¿De qué se ríe Camps?

La puesta en escena del presidente de la Generalitat valenciana revela una sintomatología oculta, un cuadro psicológico, una posible patología de diván. ¿De qué se ríe Francisco Camps? ¿Por qué en los últimos meses nada más ver una cámara de televisión saca a relucir una pose de cosmética felicidad? Desde que saltó a la luz pública el caso Gurtel y la vinculación con la administración autonómica que regenta a este político se le ha dibujado una sonrisa permanente, una mueca bobalicona, un rictus de falsa naturalidad. Camps responde de manera poco solvente los consejos de sus asesores de imagen de evitar mensajes no verbales de preocupación, de ansiedad o de zozobra. Se intenta aplicar y no convence. Se antoja una reacción forzada siguiendo el clásico refrán de que a mal tiempo, buena cara. La procesión ha de ir por dentro y aflora un ademám artificial que quiere enmascarar el entripado del susodicho. En la medida que el cerco se estrecha entre el episodio de los trajes regalados por la cara y los 85 contratos irregulares que la investigación judicial ha detectado, la cara de Camps se retuerce más buscando un gesto plácido sin hallarlo. El vía crucis que le están haciendo pasar sus “amiguitos del alma” lo somete a una presión que no logra controlar. Se le nota demasiado envarado, agarrotado en exceso, paralizado por el terror. Camps necesita unas vacaciones.