que en otras partes se vean las corridas de toros de forma diferente.