Rajoy, reválida fallida

El debate del estado de la nación le ha salido rana al Partido Popular. Se frotaban las manos los peperos (y su acompañamiento mediático) y su jefe les ha aguado la fiesta. Mariano Rajoy no sólo no aprovechado una coyuntura favorable para mostrar sus credenciales de alternativa, sino que ha adornado su ya debilitado perfil de aspirante a la Moncloa con nuevas máculas. No es que carezca de carisma y liderazgo, no es que lo desdibuje su carácter pusilánime y medroso, no es que sea incapaz de articular un programa que entusiasme. Por si esto ya no fuera suficiente para alguien que aspira a regir los designios de un país, al presidente del PP se le ha visto apático, desganado, desfondado.

Acudía a la cita con la vitola de seguro vencedor frente a un adversario teóricamente tocado por la crisis, con lo que el batacazo ha sido aún mayor. La sensación de derrota, el ánimo de fracaso, se ha instalado en la sede nacional del PP. Salió del Congreso de los Diputados tan hundido, tan vapuleado, tan retratado en su afán de cabalgar sobre la crisis para conseguir réditos electorales, que hizo novillos en la segunda jornada del debate. Se quedó encerrado en su madriguera royendo su fiasco en una nítida demostración de soberbia del mal perdedor, de descortesía parlamentaria y de falta de respeto a los demás grupos y a la ciudadanía (la ausencia del jefe también motivó la desbandada de la bancada popular). Si ya la inasistencia se antoja inexplicable, las excusas de sus colaboradores para justificar este absentismo injustificable rozan lo ridículo, lo patético.

Si las encuestas de los medios digitales ya anunciaban la falta de apoyo de la ciudadanía a la inconsistencia de Rajoy, las publicadas por la prensa escrita en el día de hoy señalan un empate técnico en la valoración de Rajoy y Rodríguez Zapatero. La ventaja del popular se ha esfumado en el momento que ha abierto la boca y ha confirmado que su único estímulo son las elecciones. Su propuesta estrella en esta cita parlamentaria, vamos su única propuesta, el adelanto de las elecciones, ha encontrado el rechazo mayoritario del electorado. Resulta evidente que la sociedad española no participa de la ansiedad de la derecha por convocar ya a las urnas.

El PP sale trastabillado de las dos jornadas de debate en la carrera de San Jerónimo. Surgirán de nuevo ruido de sables en clave interna. La estrella de Rajoy se apaga, si es que alguna vez ha lucido con fuerza. Sin embargo, la incomparecencia del adversario no ha de ser un consuelo para los socialistas. El partido y el Gobierno ni pueden ni deben perder un minuto en estas cuitas palaciegas, ni dormirse en los laureles. Su único propósito ha de ser poner en marcha los mecanismos y las reformas necesarias para que la economía española genere empleo y riqueza cuanto antes, y presentarse así ante la sociedad española con los deberes hechos y la conciencia tranquila de haber puesto todo el empeño de derrotar a esta crisis económica, la más grave y más profunda de la historia. Luego, ya cada ciudadano pondrá a cada cual en su sitio.